Los odiados

Por Niall Ferguson, profesor de Historia Laurence A. Tisch de la Universidad de Harvard y miembro de la junta de gobierno del Jesus College de Oxford. Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 01/03/07):

Ser odiado no resulta agradable. Algunos de nosotros somos como esos malos de la función que incluso se sienten complacidos al oír los silbidos y abucheos con que el público les obsequia. En cualquier caso, poca gente odia tanto ser odiada como los norteamericanos. Me gustaría recibir un dólar por cada vez que se me ha planteado la lastimera pregunta: “¿Por qué nos odian?”, y otro por cada una de las distintas respuestas que he tenido ocasión de escuchar: es por nuestra política exterior, es por su extremismo, es por nuestra arrogancia, es por su complejo de inferioridad. Los norteamericanos odian realmente no saber los motivos por los que son odiados.

La mejor explicación es, de hecho, la más sencilla. Ser detestado es lo que acontece a los imperios que sojuzgan y dominan. A veces, y de manera muy real y concreta, es una realidad bien palpable. George Orwell experimentó este sentimiento. De joven desempeñó funciones policiales (assistant police superintendent,APS) en el cuerpo de la policía imperial británica en Birmania, experiencia que describió de modo memorable en su ensayo Matar a un elefante.Incitado a disparar contra un díscolo paquidermo que había enloquecido, Orwell advirtió inmediatamente la presencia de los rostros amarillos que a su espalda clavaban sus ojos en él: “Mi único pensamiento en ese momento era que si algo se torcía, esos dos mil birmanos se asegurarían de darme caza y capturarme, pisotearme y convertirme en un cadáver con un rictus en el rostro como aquel indio en la cima de la colina. Y, si tal cosa sucedía, muy probablemente muchos de ellos estallarían en grandes carcajadas”.

La verdad es que difícilmente Eric Blair – como se conocía entonces a George Orwell- podría haber recibido entonces mejor preparación para su papel de funcionario colonial. Nacido en Bengala (India), hijo de un funcionario de la Administración colonial británica, se había educado en Eton, donde a los alumnos se les forma en la indiferencia hacia un posible sentimiento de odio contra su persona. Sin embargo, incluso a Orwell le fue difícil poner buena cara al fuerte rencor de los nativos: “Me vi asediado de burlonas expresiones pintadas en los rostros de los jóvenes que me rodeaban y sus insultos me persiguieron hasta que logré poner tierra de por medio, abatido y deshecho. Fue una experiencia desconcertante e inquietante”.

Tales sentimientos deben de resultarles muy familiares a los soldados norteamericanos en Bagdad. Como dice el texto de la canción de Randy Newman Political Science de su álbum Sail Away,”nadie nos quiere / no sé por qué. / Puede que no seamos perfectos, pero el cielo sabe que lo intentamos”.

Pero vayamos más despacio. ¿Quién odia más a los norteamericanos? Cualquiera aventuraría que se trata de la gente que vive en países que Estados Unidos ha atacado recientemente o ha amenazado con atacar. Los propios norteamericanos señalan abiertamente quiénes son sus enemigos. Al pedirles la empresa Gallup de sondeos de opinión que nombraran “el mayor enemigo” de Estados Unidos en la actualidad, un 26% de los encuestados dijo que Irán, un 21% que Iraq y un 18% que Corea del Norte. Por cierto, tales respuestas representan un éxito notable para la suerte de la noción del eje del mal. Hace seis años, sólo un 8% respondió que Irán y sólo un 2% que Corea del Norte.

Podemos seguir preguntando: ¿son tales sentimientos de naturaleza recíproca? Hasta cierto punto. Según un sondeo efectuado por el Centro Gallup de Estudios Musulmanes, un 52% de los iraníes sostiene puntos de vista desfavorables sobre Estados Unidos. No obstante, esta cifra ha bajado desde un 63% en el 2001.

Y es mucho menor que el grado de antipatía hacia Estados Unidos existente en Jordania, Pakistán y Arabia Saudí. Dos tercios de la población jordana y pakistaní – y un asombroso 79% de los saudíes- abrigan puntos de vista negativos sobre Estados Unidos. También ha aumentado la hostilidad en Líbano, donde un 59% de la población abriga actualmente opiniones desfavorables sobre Estados Unidos en comparación con sólo un 41% hace un año. Al menos un 84% de los libaneses chiíes indica que sostienen puntos de vista “muy desfavorables” sobre Estados Unidos.

Estas cifras dan a entender la existencia de una paradoja en el seno del mundo musulmán. Lo cierto es que no son los enemigos de Estados Unidos los que odian más a los norteamericanos. Porque en este caso hay que hablar de quienes se presupone que son amigos, si no aliados, de Estados Unidos. Y la paradoja en cuestión no acaba ahí. El sondeo de Gallup – que encuestó a 10.000 musulmanes en diez países- reveló también que cuanto más acomodados y formados son los musulmanes, con mayor probabilidad abrigan puntos de vista radicales. De modo que si alguna vez han llegado a pensar que el sentimiento antioccidental constituía una manifestación de una situación de pobreza y privación de derechos civiles, mejor será que reconsideren tal punto de vista. Resulta aún más desconcertante el hecho de que los islamistas apoyen en mayor medida la democracia que muchos musulmanes moderados. Quienes se figuraron que Oriente Medio podría estabilizarse mediante una oportuna mezcla de reformas económicas y políticas no podrían haberse equivocado en tan gran medida. Cuanto más rica es la gente, más apoya el islamismo radical. Concibe, en efecto, la democracia como un instrumento apto para que los radicales alcancen el poder.

