Los olvidados de Suárez

No los olvidó Suárez, ni el Rey, ni la historia de la Transición; pero como no hacen ruido, por estar muertos, enfermos u ocupados, parece, en estos excepcionales días, como si no hubiesen existido nunca. No fueron ministros; no se han publicado todavía sus propios testimonios; no conspiraron, entre otras razones por el inmenso trabajo que tuvieron sobre sus espaldas, que no les dejó tiempo para ello; fueron leales a la Monarquía, a la legalidad franquista que ayudaron a transformar y, una vez aprobada, fueron leales a la Constitución. Pactaron con comunistas, socialistas y demás grupos opositores para hacer de España una nación habitable o, como había anunciado don Juan Carlos en su primer mensaje como Rey, una nación en la que cupiesen todos los españoles.

Eduardo Navarro, Josep Meliá y Carmen Díez de Rivera, ya fallecidos, como Suárez; Alberto Aza, José Luis Graullera, Aurelio Delgado, Eugenio Bregolat, Senén Florensa, el general Casinello y algún otro del entorno más íntimo del expresidente, que estuvieron en las cocinas en aquellos históricos momentos, han dado o darán testimonio de lo que de verdad ocurrió esos años. Puedo escribir —y hoy es más necesario que nunca porque se publican historias distorsionadas, inveraces e incluso grotescas— de lo que conozco; y lo conozco no de viva voz, que cada uno puede recordarlo como quiera, sino de lo que está escrito. Y “lo escrito, escrito se queda”. (Juan, 19-22, lo que debería recordar quien presume de conocer los textos sagrados).

Eduardo Navarro, que tantos documentos escribió para Suárez desde que dejó la presidencia del Gobierno hasta su propia muerte, cinco años y cinco días antes que el expresidente, y de parecida enfermedad, fue quien desmontó, literal y casi físicamente, el Movimiento Nacional; y tuvo tiempo, además, de dejar escritos casi dos centenares de folios —de los que soy depositario por su voluntad— de sus “testimonios” sobre Adolfo Suárez. El catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense, Juan Francisco Fuentes, escribió la documentada obra Adolfo Suárez. Biografía política (Planeta, 2005) que junto a la Historia de una ambición, de Gregorio Morán (Planeta, 1979), revisada en Adolfo Suárez, ambición y destino (2013) ofrecen una idea cabal de la figura del duque. Y de su relación con el Rey.

“Los reyes no suelen ganar el trono al principio de su reinado. Juan Carlos I sí lo hizo y de la noche del 23-F terminó su examen cum laude. Probablemente es un caso extraordinario en la Historia, pero es así”. Esto está escrito por Eduardo Navarro, que tantas veces habló con Suárez de esos acontecimientos o, al menos, de lo que quería contar Suárez, que fue mucho y claro. Lo que quería el expresidente es que se dijese la verdad. Y la verdad la dejó escrita quien tantas veces me comentaba con ese sentido del humor que le caracterizó, que él escribía “con un seudónimo que se llamaba Adolfo Suárez”.

Navarro prosigue. “Muchas veces he comentado los sucesos de aquella noche con el presidente Suárez y he oído su relato. Su actitud aquella tarde y aquella noche acalló a sus críticos y a sus adversarios… El caballo de Pavía había pasado junto a él y él, desde luego, no se subió a la grupa, como habían pronosticado días antes… Los demás quedaron bajo las patas del caballo… A la liberación de los diputados el día 24, solo Roca reconoció paladinamente la dignidad de Suárez… Adolfo jamás se ha ufanado de su gesto… Lo que Suárez pensó y sintió en aquellas horas tampoco lo ha contado. Yo llevo trabajando con él once años desde el 23-F y apenas he logrado obtener unas cuantas frases”. Tengo, también, una carta manuscrita del excomandante Pardo Zancada, que es uno de los militares que se sublevó el 23-F, dirigida a Navarro, con el que se carteó y le daba las gracias “por su carta y por su crítica”. Y dice: “Me apunté al 23-F sin saber muy bien qué salida tendría y hasta intuyendo que, como sucesos anteriores, no la tendría. Hecho está, tanto si sirvió de algo como si no. Es verdad que —como Tejero— si hubiera conocido la propuesta Armada me habría bajado en marcha”. Los golpistas jamás insinuaron complicidades entre el Rey o Suárez, como plumas desencajadas pretenden insinuar en estos días de duelo.

Ahora, de forma a veces injuriosa, se pretende mezclar al Rey y a Suárez, o a otros políticos de entonces, en maniobras más o menos antidemocráticas. Todo falso. “Armada se había reunido con Joan Raventós, secretario del PSC y Enrique Múgica, vicepresidente de la Comisión de Defensa del Congreso y destacado miembro de la Ejecutiva socialista. Múgica hizo un informe a Felipe González de esta reunión, del que se desprende el peligro de las intenciones golpistas del general. Felipe señaló más tarde que lo puso en conocimiento del Gobierno”. Cincuenta años antes sucedió algo parecido con don Manuel Azaña y su hipotética participación en 1934 en la proclamación del Estat Catalá. Él mismo se encargó de contarlo en su brillante descargo Mi rebelión en Barcelona.

A distinguir me paro las voces de los ecos, escribió Machado. Y por finalizar con la voz prestada del poeta, nada como recordar aquello que nos enseñó Mairena: la verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero. Los “olvidados de Suárez” deben elevar la voz ante la mentira y la insidia que ha comenzado, en nuestra ciclotímica España, a desperezarse.

Jorge Trias Sagnier es abogado y escritor. Fue diputado del PP.

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