Los oxonienses y Rasputín

Antiguamente las universidades inglesas se clasificaban en tres grupos: ivy (hiedra), red brick (ladrillo rojo) y white tile, (azulejo blanco). El primer grupo se reservaba para las dos venerables instituciones de la vieja Inglaterra, Oxford y Cambridge, colleges de sillería tapizada de perenne y verde hiedra. El segundo grupo lo formaban las universidades creadas en época victoriana, construidas con ladrillo industrial. El tercer grupo, las universidades más recientes y no tan prestigiosas, surgidas tras la Guerra Mundial que superaban a las anteriores en retretes alicatados hasta el techo.

La clasificación refleja el clasismo que caracteriza a los ingleses más que a otros pueblos de Europa y quizá también un punto de desprecio hacia las universidades más recientes, carentes de pedigrí, producto de los precipitados planes de estudios que impulsaron gobiernos laboristas en su bienintencionado anhelo por extender los estudios superiores a las capas menos privilegiadas de la población. Quizá no repararon en que se hacía a costa de rebajar la calidad de la enseñanza. (¿Podría extenderse esta consideración a esa floración de universidades españolas brotadas como hongos al abrigo de las autonomías?)

Oxford y Cambridge llevan compitiendo entre ellas, con notables resultados tanto académicos como deportivos desde la Edad Media. Es famosa la regata anual en la que desde 1829 remontan la corriente del Támesis sus respectivos equipos de remo. Ahora, signo de los tiempos, parece que se ha sumado a la competición un baremo meramente crematístico: ¿Quiénes ganan más en su vida profesional, los jóvenes licenciados por Oxford o los de Cambridge? Por lo visto los de Oxford se llevan la palma con una media de tres mil libras anuales más que los de Cambridge.

Por las aulas de Oxford y Cambridge han pasado famosos grandes hombres de la ciencia, la literatura o la política, pero las universidades de la hiedra también son conocidas como vivero de espías y de bromistas, dos vocaciones en las que los ingleses destacan debido a esa facilidad para el fingimiento que es rasgo distintivo de su carácter. (Sus detractores, con los que no estoy de acuerdo, lo llaman hipocresía).

No es casual que John Le Carré, un oxoniense típico, sea el maestro reconocido de las novelas de espías, ni que procediera de Oxford y Cambridge un buen número de los ingenios de Bletchley Park que aceptaron deportivamente el desafío de desentrañar las claves del cifrado alemán durante la II Guerra Mundial.

En los años treinta del pasado siglo el ambiente liberal predominante en las dos universidades, el espíritu de aventura y la admiración juvenil por los supuestos logros sociales de la URSS favorecieron la captación de un grupo de alumnos por los servicios secretos soviéticos. De los cinco espías del llamado círculo de Cambridge el más famoso fue Kim Philby, un comunista infiltrado en el contraespionaje británico que dirigió la sección soviética con el celo del zorro al que ponen a guardar gallinas. Antes lo había condecorado Franco por supuestos servicios a la causa nacional, una humorada que debió divertir a Stalin.

El boletín de la universidad oxoniense acogió recientemente la posible explicación de la inmunidad sobrehumana de Rasputín, el taumaturgo protegido por la zarina Alexandra que aliviaba la hemofilia del zarevich Alexis.

Iniciada la Primera Guerra Mundial se difundió el rumor de que Rasputín asesoraba a la zarina para que aconsejara a su débil marido apartar a Rusia del bando aliado. La zarina era alemana de nacimiento y por tanto sospechosa de inclinar su corazón hacia el enemigo. Al parecer fue esta sospecha, o certidumbre, la que condujo a un grupo de aristócratas a conspirar para asesinar al siniestro monje. Últimamente han salido a la luz documentos que prueban la participación activa en el complot de Oswald Rayner, un agente secreto británico formado ¿cómo no? en Oxford. El señuelo para atraer a Rasputin a la trampa que le costaría la vida fue una invitación del príncipe Félix Yusupov, primo del zar, a una cena privada que presidiría la princesa Irina, esposa de Yusupov, por la que Rasputín se sentía atraído.

Ignorante de que su deseada princesa se encontraba en aquel momento a cientos de kilómetros de distancia, Rasputín compareció convenientemente acicalado en el palacio Yusúpovski en cuyos sótanos el anfitrión había dispuesto un salón caldeado con una mesa surtida de exquisitos manjares.

Rasputín, que gozaba de un apetito voraz, saludó a los invitados y mientras aguardaban la llegada de la princesa, bebió una copa tras otra de dulce vino de Madeira al tiempo que trasegaba abundantes empanadillas chebureki y canapés de caviar (según otra versión pastelitos de crema) que el médico Lazovert, otro de los conjurados, había aderezado generosamente con cianuro. Para sorpresa de todos, el potente veneno no le hizo el menor efecto. En vista del fracaso, los conspiradores recurrieron al más expeditivo método de acribillarlo a balazos. Rayner le propinó el tiro de gracia. El cadáver apareció al día siguiente en las heladas aguas del Neva.

Durante un siglo los historiadores se han preguntado qué clase de constitución tenía Rasputín para resistir a una cantidad de cianuro que hubiera bastado para tumbar a una manada de elefantes. El periódico de la Universidad de Oxford nos ofrece ahora la solución científica del enigma. No es que Rasputín fuera un titán inmune al veneno, es que el dulce vino de Madeira que trasegó aquella noche neutralizó el efecto del cianuro. Debido a la llamada síntesis de Kiliani-Fischer, el cianuro en contacto con el azúcar perdió su mortal efectividad. «Si los conspiradores hubieran sabido algo de química orgánica –concluye el boletín– habrían usado vino seco y el trabajo les habría resultado bastante más fácil y aseado porque Rasputín habría fallecido de manera menos abrupta».

Rasputín gozaba de gran predicamento entre las damas de la corte, lo que despertaba los consiguientes celos varoniles. Ahora se descubre que el descomunal miembro del garañón que se exhibe, marinado en formol, en el Museo del Erotismo de San Petersburgo es, en realidad, un pepino de mar.

Los mitos son mitos hasta que caen, ya se ve.

Juan Eslava Galán, escritor.

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