La mencionada paradoja de los aliados enemigos no se circunscribe a Oriente Medio. Las recientes semanas no han sido buenas para los amigos de los norteamericanos en Europa. Tony Blair anunció una retirada de tropas británicas del sur de Iraq, desgraciada advertencia en vísperas de una nueva riada de soldados norteamericanos con destino al campo de batalla iraquí. Entre tanto, en Roma, su homólogo Romano Prodi presentó recientemente su dimisión ante el desacuerdo de sus socios de coalición sobre el mantenimiento de tropas italianas en Afganistán o la ampliación de una base militar norteamericana en Vicenza. El antiamericanismo no es una novedad en la política europea, sobre todo en la izquierda. Sin embargo, es menester levantar acta de un nuevo fenómeno que cabe advertir en la actualidad, que, por cierto, se propaga en dirección a ámbitos tradicionalmente pronorteamericanos…

En 1999, un 83% de los británicos encuestados por la oficina de investigación del Departamento de Estado manifestó sostener opiniones favorables hacia Estados Unidos. Pero en el 2006, según datos del Proyecto Pew sobre Actitudes Globales, tal proporción había descendido a un 56%. Los británicos encuestados por Pew sostienen actualmente opiniones más favorables respecto de Alemania (un 75%) y Japón (un 69%) que de Estados Unidos: se trata realmente de un cambio notable de actitud, dada la tristemente célebre tendencia británica a dirigir la mirada de forma nostálgica hacia el pasado e, indefectiblemente, hacia la Segunda Guerra Mundial. Resulta, asimismo, muy llamativo que los británicos recientemente encuestados por Pew consideren que la presencia norteamericana en Iraq representa una amenaza mayor para la paz mundial que Irán o Corea del Norte (un punto de vista compartido por encuestados en Francia, España, Rusia, India, China y todo Oriente Medio).

Por lo demás, Gran Bretaña no es el único aliado desengañado. Tal vez no sea tampoco del todo sorprendente el hecho de que dos tercios de los norteamericanos consideren que la política exterior de su país tiene en cuenta los intereses de los demás… Punto de vista, sin embargo, que sólo comparte un 38% de los alemanes y y un 19% de los canadienses. Más de dos tercios de los alemanes encuestados en el 2004 opinaban que los responsables políticos norteamericanos mintieron adrede sobre las armas de destrucción masiva en poder de Sadam Husein antes de la invasión del 2003, mientras que un notable 60% expresó la opinión de que las auténticas razones del proceder de EE. UU. hay que buscarlas en su deseo de “controlar el petróleo de Oriente Medio”. Casi la mitad (un 47%) señaló que el motivo era “dominar el mundo”.

El hecho realmente conmovedor e incluso patético estriba en que cuando se pide a los norteamericanos que clasifiquen a los países extranjeros de acuerdo con sus opiniones, se expresan de manera más favorable con respecto a Gran Bretaña, Alemania y Canadá.

En los años noventa, Madeleine Albright calificó ampulosamente a Estados Unidos de “nación imprescindible”. En la actualidad, parece haberse convertido en “nación indefendible” aun a ojos de sus supuestos amigos.

Hay que reconocer que asoman algunas noticias positivas entre la hojarasca de las encuestas. A muy pocos europeos, por ejemplo, les gustaría que China accediera a la categoría de rival susceptible de medirse con Estados Unidos en términos militares. En Europa, por otra parte, se aprecia una oposición abrumadora a la idea de que Irán pueda hacerse con armamento nuclear. Tanto en Francia como en Alemania se detecta un notable grado de hostilidad hacia los palestinos radicales de Hamas. No obstante, fijémonos de nuevo en algunos de los supuestos aliados de Estados Unidos. Uno de cada cuatro indios, dos de cada cinco egipcios y uno de cada dos pakistaníes se manifiestan favorables a un Irán nuclear. Un tercio de los británicos, la mitad de los indios y tres cuartas partes de los egipcios saludaron positivamente el éxito de Hamas en las elecciones palestinas del año pasado.

Evidentemente, Orwell habría comprendido. Del mismo modo que los bien formados beneficiarios del mandato británico en Asia se manifestaron del modo más ruidosamente antiimperialista en tiempos de Orwell, los aliados más naturales del imperio británico – Francia y Estados Unidos- eran lo que se quiera menos anglófilos. Porque, a la postre, resulta que el poder no sólo corrompe, como bien dijo lord Acton, sino que tiende a aislar a quien lo ejerce.