Los juguetes no tienen sexo pero los niños sí

Uno de los principales debates de las pasadas Navidades en los medios y las redes sociales fue el del sexo de los juguetes. Más concretamente, el supuesto sexismo de la industria juguetera y la imperiosa necesidad de una educación neutra. Sea lo que sea ese animalillo y sea lo que sea que lo diferencie de la ingeniería social.

La postura políticamente correcta es la que defiende el sociologismo radical. El sociologismo radical dice que las preferencias de los niños por un determinado juguete son producto exclusivo de las presiones sociales y que, en ausencia de esas presiones, tanto niños como niñas escogerán por término medio tantos juguetes arquetípicamente masculinos como arquetípicamente femeninos.

Dicha creencia se sostiene sobre un único pilar, la teoría de la tabla rasa, que defiende la idea de que el cerebro de los seres humanos es al nacer una pizarra en blanco sobre la que el grupo social dominante (en este caso el heteropatriarcado) escribe a su antojo para determinar nuestras preferencias vitales, sexuales y profesionales.

Esa teoría no es ciencia sino política y por supuesto es falsa. Atacarla, como hace Steven Pinker en su libro La tabla rasa, sigue siendo una herejía en 2017. Poner en duda ese mito, sobre el que algunos grupos de interés han construido su ideología, tampoco suele salir gratis.

Uno de esos grupos de interés, el que ondea la bandera de las políticas de identidad (en realidad segregacionismo puro y duro), es uno de los mayores avisperos en los que uno puede meter el hocico hoy en día. Hace unos días decidí darle una patada tuiteando que esas preferencias por uno u otro tipo de juguete no son culturales sino innatas y que en última instancia están modeladas por la selección sexual. Por supuesto, eso es una simplificación. Pero el objetivo no era mantener un debate académico sino sacar a rastras de su madriguera a uno de los principales tabúes del momento. El de las “construcciones socioculturales” de las que al parecer somos esclavos.

La genética y la neurociencia han confirmado diferencias entre sexos que con casi total seguridad tienen su origen en la biología, pero eso no quiere decir que el entorno no influya en absoluto. La respuesta correcta es más bien “depende de qué hablemos”. El color de nuestros ojos es 100% genético pero nuestro acento es 100% ambiental. La mayoría de características, impulsos, preferencias y rasgos de los seres humanos se sitúan en algún punto comprendido entre esos dos extremos y el debate es más bien cuál es ese punto exacto. Esto es una obviedad pero a día de hoy parece necesario seguir explicándolo. En uno de los últimos artículos científicos publicados sobre este tema, el físico y biólogo Siddhartha Mukherjee dice: “La pregunta de si predomina la influencia ambiental o la genética no tiene una respuesta unívoca, sino que depende fuertemente del nivel organizativo que uno examine”.

También dice Mukherjee en ese mismo artículo: “Cualquiera que dude de que los genes pueden determinar la identidad debe de haber llegado de otro planeta y no haberse dado cuenta de que los seres humanos vienen en dos formatos: macho y hembra. Los críticos culturales, los teóricos queer, los fotógrafos de moda y Lady Gaga nos han recordado -con precisión- que esas categorías pueden no ser tan esenciales como parecen y que las ambigüedades inquietantes merodean en sus fronteras. Pero es difícil negar tres hechos básicos: que los hombres y las mujeres son anatómica y psicológicamente diferentes, que esas diferencias anatómicas y psicológicas son especificadas por los genes, y que esas diferencias, interpuestas contra las construcciones sociales y culturales, tienen una potente influencia en la determinación de nuestras identidades”.

El párrafo anterior parece de sentido común y no requiere de especiales conocimientos de física, anatomía, biología o psicología para ser entendido y aceptado, pero aun así continúa siendo motivo de escándalo, rasgado de vestiduras y peticiones masivas de sales entre aquellos que sostienen la teoría de que el hombre es un clon de la mujer y viceversa.

Las indignaciones pueden agruparse en aproximadamente una decena de argumentos y de acusaciones que se repiten ad nauseam. Muy poca gente suele salirse de ellas. Son estas.

1. La acusación de sexismo/misoginia/homofobia.

La relación entre el debate sobre la influencia genética y ambiental y el sexismo, la misoginia y la homofobia sólo está en la cabeza de algunos radicales. Quizá porque les ayuda a justificar su batalla contra un cómodo hombre de paja que sólo existe como excepción a la norma general.

Dice Steven Pinker: “No existe incompatibilidad entre los principios del feminismo y la posibilidad de que hombres y mujeres no sean psicológicamente idénticos. Igualdad no significa afirmar empíricamente que todos los humanos son intercambiables; es el principio moral de que los individuos no se han de juzgar ni limitar por las que son las características medias de su grupo”. Cualquier debate que no parta de esta sencilla evidencia está condenado a convertirse en un sindiós.

Por otro lado, la idea de que la única motivación social es el poder y que las interacciones humanas sólo pueden entenderse como el resultado de la acción de grupos enfrentados -el heteropatriarcado contra las mujeres y las minorías sexuales- no sólo es falso sino peligroso porque niega de raíz el individualismo y abre la puerta al totalitarismo colectivista. Las políticas de identidad rozan peligrosamente el larguero de la ingeniería social.

2. El argumento de que el juego es una construcción cultural.

El juego es uno de los universales humanos citados por Donald E. Brown, es decir una de las características típicas de la conducta y el lenguaje humano que están presentes, sin excepción, en todas las culturas del planeta. Eso parece indicar que las reglas y las mecánicas de los distintos tipos de juegos pueden ser obviamente culturales pero también que el instinto de juego está grabado a fuego en nuestros genes.

