Los nudos gordianos

Allá por los primeros años de la década de los sesenta del siglo pasado, cuando fui secretario diplomático de la Embajada chilena en Francia, observé de cerca (y fue una de las mejores cosas que pude hacer) en sus tics, en su altura, en sus silencios, al general Charles de Gaulle, el único jefe del Estado francés a quien era posible comparar, sin necesidad de hacer acrobacias mentales excesivas, con sus antecesores más ilustres, Enrique IV, Luis XIV, Napoleón Bonaparte, entre ellos. Le había pedido al simpático embajador chileno de esos días, Carlos Morla Lynch, hispanista apasionado y afrancesado sin corrección posible, que me autorizara para asistir a las conferencias de prensa del general. En uno de esos encuentros, que se realizaban en una sala interior del Palacio del Elíseo, De Gaulle sostuvo que la verdadera diferencia entre un político cualquiera y un auténtico hombre de Estado consistía en que este último sabía cortar los nudos gordianos a tiempo y en el momento más adecuado. John F. Kennedy, por ejemplo, no había sabido cortar los nudos gordianos de los derechos civiles y de las relaciones con la revolución cubana y eso le había costado la vida. No sé si la teoría del general me convenció del todo. Pero comprobé que Carlos Morla, que viajaba en el Metro, de frac y condecoraciones, entre la residencia de la avenida de la Motte-Picquet y el Elíseo y cambiaba bromas livianas, en perfecto francés, con el general de la Francia Libre en la Segunda Guerra, sabía que era el hombre providencial que liquidaba la guerra de Argelia. Eran nudos gordianos, y no nudos cualesquieras, que él sabía cortar sin la menor de las vacilaciones.

Recientemente, después de estudiar el discurso de Navidad del Rey Felipe VI, mal entendido y criticado sin la menor altura, llego a la conclusión de que el verdadero nudo gordiano de la España de hoy es el separatismo catalán, y no otro. Y creo que el Rey abordó el tema, con serenidad convincente, como hombre de Estado y consciente de la coincidencia simbólica, evidente y luminosa, del aniversario de la Constitución de la Transición democrática de este país. Pues bien, y a pesar de que es el que mejor se orienta en la materia, no se pueden cortar nudos gordianos solamente con palabras y sin disponer de las espadas de Alejandro el Grande. Pero si se observa con curiosidad, con verdadero interés, hay que reconocer de inmediato los tonos, la voz, la mesura, que corresponden a una política de Estado.

En los días en que me tocaba asistir a sus conferencias de prensa, De Gaulle estaba asediado por conflictos internos, derivados de la descolonización del norte del África, y el viejo general los manejaba con una especie de fruición, como si jugara con las preguntas de sus auditores, citando de paso, como para darse gusto y hasta para reírse de la gente, a Molière, a Racine, a Descartes, y a competidores suyos mucho más recientes, como el mismísimo y terco Jean Paul Sartre. De Gaulle sabía que era un actor político de primer orden, y nosotros, sus auditores, no teníamos más remedio que saberlo de inmediato y sacar las inevitables conclusiones. En una de esas, el embajador Morla, que había viajado en la primera clase del Metro (en ese tiempo existía esa primera clase), contó que dos señoras ensombreradas, de edades avanzadas, habían aplaudido al verlo con sus medallas: «¡Oh, le beau monsieur!». A mí, con el paso de las décadas, me ha gustado escuchar que el tono del Rey en su saludo navideño llegaba a niveles de tono y de lenguaje que me despertaban añoranzas extinguidas.

En ese caserón de la Motte-Picquet al que llegaba Morla Lynch, caminando, vestido de etiqueta, me gustaban, en esos años de juventud, contrastes y paradojas que parecían irreales, anotar cosas en papeles y atisbar por ventanillas y pasadizos secretos de la embajada. Don Carlos me llamaba por el citófono para convidarme a comer con don Jorge Guillén, el auténtico, el poeta de Cántico, y yo descubría que mis lecturas asiduas de Stendhal, de Rojo y Negro, de La Cartuja de Parma, de Recuerdos de egotismo, podían ser comentadas con toda tranquilidad, nada menos que con Guillén y con una hispanista francesa encantadora que se llamaba Mathilde Pomès. La señora Pomès me encargó después un trabajo sobre Gabriela Mistral, una de las grandes desconocidas de la literatura hispanoamericana. Mathilde fue una de las editoras más inteligentes que me ha tocado tener en una ya muy larga vida.

Es posible que cometa un error grave pero ahora me digo que todos esos rostros, esas palabras, esas miradas de otro tiempo, se han convertido en música silenciosa y han permitido construir los tonos y los discursos que, más allá de bullicios inútiles, estridentes, de verdad necesitamos. A esos mismos salones donde me quedé conversando con Don Jorge Guillén y Mathilde Pomès llegó años más tarde -después de haber escrito que si uno nace tonto en Chile, lo nombran embajador- Pablo Neruda, y recibió la avalancha de la prensa después del anuncio de su premio Nobel de Literatura. Tuve la sensación de que Caros Morla era uno de los que llegaban. Reducido a la condición precaria de fantasma. Me acordé fugazmente de haber visto a don Carlos cuando recibía el primer despacho de la mañana en su tina de baño, mientras Lola, su primera y fiel criada andaluza, que lo seguía desde las primera semanas de la guerra, le frotaba la espalda escuálida con una frondosa esponja y le daba órdenes perentorias de levantarse pronto.

Después llegó Mariano Puga Vega, abogado chileno de derecha moderada que residía en París, y Louis Aragon, la cabeza intelectual más sólida del viejo Partido Comunista de Francia. Según Neruda, desde los tiempos de la muerte de su esposa, la famosa Elsa Triolet, Aragon más bien parecía viudo de André Breton, el pope del surrealismo. Alguna vez lo escuché decirle a Pablo: «Siempre hemos sido surrealistas». Me consta que Pablo no se aferró a la frase y dejó más bien que el tema pasara.

Jorge Edwards es escritor.

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