Los inmigrantes y el futuro de la UE

Por Juan A. Herrero Brasas, profesor de Etica Social en la Universidad del Estado de California (EL MUNDO, 10/12/07):

Zapatero habla de fracaso colectivo en lo relativo a la inmigración que llega a la Unión Europea. Y me parece que eso revela un profundo malentendido. No habría habido manera de evitar o impedir la oleada inmigratoria que ha llegado a Europa. Y el intento de blindar Europa de un modo «coordinado» habría sido un grave error. No se puede parar la Historia. Y un movimiento de dimensiones históricas como es la inmigración que llega a La UE en estos momentos no se puede cuadricular y controlar con calculadora en mano. Hay cosas que van más allá de lo que es posible legislar. Los impulsos vitales y las aspiraciones del ser humano desbordan cualquier código de leyes.

Lo que hay que hacer no es rechazar, sino integrar, integrar todo lo posible en este proyecto que es la UE. No olvidemos que la UE nació, allá por los años 50, de un sueño, un sueño que se ha ido haciendo más y más audaz cada vez. De aquella Comunidad Económica Europea (CEE) original -o Mercado Común, como era popularmente conocida- de inspiración puramente mercantilista, se ha llegado paso a paso a la actual UE, en la que lo social, político y cultural, junto con sólo lo económico, son asuntos de central importancia. La UE se ha dotado, al menos formalmente, de las estructuras e instituciones propias de un Estado federativo: parlamento, gobierno, tribunales, y hasta un embrión de ejército. Curiosamente, la idea de una unión política, tan crucial en la actual UE, fue rechazada en los primeros años de la CEE.

Mercado único de trabajo, eliminación de controles aduaneros y, lo más increíble de todo, una moneda única… la audacia del proyecto habría dejado boquiabiertos, quizá espantados, a quienes pusieron las primeras piedras del mismo. Es inevitable preguntarnos si hemos llegado ya al final del proceso, si la audacia se termina con la adhesión de los países de la Europa del Este que aún están haciendo cola.

¿O consistirá quizá el próximo paso en forzar una centralización aún mayor de la UE? Hay quienes, en su falta de imaginación, ven ése como el camino a seguir. Frente a los euroescépticos están los ultras -los ultraeuropeístas-, los que continuamente piden políticas comunes sobre esto y sobre lo otro y sobre lo de más allá. Quieren, por ejemplo, una política común de inmigración. Prefieren que se decida en Estrasburgo o en Bruselas un asunto tan central y simbólico de la soberanía de un país como es la capacidad de decidir a quién se le permite vivir y trabajar entre nosotros.

Ese ultraeuropeísmo caracteriza precisamente a quienes más inseguros se sienten de su europeísmo, como es el caso de los españoles. Se trata de una reacción compensatoria habitual y bien conocida en las ciencias sociales. Los españoles fuimos, por ejemplo, los únicos en aprobar con tanto entusiasmo como desconocimiento ese recetario de cocina que nos metieron con cucharón toda una serie de famosos que seguramente ni se lo habían leído. Me refiero, claro, al proyecto de constitución europea, un mazacote de lectura insufrible, que de haberse aprobado habría regulado hasta cómo tenemos que mear.

Tendrá que haber una constitución, pero deberá ser un texto claro y transparente, legible, manejable e inteligible para todo el mundo. La constitución europea no puede ser un cajón de sastre donde cualquier listo o grupo de listos bien posicionados aprovechen para colar sus ideas personales, con la esperanza de que un voto borreguil y afirmativo a un texto impenetrable las convierta en obligación legal para todos.

Afortunadamente, en la UE hay suficiente diversidad de opiniones como para contrarrestar el afán centralizador de algunos. Los auténticos retos, los que requieren audacia, son a mi modo de ver otros, y tienen más que ver con una definición esencial, no accidental, de lo que es la UE. La posible adhesión de Turquía, Rusia y partes de Latinoamérica son retos monumentales que la UE deberá plantearse o, en el caso de Turquía, resolver próximamente.

