Los nuevos jinetes del Apocalipsis

Reyes Mate, investigador del CSIC (El Periódico, 21/03/03):

El primer jinete del Apocalipsis cabalga un caballo alazán que representa la guerra; el caballo del segundo es negro, como el hambre, y el tercero, bayo, anuncia la peste. Este cortejo de calamidades sigue los pasos de un caballo blanco que simboliza precisamente la invasión de una tierra extraña por pueblos bárbaros.
Durante siglos los cuatro jinetes del Apocalipsis han hecho la ley e impuesto el orden porque la guerra, la peste y el hambre eran vistos como una fatalidad, una necesidad o sencillamente como un mal menor. Rara ha sido, en Europa, la generación que no ha conocido una guerra, hasta el punto de que Unamuno o Hegel veían en ella la ocasión para sacar del hombre, además de lo peor, lo mejor de sí mismo. Hemos llegado hasta una cultura de la guerra que la ensalza porque ve en ella una escuela excepcional de virtudes heroicas.
Todo cambia, no obstante, cuando Europa sale de lo que el historiador Eric Hobsbawn ha llamado “la era de la catástrofe”, esto es, el periodo que va de 1914 a 1945. Las daños han sido tan colosales, el costo en vidas tan desmesurado, que cunde el convencimiento de que la guerra no puede ser el medio para ningún fin bueno. La guerra moderna es el fin porque lo contamina todo, incluidos la paz y el nuevo orden que se prometen los que la desencadenan.

LAS ARMAS de destrucción masiva no distinguen entre combatiente y población civil, con lo que se esfuma la clave clásica de lo que podría ser una guerra justa. En 31 años de catástrofe el hombre moderno hace la experiencia de que para encajar el desastre que supone la muerte en masa de inocentes tiene que morir de alguna manera la humanidad del hombre hasta en el propio combatiente.
Elie Wiesel, superviviente de un campo de exterminio, se pregunta con frecuencia si no murió, además del judío o el gitano, el hombre en esas fábricas de muerte. Se refería a sentimientos humanitarios, como la compasión, tan trabajosamente conquistados a lo largo de los siglos. El europeo no salió de esa experiencia con el convencimiento de haber ganado, sino perdido en humanidad.
La guerra moderna pone frente a frente dos lógicas que se repelen: por un lado, la que condiciona el costo en vidas y sufrimientos al hipotético bien de los objetivos políticos (o económicos) que mueven al que declara la guerra, y, por otro, la que representa la autoridad del sufrimiento de las víctimas. Son dos lógicas alternativas que no pueden entenderse, como bien se ha visto en los interminables debates en el Congreso de los Diputados. El intento de Aznar de hacer suyo el sufrimiento de las víctimas y el beneficio de las armas resulta una ofensa a la inteligencia. O se está por la muerte o con los muertos.
Como el problema de la lógica de la guerra son las víctimas, lo que se impone es ocultarlas. De poco serviría liquidar a Sadam Husein y secuaces si no se logra hacer invisibles a las víctimas civiles, por un lado, y a las bajas de los patrocinadores de la operación, por otro. Eso lo sabía muy bien Hitler.
Dice el historiador francés Vidal Naquet que lo que caracteriza al genocidio judío es el propósito “de negación del crimen al interior del crimen”, esto es, llevar a cabo la matanza sin dejar rastro. Auschwitz fue, primero, una fabricación del crimen y, luego, un proyecto inédito de no dejar ni un testigo vivo, ni un cadáver identificable. La versión moderna de esta invisibilidad de la muerte es el control de la información.
Se ha dicho, y con razón, que de la guerra del Golfo de 1991 es de la que menos nos enteramos, a pesar de las posibilidades tecnológicas. Y es que se puede ganar la guerra en el campo de batalla y perderla ante la opinión pública, de ahí la importancia de la visibilidad de las víctimas.

PUEDE QUE LO consigan y que lleguemos a creernos que ha sido una guerra limpia, rápida y eficaz por los beneficios que acarreará a los propios iraquíes. Ahora bien, si consiguen sumar a la muerte física de los civiles la ocultación de sus muertes estaremos perdidos, porque ese silenciamiento es la mejor prueba de que el enemigo anda suelto. Todos estaremos amenazados, ya que los que tienen el poder de matar son capaces de hacernos creer que vencen sin hacer daño y que la invasión es una misión histórica benéfica.
Los viejos caballos han encontrado tres jinetes dispuestos “a matar con espada, hambre, pestes y fieras salvajes”, como dice el Apocalipsis. Han roto con una arrancada brutal el delicado hilo que la humanidad había imaginado para tejer unas relaciones entre los pueblos basadas en la autoridad del sufrimiento de los inocentes. Pero los tres jinetes no vienen de fuera de la historia, sino de unas urnas rellenas con nuestras voluntades.

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