3. La falacia del anacronismo (“¿Quiere eso decir que los hombres de las cavernas también preferían los coches de carreras?” / “¿Está escrito en mis genes de mujer que a mí me guste fregar y cocinar?”).

Lo que es genético no es la preferencia de los niños por un juguete concreto diseñado en el siglo XXI o por los roles sexistas del siglo XIX asociados a ellos sino por aquellas actividades y objetos, sean videojuegos o palos y piedras, que requieren de unas determinadas habilidades cognitivas. Por término medio, las niñas prefieren juegos y juguetes que requieren habilidades sociales y verbales. Los niños, los que requieren habilidades mecánicas y espaciales. Dicho de otra manera: el sexo, a diferencia de la raza y la etnia, no es científicamente irrelevante.

4. El argumento de que la preferencia por un juguete u otro es estrictamente ambiental.

Y ese ambiente, ¿quién y cómo lo ha modelado? La respuesta habitual es “un grupo de seres humanos llamado heteropatriarcado”. Bien. Y a esos seres humanos heteropatriarcales, ¿quién los ha modelado? Un ambiente anterior modelado a su vez por un grupo de seres humanos heteropatriarcales que han sido modelados por un ambiente anterior etcétera, etcétera. Si se reduce el argumento al absurdo se llega a la conclusión de que el origen de las desigualdades entre sexos es un microorganismo primordial que vivió hace 4.000 millones de años junto a una chimenea hidrotermal. Un microorganismo primordial profundamente machista. El primer protocuñado.

5. La afirmación de que Pinker y Dawkins han hecho mucho daño y, simultáneamente, la de que no se ha entendido a Pinker y Dawkins.

Estos dos argumentos son interesantes por mútuamente excluyentes. El primero defiende que las teorías de Pinker y Dawkins son incorrectas. El segundo defiende que son correctas, pero que no se han entendido bien. Quienes sí las han entendido bien por lo visto son sus detractores, aunque sólo sea para negarlas.

6. La excepción que desmiente la regla (“Pues yo de niño me vestía de princesa” / “Pues yo de niña jugaba con pistolas”).

Decir que los hombres son en general más altos que las mujeres no implica que todos los hombres sean más altos que todas las mujeres sino que la altura media de los hombres es mayor que la altura media de las mujeres. Y dentro de esa generalización podemos encontrar hombres muy por debajo de la altura media de las mujeres al lado de mujeres muy por encima de la altura media de los hombres.

En cualquier caso, sorprende la unanimidad. Es habitual ver a hombres rechazar la influencia genética con el argumento de que ellos preferían durante su infancia juguetes arquetípicamente femeninos. Es también habitual ver a mujeres rechazar la influencia genética con el argumento de que ellas preferían durante su infancia juguetes arquetípicamente masculinos. Es un raro milagro estadístico.

Aquí hay dos opciones: 1) Aún dando por sentado que las desviaciones estadísticas existen, el sesgo de confirmación campa a sus anchas por este mundo. 2) La industria juguetera es por lo visto la única del mundo que pudiendo ganar toneladas de dinero vendiéndole a los niños los juguetes que en realidad desean (y que son exactamente los contrarios de los que se les imponen culturalmente) prefiere imponerles roles de género vendiéndoles juguetes no deseados por ellos. No sólo son malvados sino también pésimos hombres de negocios.

8. La acusación de pensamiento ultracatólico.

La atribución de oscuras intenciones evangelizantes resulta irónica viniendo de grupos de interés que defienden delirantes teorías acientíficas que son a la neurociencia y la biología lo que la homeopatía a la medicina.

9. La acusación de que el heteropatriarcado quiere imponerle a los niños roles de género sexistas.

En su libro La paradoja sexual, Susan Pinker menciona un amplio estudio de la socióloga Catherine Hakim que demuestra que las mujeres de las sociedades occidentales son muy poco homogéneas. Simplificando mucho, se dividen en tres grupos. El 20% de ellas son lo que Hakim llama “hogareñas” (prefieren centrarse en su vida personal y en el hogar que trabajar). Otro 20%, las “profesionales”, dan prioridad absoluta a sus carreras profesionales en detrimento de su vida personal. El 60% restante intenta compaginar su vida personal y profesional “y pasan por varios tipos de jornadas laborales y empleos, en un intento de encontrar la combinación perfecta”.

Es sólo un dato más de los muchos que menciona Susan Pinker en su libro. Lo curioso es que esa heterogeneidad parece evaporarse cuando se examina al otro 50% de la sociedad, los hombres. Al parecer, todos ellos forman parte por igual del heteropatriarcado, comparten los mismos intereses, aspiran a los mismos fines, pretenden llegar a ellos por los mismos medios y muestran una insólita firmeza poniéndolos en práctica. Es una raro ejemplo de conspiracionismo perfecto.

10. El insulto.

Los tabúes, esos temas o conductas moralmente inaceptables y de los que la sociedad prohíbe hablar o debatir, tienen una función evolutiva clara: cohesionar al grupo. También funcionan como barrera de entrada y emblemas de pertenencia. Durante la Guerra del Líbano, un crucifijo colgado al cuello podía librarte de ser asesinado por las milicias cristianas o condenarte a muerte si tenías la mala suerte de toparte con un grupo islámico.

En las redes sociales, descalificar al que pone en duda las supersticiones y las creencias religiosas del grupo no es tanto un mensaje dirigido a ese adversario en concreto como una declaración de lealtad a tu grupo. “Soy de los vuestros, yo no pongo en duda nuestros dogmas de fe”.

Dicho de otra manera. La teoría de las construcciones socioculturales es ya poco más que un crucifijo digital. El ajo de los aldeanos de las políticas de identidad contra los vampiros de lo que ellos llaman despectivamente “100cia”.

Cristian Campos es periodista.

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