Los “invisibles” en la pandemia

La pandemia del COVID-19 comenzó con la confianza en las instituciones en un mínimo sin precedentes. La política estaba polarizada y la cohesión social, delgadísima. Es por esto que, mientras los gobiernos se esfuerzan por dirigir una gran cantidad de recursos a los hogares y las empresas, no deben ignorar a aquellas comunidades locales donde la crisis de salud y las consecuencias económicas se entrecruzarán más visiblemente.

Cuando los líderes del G20 se reúnan online esta semana para coordinar una respuesta al COVID-19, parece probable que la caída del PIB global que se espera en los próximos meses supere la contracción durante la Gran Recesión post-2008. A diferencia de la crisis financiera global que desató esa caída, la pandemia amenaza con cerrar sectores enteros de las economías en todo el mundo. Simplemente no tenemos ningún precedente de que tanto en tantas economías de repente se frenase simultáneamente.

Las respuestas domésticas a la Gran Recesión fueron inadecuadas. Los rescates estabilizaron a las instituciones financieras y a los centros urbanos a la vez que dejaron a millones de personas rezagadas en regiones rurales y semi-rurales. A medida que la austeridad y la automatización fueron erosionando las perspectivas de una vida mejor en comunidades no urbanas, se fue afianzando una sensación de injusticia. Los populistas explotaron esos reclamos y enfrentaron a los ciudadanos con los migrantes, los refugiados, los medios, el “establishment” y los expertos de todo tipo.

Para no repetir esos errores, necesitamos ocuparnos tanto del capital económico como del capital social en estas comunidades abandonadas. El brote del COVID-19 ha espoleado miles de esfuerzos comunitarios en todo el mundo –en calles, edificios de departamentos y en grupos de WhatsApp y Facebook de vecinos-. Estas iniciativas ofrecen un apoyo práctico para aquellos que están aislados y que corren más riesgos con el virus. Los italianos que cantan en los balcones y otros ejemplos de generosidad y espíritu comunitario ofrecen momentos luminosos en estos tiempos oscuros.

Pero las redes comunitarias son mucho más débiles en lugares donde pronto se las necesitará más. En los últimos tres años, More in Common, una ONG que lideramos, ha venido reportando fracturas sociales en las democracias occidentales. Nuestros estudios han detectado en cada país un segmento de “invisibles”, que sienten que la sociedad los ignora. Estos “invisibles” se distinguen, no por un grupo de ingresos, edad, raza, género o creencia política determinados, sino por su desconexión de la sociedad.

Comparados con otros, es mucho más probable que los invisibles desconfíen de la gente y de las instituciones de todo tipo. Más que cualquier grupo demográfico, son vulnerables a discursos polarizadores de “nosotros vs. ellos” que alimentan el conflicto social. Esto es profundamente peligroso en tiempos de crisis. Y los invisibles no son un grupo pequeño. Los invisibles conforman aproximadamente un tercio de la población total en Francia, Alemania y Estados Unidos.

Sin duda, el cambio económico ha golpeado mucho a esta gente, y las menores perspectivas laborales han hecho que muchos tengan miedo de no poder competir con los inmigrantes que trabajarán por menos. Pero estos individuos también se sienten excluidos socialmente. Es más probable que se sientan solos, vilipendiados y que no tengan un sentido de pertenencia. Y al explotar su enojo, su frustración y su sensación de indefensión, los populistas han llegado al poder en muchos países, o están cerca de hacerlo.

Lo que se necesita para que los paquetes de rescate de billones de dólares sean efectivos y para evitar los graves errores de la Gran Recesión es un esfuerzo de equiparación para fortalecer la cohesión social en países desarrollados y en desarrollo por igual. Los países del G20 podrían empezar por un compromiso para equiparar cada dólar invertido en apuntalar las economías con un centavo para fondos comunitarios que se ocupen de áreas con un capital social empobrecido.

Esos fondos podrían proporcionar recursos en una escala micro para fortalecer y reconstruir la vida y la conexión comunitaria, con un especial foco en los “invisibles” que cargarán con la peor parte de la paralización económica y las medidas de distanciamiento social. Las crisis en la escala que hoy enfrentamos pueden generar divisiones más profundas en las comunidades, pero también ofrecen la oportunidad de juntar a la gente.

El valor total de las intervenciones del G20 para el COVID-19 ya excede el del Plan Marshall luego de la Segunda Guerra Mundial. Hace setenta y cinco años, las economías estaban destrozadas, millones de personas se habían convertido en refugiados y cundía la desesperación. El plan del general George C. Marshall para reconstruir las sociedades y las economías fue una hazaña remarcable de cooperación entre Estados Unidos y Europa.

El llamado de Marshall en el lanzamiento del Plan en 1947 fue por “el resurgimiento de una economía en funcionamiento en el mundo para permitir la aparición de condiciones políticas y sociales en las que puedan existir instituciones libres”. Marshall había aprendido de los errores de los años 1920 y 1930 que las sociedades vulnerables, cuando están divididas, sucumben ante el encanto del autoritarismo.

Al prepararse para un futuro post-pandemia, los líderes del G20 deberían tener en cuenta esta lección. La prosperidad que se tornó posible para los hijos del Plan Marshall –que hoy tienen setenta y ochenta y tantos años, y por ende los más amenazados por el coronavirus- se creó sobre cimientos económicos y sociales inclusivos. Para sobrevivir a esta pandemia con la esperanza intacta, necesitamos reconstruir no sólo para algunos sino para todos.

Tim Dixon is a co-founder of More in Common, an international non-profit that works to make societies more resilient to the threats of polarization and social division. Mathieu Lefèvre is a co-founder of More in Common, an international non-profit that works to make societies more resilient to the threats of polarization and social division.

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