Los límites de la globalización

Por Xabier Ezeibarrena (EL CORREO DIGITAL, 13/09/06):

Nos encontramos en el difícil contexto de la globalización económica. Este proceso ha asegurado la libre circulación de capitales en buena parte del mundo sin terminar de caer en la cuenta de muchas de las limitaciones que, poco a poco, hemos comenzado a descubrir.

El mercado determina las inversiones y la producción, pero el mercado, en el contexto de la globalización no satisface en muchas ocasiones las necesidades básicas, sino las necesidades artificialmente creadas por el propio mercado y nuestras formas de consumo insostenibles. El mercado, en gran medida, no tiene otro valor añadido que el lucro dinerario. La gente, las personas, para la globalización económica, acaban careciendo de valor social o humanístico. Al final, las propias necesidades comunes de las personas y sus aspiraciones tampoco tienen demasiado valor para la globalización económica. Mientras se fomenta el libre movimiento de capitales, buena parte de los trabajadores no tienen libertad de circulación y establecimiento, si no es en función de cupos, complicados trámites burocráticos y el riesgo de cuestionar, incluso, su propia dignidad personal en función de la nacionalidad de cada cual y el país de ‘acogida’. No termina de existir una verdadera justicia distributiva ni ética más allá de la capacidad de globalización de cada Estado o empresa.

Pero, curiosamente, este tipo de globalización comenzó varios siglos atrás. Particularmente en los momentos en que Europa estuvo superpoblada y sufrió un importante desempleo, las crisis se superaron mediante flujos migratorios de sus ciudadanos hacia todos los continentes del planeta. Los europeos viajaron, expoliaron culturas, sometieron a los nativos y explotaron abiertamente la riqueza que hoy muchos países en desarrollo no pueden siquiera consumir con fines de subsistencia básica. De hecho, a través de esta acumulación de riqueza, la revolución industrial y tecnológica fueron posibles y catalizan hoy nuestros niveles de desarrollo.

Posteriormente, a lo largo del siglo XX, el mundo ha sido testigo de la lucha de muchos pueblos por su libertad política. La mayoría de las naciones han obtenido esa ansiada libertad. Pero la explotación económica de muchas de ellas continúa, a veces sin límite alguno, a través de las compañías multinacionales. Desafortunadamente, la clase dirigente de los países en desarrollo negocia acuerdos económicos con las compañías multinacionales desatendiendo criterios reales de interés general o desarrollo sostenible. Una vez más, los nativos, los indígenas y las comunidades locales, entre otros, sufren la peor parte de este fenómeno, mientras la ONU y la UE miran hacia otro lado o se muestran incapaces de abordar estas cuestiones. A pesar de que el concepto y la práctica de la libertad política se aceptaron y promovieron, el control económico y la explotación del capital natural prosiguen a través de la globalización económica, de las políticas de algunos Estados y a través de esa pasividad de la ONU y de la UE que hace pocos días denunciaba Federico Mayor Zaragoza en los Cursos de Verano de Donostia.

Como resultado, de acuerdo con los estudios de la ONU, el 20% de la Humanidad, esto es, Occidente, ostenta el 80% de la riqueza y recursos. Por el contrario, el restante 80% de la humanidad tiene que conformarse con el 20% de la riqueza y los recursos existentes. El 94% de toda la investigación y la tecnología se encuentran en manos de Occidente. Creo que es un contexto delicado sobre el que se asienta, a día de hoy, una cuota parte de nuestro progreso a costa de hipotecar el planeta y el futuro de millones de personas.

Y, con ello, parece cuando menos necesario empezar a considerar que la globalización no está exenta de límites y problemas estructurales que todas las sociedades debemos abordar con determinación y solidaridad colectiva. Si los mecanismos del mercado logran dirigir los destinos de los seres humanos, la economía acabará (si no lo hace ya) dictando sus normas a la sociedad y no al revés. Llegará un momento en que la democracia será irreconocible y los valores que inspiraron las democracias modernas y los derechos fundamentales desaparecerán de nuestros mapas. Serán, quizás, algo superfluo que el mercado devorará sin mayor contemplación. Sin límites, la globalización económica es un gigante imparable que parece dispuesto a imponerse a nuestros sistemas políticos.

Por todo ello, sinceramente, tanto la ONU como la propia UE debieran reconducirse decididamente hacia el logro de la justicia y la paz en el sistema internacional. Es imprescindible que ambas instituciones se sobrepongan a sus debilidades y dejen de ser instrumentos políticos pasivos sometidos, casi siempre, a la lógica de la globalización económica. Con ello, han de contribuir a que el Derecho y, con él, la Justicia se globalicen junto con los derechos fundamentales.

La globalización, de hecho, debe dejar de beneficiar exclusivamente a aquellos que tienen. Aquellos que no tienen deben comenzar siquiera a tomar parte en este complicado proceso. La globalización no puede seguir siendo un proceso puramente mecánico. Debe tomar en consideración las relaciones humanas, así como el mismo fin o el significado de la vida por diferente que éste sea en cada una de nuestras culturas y civilizaciones. De no ser así, Occidente puede acabar muriendo de éxito, mientras buena parte del resto del mundo lanza sus últimos alientos pidiendo auxilio en nuestras puertas.