Los números de la naturaleza

Cuando el ciclón Amphan —la primera tormenta con nombre en el sudeste asiático este año— llegó como un bólido en mayo al golfo de Bengala, parecía una amenaza gigantesca para los habitantes de las zonas costeras inundables, y la flora y fauna —incluidas muchas especies en peligro de extinción— que dependen de esos delicados ecosistemas, pero la naturaleza vino al rescate.

La protección de Sundarbans, el mayor manglar del mundo, fue mejor de la que hubiera logrado cualquier muro contra tormentas fabricado por el hombre. Cuando la marejada ciclónica de 5 metros (16 pies) provocada por Amphan golpeó a este parque nacional de 10 000 km2 (4000 millas cuadradas), los manglares la atenuaron, exactamente como ocurrió con otros dos poderosos ciclones, Aila y Sidr, que tocaron tierra recientemente.

En el otro lado del mundo, las defensas naturales contra las tormentas del Bajo Manhattan fueron pavimentadas hace mucho tiempo. Los desarrolladores inmobiliarios incluso extendieron la isla hasta el puerto de Nueva York con hectáreas de rellenos sanitarios, pero no construyeron protecciones contra las marejadas ciclónicas. Así, cuando el huracán Irene y la supertormenta Sandy golpearon la ciudad en 2011 y 2012, respectivamente, esa zona —incluido el distrito financiero de la ciudad— se inundó.

Los planificadores urbanos han estado trabajando desde entonces con el gobierno estadounidense para prepararse para la próxima oleada de supertormentas, pero el precio de la infraestructura necesaria —una pared retráctil a lo largo del puerto de Nueva York, con un costo de al menos 62 mil millones de dólares— impidió que se implementaran los planes.

Mientras procuramos reconstruir la economía mundial después de la crisis de la COVID-19, conservar los recursos naturales que nos quedan debe ser una prioridad. Si no actuamos, nos arriesgamos a perder las plantas, animales y microorganismos necesarios para que nuestro aire esté limpio, nuestra agua sea pura y nuestros alimentos, abundantes; eso sin mencionar los manglares y las barreras de arrecifes que se interponen entre nosotros y las supertormentas, cada vez más frecuentes por el cambio climático.

El mundo se volvió cada vez menos agreste a medida que construimos y ampliamos ciudades, talamos bosques para la agricultura y la ganadería, drenamos pantanos para trazar caminos e inundamos valles para construir represas. En gran medida, el costo económico de este daño ecológico no se registra, pero es extremadamente elevado y erosiona el valor de los bienes y servicios que produce la naturaleza. Actualmente hay un millón de especies en peligro de extinción.

Por fortuna se ha puesto en marcha una iniciativa relativamente simple para limitar parte de esa pérdida y solucionar las crisis de preservación del medioambiente que se avecinan. Con el nombre «30x30», busca proteger el 30 % de la tierra y los océanos de nuestro planeta para 2030 a través de medidas eficaces y permanentes. Más de 20 estados miembros del Convenio sobre Diversidad Biológica de las Naciones Unidas ya se han comprometido para apoyar esta meta mundial.

Según un nuevo informe redactado por más de 100 científicos y economistas de todo el mundo, ampliar las áreas protegidas al 30 % del planeta aumentaría el producto mundial en 250 mil millones de dólares, en promedio (el informe estima un rango entre 64 mil millones y 454 mil millones, ya que los costos y beneficios serán diferentes según las áreas que se protejan). Además, el estudio halló que las áreas protegidas y las actividades basadas en la naturaleza que tienen lugar en ellas están entre los sectores económicos con mayor crecimiento del mundo, con un aumento de los ingresos anuales proyectado entre el 4 y el 6 %, cuando en la agricultura es de menos del 1 %, y en la industria pesquera, negativo.

Para los países con grandes áreas de bosques y manglares, sumarse a 30x30 prevendría la pérdida de servicios de los ecosistemas con un costo promedio de 350 mil millones de dólares (entre 170 mil millones y 534 mil millones). Estos costos derivan en gran medida de las inundaciones, la pérdida de suelos, las marejadas ciclónicas y la liberación del dióxido de carbono almacenado que ocurre cuando se destruye la vegetación natural. Los Sundarbans proporcionaron un servicio increíblemente valioso al proteger a la India y Bangladés durante todos estos años.

Por el contrario, la destrucción ambiental de la selva amazónica brasileña derivó en enormes pérdidas con graves consecuencias a futuro. Incluso la escasez de agua potable que afecta San Pablo, la mayor ciudad en el continente americano, está directamente vinculada con la deforestación del Amazonas.

A medida que los gobiernos evalúan la manera de reabrir sus economías después de los confinamientos por la COVID-19, deben considerar una mayor conservación y restauración de los recursos naturales. Cada tormenta tropical suficientemente poderosa como para que le demos un nombre debe recordarnos lo que arriesgamos si no hacemos nada. Con los recientes pronósticos de una «temporada de huracanes en el Atlántico para 2020 más intensa de lo habitual», la costa este de EE. UU. ya debiera estar preparándose.

India y Bangladés tienen la fortuna de contar con Sundarbans, pero ningún país carece de áreas naturales que valga la pena proteger o recuperar. No solo es fundamental para todos los países adoptar la meta de 30x30, sino también buscar formas de invertir más en sus áreas naturales. De esa manera los gobiernos pueden garantizar que los sectores basados en la naturaleza y los servicios de los ecosistemas se recuperen al mismo ritmo que el resto de la economía. No hay mejor momento para comenzar que antes de otra tormenta.

Robert Watson is Chair of the Intergovernmental Platform on Biodiversity and Ecosystem Services (IPBES).

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