El caso de Turquía plantea una compleja cuestión cultural, si hemos de hacer caso a los argumentos que se manejan. El debate y oposición que ha suscitado en algunos medios su posible adhesión parece poner de relieve que la UE no se define tanto como una entidad geográfica sino cultural. También está, ni que decir tiene, el temor al peso institucional que puede adquirir una nación de más de 70 millones de habitantes pero de escaso desarrollo económico, y que históricamente fue vista como una amenaza a la cultura europea.

Sobre la posible adhesión de Rusia que, junto con los países que restan por adherirse en el este de Europa, completaría la gran casa común europea de que hablaba Gorbachov, se ha escrito en los últimos años, e incluso prestigiosas publicaciones como The Economist se han pronunciado a favor. La adhesión de un país de tan extenso y complejo territorio, y con 143 millones de habitantes, podría crear un desequilibro de poder en las instituciones de la UE, pero eso no me parece un problema invencible pues se pueden buscar fórmulas que resuelvan ese asunto. Y el pueblo ruso, ese gran pueblo que tan magníficos frutos ha dado a la cultura occidental, y que tanto y tan injustamente ha sufrido en las últimas décadas, se merece entrar en una senda de prosperidad, justicia social y estabilidad, que es lo que su pertenencia a la UE le puede ofrecer.

¿Puede -o debe- la UE plantearse también la adhesión de países que no pertenecen al territorio geográfico europeo? A mi modo de ver la respuesta es claramente afirmativa. No creo que la contigüidad geográfica deba ser el criterio final y definitivo para la ampliación de la UE ni para el proyecto de UE a largo plazo. La contigüidad geográfica es un criterio demasiado ramplón. La UE tiene ya estados miembro cuya contigüidad geográfica con el continente europeo es cuando menos debatible, como es el caso de Chipre o Malta.

Islandia es otro ejemplo a mano. Un país que, al igual que Suiza y Noruega, si no pertenece a la UE es simplemente porque no quiere, pero goza de un tratado de asociación con la UE que, a efectos fundamentales (el mercado único laboral, por ejemplo), hace que sea como un miembro más. Y, sin embargo, se trata de un país geográficamente muy lejano del continente europeo, y cuyo vínculo con Europa más que geográfico es étnico, cultural y religioso.

El mismo análisis se puede hacer de al menos tres países del Cono Sur latinoamericano: Argentina, Chile y Uruguay. Se puede decir que son étnica y culturalmente europeos. Son países de una extraordinaria riqueza en recursos naturales y gran potencial de desarrollo. Los tres tienen un PIB per cápita sustancialmente superior a los de Bulgaria o Rumanía, países éstos que ya son miembros de la UE. Para la UE, la adhesión de esas tres naciones sería una valiosísima adquisición, más allá de cualquier duda. Y para esos países su pertenencia a la UE supondría, al igual que en el caso de Rusia, entrar en un canal de estabilidad social y política y de prosperidad sostenida, lo cual en última instancia nos beneficiaría a nosotros tanto o más que a ellos.

¿Es ésta una propuesta descabellada? Probablemente tan descabellada como habría parecido la actual UE a los fundadores del Mercado Común a mediados del siglo pasado. No hay ningún obstáculo insalvable que impida a la UE expandirse fuera del área geográfica europea para incluir sociedades étnica y culturalmente europeas con un desarrollo económico suficiente. De una Unión Europea pasaríamos a una Unión Europea e Interatlántica, o Unión Interatlántica. O simplemente se podría mantener el nombre de Unión Europea. En cualquier caso, el nombre no puede ser un obstáculo. Un nombre sirve para identificar una realidad, no para dar forma a esa realidad.

Europa necesita personas con visión y audacia. España está en una posición única para abanderar la integración de Argentina, Uruguay y Chile en el ámbito de la UE. Y será un motivo de orgullo histórico y de congratulación si nuestros políticos lo hacen.