Los Juegos preocupan a Putin

Cuando Putin se sienta con sus asesores por la mañana, hay un problema que le preocupa cada vez más. No tiene nada que ver con la política exterior o interior rusa, ni tampoco siquiera con la situación económica. Se trata de los XXII Juegos Olímpicos de Invierno que comenzarán en febrero en Sochi, no lejos de la residencia de Putin (conocida también como el palacio de Putin). Putin, como es sabido, es un deportista. No todo el mundo comparte su entusiasmo en Rusia: los recientes campeonatos mundiales de atletismo en el centro de deportes de Moscú sólo registraron media entrada durante la mayor parte del tiempo. Pero Putin sabe que el éxito o el fracaso de estos Juegos es una cuestión de prestigio nacional como lo fue en Berlín en el 1936 o en Pekín el 2008. Será una señal del grado de eficiencia de la Rusia actual.

Algunos creen que no hay motivo de preocupación. El COI, recientemente, felicitó a Rusia por preparar puntualmente los Juegos. No obstante, no todo el mundo comparte este optimismo y no sólo por el hecho de que la antorcha olímpica transportada en relevos de Moscú al mar Negro se haya apagado siete u ocho veces; lo que debería haber constituido una vistosa ceremonia se convirtió en una farsa. Y, lo que es más importante, el coste de los Juegos aumenta constantemente; de 25.000 a 30.000 millones de dólares (afirman los críticos) han ido a parar a los bolsillos de contratistas y subcontratistas fraudulentos que, además, se retrasan en el cumplimiento de los plazos. Putin, que ha visitado Sochi en varias ocasiones recientemente, ha reconocido tal panorama en uno de sus discursos. Cuando hace años fue seleccionada Sochi como emplazamiento de los Juegos, en lucha encarnizada con una sede surcoreano, se consideró que el coste se limitaría a unos 12.000 millones de dólares, pero ahora resulta que será mucho más elevado, el más elevado de la historia.

No hay que cargar todas las culpas sobre contratistas corruptos; los Juegos Olímpicos siempre han costado más de lo previsto, siempre surgen dificultades imprevistas. Fui uno de los occidentales autorizados a visitar la localidad de Sochi después de la Segunda Guerra Mundial; era cuando a los occidentales sólo se les autorizaba a visitar cuatro lugares en este país de grandes dimensiones: Moscú, Leningrado, Yalta y Sochi. Me gustó mucho: el paisaje, el mar, el clima, el aire, incluso la tranquila localidad, que por entonces era el lugar turístico soviético más de moda. Sólo unos pocos eran tan afortunados como para poder pasar allí una o dos semanas para convalecer tras una enfermedad.

No había habitaciones individuales y cuando pregunté el motivo, me dijeron: “A nuestra gente le gusta la compañía y se aburriría si no pudiera compartir la habitación con otras personas”.

Pero el clima de Sochi es subtropical y su elección como emplazamiento de los juegos de invierno no era tampoco una cuestión destacada por su obviedad; la temperatura actual es de 22 grados, más adecuada para nadar en el mar Negro que para patinar sobre hielo. En Washington, donde se escribe este artículo, la temperatura es de 11 grados y a nadie se le ha ocurrido nunca alojar unos Juegos Olímpicos de Invierno en Washington.

La mayoría de las pruebas y competiciones no se celebrará en la ciudad de Sochi, sino a unos 60 o 70 kilómetros más al norte, en Krásnaya Poliana, en las estribaciones del Cáucaso a unos 1.100-1.600 metros de altitud. Sin embargo, Krásnaya Poliana ha sido poco tiempo un lugar turístico de invierno de modo que buena parte de las infraestructuras deben ser de nueva creación; prácticamente no había hoteles ni telesillas y no había transporte desde el aeropuerto y desde Sochi. ¿Habrá nieve en Krásnaya Poliana en febrero? Si no es así, la culpa no es de Putin. En Lake Placid, en 1932, hubo que esperar dos meses a que hubiera nieve suficiente para inaugurar los Juegos y en Innsbruck en 1976 el ejército austriaco hubo de movilizarse para llevar nieve a las zonas de competición.

A los rusos habitualmente se les han dado bien los deportes de invierno sobre todo el hockey y el patinaje artístico sobre hielo, pero hace diez años se produjo un declive y en los Juegos de Vancouver en el 2012 no figuraron entre los primeros cinco países en el medallero final. Se produjo una notable reacción de indignación y saltaron varios cargos responsables.

Los próximos Juegos de Invierno hacen frente a numerosos desafíos e incluso amenazas. Los islamistas rusos han anunciado que los Juegos podrían ser un objetivo legítimo según su punto de vista. Los defensores del medio ambiente han expresado también sus quejas. Pero hay más problemas que saltan a la vista. En un principio la competición se limitaba a algunas disciplinas: esquí, deportes sobre hielo… Ahora ya son casi un centenar y en cada convocatoria de Juegos su número aumenta. Algunas no deberían haberse incluido nunca, por su peligrosidad y porque su sitio adecuado sería un circo, no los JJ.OO.; por ejemplo, el esquí de baches ( bump), de estilo libre y otros. Cabe rezar para que los Juegos se desarrollen sin muchas secuelas negativas. Quizá Putin tiene razón al sentirse preocupado por Sochi y dedicar buena parte de su tiempo a supervisar los preparativos.

Walter Laqueur, consejero del Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos de Washington. Traducción: José María Puig de la Bellacasa.

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