Los nuevos filósofos

En la reciente reunión de ministros de Hacienda del G-20 celebrada en Australia, el Secretario del Tesoro de los Estados Unidos, Jack Lew, observó “diferencias filosóficas con algunos de nuestros amigos de Europa”, antes de instar a los europeos a hacer más para impulsar su anémica tasa de crecimiento. Esa terminología resulta chocante y subraya la dificultad que entraña la búsqueda por parte de Europa de una salida de su malestar actual.

El ministro de Hacienda del Canadá, Joe Oliver, se unió al llamamiento en pro de una expansión fiscal en Europa, posición para la que parece haber algo de apoyo en el Banco Central Europeo. De hecho, el Presidente del BCE, Mario Draghi, ha propugnado un mayor gasto por parte de los países fiscalmente más fuertes, como Alemania. Y el miembro del Consejo Ejecutivo del BCE, Benoit Coeure, junto con su ex colega Jörg Asmussen, actual viceministro de Trabajo de Alemania, propuso recientemente que Alemania “utilizara su margen de maniobra disponible para fomentar la inversión y reducir la carga tributaria de los trabajadores”.

En realidad, la mayor parte del mundo cree que Alemania debe adoptar una política fiscal más expansiva. Según esa opinión, la austeridad es contraproducente, porque induce desaceleraciones y recesiones que dificultan más la consolidación fiscal a largo plazo.

Pero los alemanes –además de algunos otros europeos del Norte y tal vez algunos economistas chinos– siguen mostrándose renuentes al respecto. Creen que la reacción positiva a los llamamientos en pro del estimulo simplemente propiciaría más llamamientos semejantes, lo que crearía una dinámica de amiguismo y favoritismo en la que hay que descartar toda esperanza de consolidación fiscal.

El debate sobre la oposición entre estímulo y austeridad es antiguo. En los decenios de 1970 y 1980, los Estados Unidos pidieron periódicamente a Alemania y al Japón que hicieran de locomotoras de la economía mundial, pero hasta época reciente se consideraba que las divergencias se debían a los intereses, no a las “filosofías”. Los americanos querían una demanda suplementaria para sus productos y precios mayores, mientras que los alemanes y los japoneses defendían sus industrias exportadoras.

Actualmente, el problema, como resaltó Lew en su reciente declaración, se debe a diferencias profundamente arraigadas entre los sistemas de creencias de las dos posiciones opuestas, en los que las cuestiones ideológicas sobre la equidad y la responsabilidad cobran primacía frente al debate pragmático acerca de la forma mejor de avanzar para todos. Como sostuvo el historiador Robert Kagan en 2002, los americanos y los europeos no sólo tienen concepciones del mundo diferentes, sino que, además, ocupan mundos enteramente distintos.

Las diferencias filosóficas son extraordinariamente difíciles de conciliar. Así como los platónicos y los aristotélicos pasaron milenios enfrentados, así también los kantianos y los utilitaristas llevan siglos tirándose los trastos a la cabeza.

Unos conflictos teóricos tan profundos tienen consecuencias en el mundo real, pues obstaculizan un debate constructivo y la adopción de medidas cooperativas en las situaciones de crisis. Las divisiones ideológicas fundamentales sobre la guerra del Iraq de 2003 han creado tensiones en la política mundial durante más de un decenio.

Los procesos y estructuras políticos modernos no son los idóneos, sencillamente, para celebrar –y menos aún zanjar– políticas filosóficas. Las instituciones democráticas están concebidas para lograr acuerdos entre intereses contrapuestos y los parlamentos están especializados en buscar la combinación adecuada de concesiones para permitir acuerdos sobre soluciones generalmente aceptadas. Asimismo, los foros internacionales como el G-20 existen precisamente para persuadir a un gran número de países enormemente distintos a fin de que dejen de lado las cuestiones filosóficas en pro de sus intereses económicos, políticos o de seguridad compartidos.

Las filosofías no ceden un poco en tal o cual detalle ni difuminan los aspectos difíciles con la esperanza de que al final todo funcione. Imagínese a un kantiano añadiendo un poquito de cálculo utilitario al imperativo categórico.

Naturalmente, la resolución de un debate filosófico no es imposible. El método premoderno normal para superar semejantes diferencias era una controversia reglamentaria. A comienzos del siglo XVI, los príncipes alemanes intentaron zanjar el desafío filosófico lanzado por los reformadores protestantes animando a Martín Lutero a debatir con un destacado teólogo católico ortodoxo, Johannes Eck.

No existen demasiadas variedades modernas de ese método, pero la Conferencia Monetaria y Financiera de las Naciones Unidas celebrada en Bretton Woods en 1944 se aproximó a él. Al abordar sistemáticamente las cuestiones económicas que entrañaba la creación de un sistema internacional viable, los expertos crearon un nuevo orden económico y político mundial.

En cierto modo, los bancos centrales han empezado a parecerse a las facultades filosóficas medievales, al abordarse en los debates las cuestiones subyacentes a las decisiones normativas, en lugar de las propias políticas exclusivamente. En el BCE, por ejemplo, existe un debate en marcha para determinar en qué condiciones la desviación de la ortodoxia fiscal podría ser estabilizadora a largo plazo. Según se resolviera dicho debate se podría conseguir una nueva cooperación internacional.

En un momento en el que los procesos políticos están paralizados en ambas riberas del Atlántico, la Reserva Federal de los EE.UU. y el BCE han empezado a probar una serie de innovaciones normativas y están orientándose hacia una solución que podría fomentar y sostener la recuperación económica. Sobre esa base, el BCE está remodelándose como incubador de una nueva síntesis intelectual y filosófica.

Pero el nuevo papel de los bancos centrales como árbitros supremos de la verdad normativa está cargado de peligro. En vista de que las soluciones que surjan de sus debates y análisis serán producto de procesos tecnocráticos –y no democráticos–, es probable que desencadenen violentas reacciones populistas.

Además, los planteamientos normativos que los bancos centrales producen pueden ser demasiado complejos y estar demasiado vinculados entre sí para funcionar eficientemente. En particular, los intentos de condicionar las políticas expansionistas a la aplicación de infinidad de reformas microeconomías son problemáticos. Si sólo se realizan algunas partes de un complejo plan que vincule un margen fiscal con la reforma estructural, es probable que el resultado decepcione o incluso resulte contraproducente. Cuando así sea, es probable que las antiguas divisiones filosóficas resurjan.

Harold James is Professor of History and International Affairs at Princeton University, Professor of History at the European University Institute, Florence, and a senior fellow at the Center for International Governance Innovation. A specialist on German economic history and on globalization, he is the author of The Creation and Destruction of Value: The Globalization Cycle, Krupp: A History of the Legendary German Firm, and Making the European Monetary Union. Traducido del inglés por Carlos Manzano.

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