Los minerales raros de los que depende el mundo son una oportunidad para España

Beylikova, Anatolia Central. La puesta en escena evidencia que el anuncio es importante. A la panorámica no le falta ni un detalle. El enjambre de periodistas. Un atril con el escudo de Turquía. Banderas nacionales con la media luna sobre fondo rojo. El ministro de Energía flanqueado por altos cargos a pocos pasos de la boca de una mina cual gruta de las maravillas. Y un anuncio categórico. Turquía ha descubierto un yacimiento de 700 millones de toneladas de tierras raras.

Un hallazgo histórico que, según el ministro Fatih Dönmez, no sólo se traducirá en una producción cercana a las 600.000 toneladas al año, sino que también supondrá que Ankara pueda mirarle a la cara a la mismísima China, líder absoluta en la materia.

Los propios chinos, en posesión del yacimiento de Bayanoba, con una reserva de 800 millones de toneladas, se han apresurado a cuestionar el triunfante anuncio de los turcos a través de su maquinaria mediática y los departamentos de Comunicación de las muchas empresas que trabajan en el sector minero en el país.

Por ejemplo, el medio nacionalista chino Global Times estima que las toneladas realmente viables del yacimiento turco no pasan de 300.000, muy por debajo de las cifras de Bayanoba. El mensaje es claro: "Da igual lo que hayan encontrado los turcos, siguen a años luz de nosotros y nunca podrán alcanzarnos".

Ciertamente, la viabilidad del depósito otomano será confirmada o negada durante los próximos años. Pero reflexionemos sobre este episodio desde un prisma más amplio.

¿Tan importantes son las tierras raras como para que un país con gran peso específico en el escenario global como Turquía se apremie a lanzar a los cuatro vientos su candidatura como potencia en la producción de estos materiales?

¿Y tan importantes son como para que el gigante de Pekín haya tardado apenas horas en dudar de Ankara haciendo uso de todo su arsenal mediático?

Y la respuesta es "rotundamente, sí".

Las tierras raras son los metales en los que basamos nuestra moderna sociedad digital, con los que fabricamos desde smartphones hasta vehículos eléctricos, drones y patinetes. Su importancia en defensa, innovación, medicina o telecomunicaciones es capital y su demanda se ha disparado en los últimos años a nivel global (se estima que en 2030 se haya duplicado).

Las "tierras raras" son un grupo de 17 metales no tan raros, aunque sí muy costosos de extraer. Al menos con la tecnología actual.

EEUU tiene varios yacimientos por todo el país. Sin embargo, sus metales están mezclados en suelos de difícil explotación.

Por su parte, China ha tenido la buena fortuna de encontrar la mayoría de tierras raras en suelos arcillosos, por lo que su explotación es mucho más sencilla. Por eso el dragón rojo es el líder indiscutible del sector en extracción y explotación.

De hecho, China ha copado en los últimos años el 80% de la producción mundial. El incremento de la demanda le otorga una posición privilegiada. Es líder también en innovación en el sector.

Sin embargo, tiene un talón de Aquiles. El 70% de toda su producción es para consumo interno, y de ahí que busque desesperadamente clientes en el extranjero.

Este escenario explica que en Pekín no haya gustado nada el anuncio de Turquía. De ser ciertas las predicciones otomanas, Turquía podría convertirse en un gran competidor de cara a mercados hoy en manos de los chinos, como el de la Unión Europea.

En el Viejo Continente somos totalmente dependientes de la producción china, de la que hemos llegado a consumir el 98%. Pero, como ha quedado demostrado con la dependencia del gas ruso, no es aconsejable jugártelo todo a una carta, en prevención de futuras crisis geopolíticas en un mundo cada vez más en tensión.

Por ello, la Comisión Europea creó en 2020 la Alianza Europea de las Materias Primas (ERMA, por su siglas en inglés) para acabar con esta superlativa dependencia. Se trata de una estrategia para diversificar el suministro desde terceros países e impulsar el propio dentro de la UE, aprovechando los escasos recursos de los que disponemos.

Maroš Šefčovič, vicepresidente de Relaciones Interinstitucionales y Prospectiva, declaró recientemente que Europa debe "evitar la trampa de la dependencia cuando se trata de materias primas críticas. Sin ellas no hay transformación verde y digital".

¿Y España? España posee importantes yacimientos de tierras raras que deben ser importantes en el marco de la ERMA. Desde coltán en Orense y litio en Cáceres hasta la necesaria explotación del mayor depósito de telurio del mundo en el fondo marino de las islas Canarias (otro oscuro objeto de deseo para Marruecos, que porfía en reclamar una ampliación de su zona económica exclusiva en aguas canarias).

Según la Confederación Nacional de Empresarios de la Minería y la Metalurgia, España sería el segundo productor de tierras raras de toda la UE, sólo por detrás de Finlandia, si se explotaran todos los recursos que hay en nuestro país.

El principal obstáculo, como es habitual, radica en el equilibrio entre explotación y respeto medioambiental. Un conflicto que lleva en demasiadas ocasiones a un punto muerto ante la falta de coordinación y de planes estratégicos y ejecutivos por parte de las Administraciones. Uno de los objetivos de la política europea es, precisamente, resolver esos conflictos en los próximos años.

Así pues, la actualidad evidencia la enorme importancia que han alcanzado las tierras raras (que deberían llamarse más bien "tierras estratégicas") en la geopolítica global.

La dependencia desproporcionada de China es una amenaza para la seguridad global y otros ya se han puesto manos a la obra. Desde Estados Unidos, India, Japón o Australia (en el AUKUS subyace la explotación del litio australiano), hasta otros actores como Chile, Argentina y Bolivia, quienes se están entendiendo para crear una suerte de OPEP del litio.

El papel de la UE y la oportunidad para España están todavía por ver, pero esta partida merece ser jugada con arrojo y ambición.

Andrés Ortiz Moyano es periodista y escritor.

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