Los moderados (1)

Ignacio de Loyola, vasco y militar, decía que “en tiempos de tribulación, no hacer mudanza”. Puede que esta máxima resulte fecunda para la vida del espíritu; y cabe también que sea útil en la milicia: la táctica de blocao (aguantar y esperar a que escampe) fue habitual en las modestas campañas coloniales españolas, en las que se formó –como luego quedó demostrado con creces– el general Franco. Pero “no hacer mudanza” constituye un error en política, ya que “en tiempos de tribulación” hay que hacer cambios, pues, de lo contrario, la zozobra acaba por desnortar a la sociedad que la sufre. Por tanto, en caso de crisis, surge inevitable la pregunta: ¿qué cambios hacer? La respuesta es variada, al depender de la problemática planteada y de las circunstancias del caso; pero, por el contrario, sí es idéntica la actitud con la que todo cambio –cualquiera que sea– ha de ser proyectado, decidido y ejecutado. Esta actitud es la moderación. En efecto, la historia enseña que, si bien los cambios vienen impuestos habitualmente por crisis, revoluciones y guerras, la recomposición del tejido social después de la tormenta es siempre obra de los moderados de uno u otro signo, predispuestos al pacto por su misma moderación. Lo que han de tener en cuenta tanto quienes mandan como quienes están en la oposición. A fin de cuentas –decía Churchill–, para hacer política sólo hace falta saber historia y ser prudente.

La moderación es aquella predisposición del ánimo que nos hace adaptar nuestras ideas a la realidad en lugar de forzar la realidad para acomodarla a nuestras ideas. Se fundamenta, por consiguiente, tanto en el realismo como en la ausencia de dogmas profesados como verdades apriorísticas y absolutas. Realismo para observar las cosas, los hechos y las gentes sin ideas preconcebidas. Y ausencia de dogmas como sinónimo de una laicidad que va más allá del hecho religioso y es concebida –en palabras de Claudio Magris– como uno de los baluartes de la tolerancia, en el bien entendido de que no sólo el clericalismo intolerante es lo contrario de la laicidad, sino también la cultura o pseudocultura radicaloide y secularizada dominante, por lo que el respeto laico por la razón no está garantizado de antemano ni por la fe ni por su rechazo. Laicidad –concluye Magris– significa “duda respecto a las propias certezas, autoironía, desmitificación de todos los ídolos, incluidos los propios; capacidad de creer con fuerza en algunos valores, a sabiendas de que existen otros igualmente respetables”. En esta tolerancia de los moderados se fundamenta su predisposición al diálogo y su apertura al resultado de este: la negociación y el pacto. Un pacto que implica siempre una transacción entre dos posturas no coincidentes mediante recíprocas concesiones. De ahí que la transacción sea antipática, ya que implica mutuas cesiones; pero de ahí también que sea fecunda, pues al eliminar el enfrentamiento, permite aunar esfuerzos y compartir responsabilidades y costes.

No quedaría perfilada la actitud moderada si no se completase con dos rasgos. En primer lugar, la moderación no es sinónimo de falta de criterio y debilidad, ya que la prudencia del moderado al adoptar decisiones es compatible con el respeto –laico– a sus principios y con la firmeza al ejecutar lo resuelto. Es más, el carácter negociado –y compartido– de muchas de las decisiones que adoptan los moderados redobla la fuerza de su apuesta. Y, en segundo término, la moderación no es atributo exclusivo de ninguna ideología ni de ningún partido, sino que, como una actitud que es, puede darse en muy diversos ámbitos y circunstancias.

La importancia de la moderación es evidente: las grandes etapas constructivas en la historia de los pueblos son casi siempre obra de los moderados. Tolerancia recíproca, diálogo abierto, pacto transaccional y ejecución firme son las herramientas con las que se construye el futuro. Por el contrario, la intolerancia y la cerrazón, el sectarismo y la conversión del adversario en enemigo agravan los problemas. Tan es así que, incluso en situaciones dictatoriales, son los moderados quienes palían los rigores del poder y, tal vez sin quererlo, sientan las bases de una transición reparadora de las libertades cercenadas.

Esta reivindicación de los moderados es imprescindible en España, país marcado por una historia cainita en la que no se sabe que lamentar más, si la impotencia y barullo provocados por la acción de los exaltados de toda laya o la ausencia de laicos a uno y otro lado del espectro político. Por ello intentaré, en los tres artículos siguientes, examinar otras tantas etapas distintas de la historia contemporánea española en las que, aun cuando fuese sólo en algún ámbito concreto –económico y administrativo–, prevalecieron cierta moderación y buen sentido constructivo, para terminar con un último artículo sobre la situación actual, abocada –a mi juicio– al conflicto y a la esterilidad de no alcanzar un pacto los moderados de uno y otro signo, si es que aún los hay.

Por Juan-José López Burniol.

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