Los pájaros de mayo

¿Quién es este presidente del Gobierno que acaba de declarar a seis periódicos europeos que «en España no tenemos tanto un problema de gasto como de recaudación», que la «consolidación fiscal» debe producirse «poco a poco» para «preservar el Estado de Bienestar», que «el seguro de desempleo es un colchón que ha permitido que la gente pueda llevar un nivel de vida digno», que «en Europa lo peor ya pasó y ahora toca crecimiento e integración» pero -atención- que es «muy importante que el Gobierno alemán tenga claro adónde vamos»?

El lector con un poco de memoria responderá: este presidente es Zapatero, claro. Concretamente, el Zapatero de comienzos de 2010, antes de ser derribado del caballo en el pispás de un terrible fin de semana de mayo.

Pues no, no es Zapatero sino Rajoy y la prueba de ello es que, junto a todas esas cautelosas certidumbres que, palabra arriba, palabra abajo, salieron con idéntico énfasis de la boca de su antecesor, el examen de la situación económica incluye también un elemento distintivo que separa el entonces y el ahora. Me refiero a la subida del IRPF -Zapatero apenas lo tocó- que Rajoy justifica con un argumento ideológico: «Lo hicimos en siete tramos y se intentó ser equitativo. Ése es un objetivo y lo será siempre».

Acotemos que hay que agradecer que Rajoy sea tan claro y explique así que el desagradable hecho de que la mayoría de los contribuyentes soporten mayor presión fiscal que la que proponía el programa de IU, queda atenuado a sus ojos porque la progresividad también está siendo mucho mayor que la contemplada por esa coalición que integra al Partido Comunista. A la penalización del éxito y el esfuerzo con tipos superiores al 55% -¡más de medio año trabajando para los políticos!- Rajoy le llama «equidad». Y añade que así lo considerará «siempre». Tomemos nota.

Pero más allá de este paréntesis sobre lo que más incide en nuestros bolsillos de aquello que les diferencia, lo asombroso de estas declaraciones es constatar hasta qué punto llegan las coincidencias entre Zapatero y Rajoy. Confieso que en esta apreciación incide un elemento singular: leí la entrevista con Rajoy en El País en el momento en que estaba acabando El Dilema, ese libro de «vivencias más que memorias» que acaba de publicar Zapatero. Será difícil que nadie pase por la misma experiencia sin corroborar que en el ámbito económico -como en otros de triste actualidad- o bien estamos viviendo la tercera legislatura de Zapatero, o bien asistimos hasta 2011 a dos legislaturas que preludiaban ésta de Rajoy. Diez años ya, en todo caso, de intervencionismo socialdemócrata, en claro contraste con la visión liberal de los tiempos de Aznar.

El libro de Zapatero no es ameno o menos aun divertido -ni un chisme, ni una maledicencia salpimienta su aluvión de números y reflexiones- pero sí de muy conveniente lectura porque reconstruye, con el candor habitual del autor, lo que le pasó aquel mayo de 2010 en que la UE le propinó una brutal patada en nuestro trasero. Y no me quedaré tranquilo hasta que alguien con mayores conocimientos me saque de la cabeza que, a la luz de su relato y sobre todo de los elementos que están sobre la mesa, existe el grave peligro de que la experiencia se repita cuatro o cinco años después, de forma que a la tímida recuperación en marcha le suceda una nueva recesión o algo peor y empecemos a enlazar las uves dobles como si de un dominio de internet se tratara.

España cerró 2009 con una prima de riesgo de 59 puntos sobre el bono alemán, casi 170 menos que hoy. Es cierto que el déficit público fue del 11,2%, o sea, cuatro puntos más que el que se alcanzará en 2013. Era un déficit «muy abultado como consecuencia de la bajada abrupta de los ingresos», escribe Zapatero, relegando como Rajoy la cuestión del gasto. Pero en cambio la deuda pública estaba en el 55% del PIB, 20 puntos por debajo de la media europea y casi 40 puntos por debajo del peligrosísimo nivel actual.

«Entendía que me daba un margen», alega Zapatero, en base a este dato, para justificar su política anticíclica de inversión pública -el Plan E y demás zarandajas- con la que trató en vano de combatir el rampante desempleo. «Yo estoy cómodo en este momento», sostiene ahora paralelamente Rajoy, refiriéndose a la relajación de las exigencias de reducción del déficit que le permiten dar poco menos que por concluido el periodo de ajustes.

Pero más aterradora que esa errónea sensación de confianza del entonces jefe de Gobierno, trasmitida a lo que se ve junto a las llaves de la Moncloa, resulta la constatación de hasta qué punto era alentada por La propia UE. Zapatero reproduce un párrafo de las conclusiones del último Consejo Europeo de 2009 que, a la vista de lo que sucedió en mayo y por su similitud a la retórica actual, pone sencillamente los pelos de punta: «La situación económica está comenzando a mostrar signos de estabilización y se está recuperando la confianza. Las previsiones indican una recuperación débil en 2010, seguida de un retorno a un mayor crecimiento en 2011. No obstante subsiste la incertidumbre y la fragilidad, previéndose que la situación social y del empleo se deteriorará aún más en 2010. Por tanto las políticas de apoyo a la economía deben seguir aplicándose y ser retiradas únicamente cuando esté plenamente garantizada la recuperación».

No es de extrañar que muchas páginas y un sinfín de cavilaciones después Zapatero se pregunte: «¿Por qué los mercados y las agencias de calificación, con la misma deuda neta privada externa, con un déficit público que ya era alto… además de con un paro muy alto -el 18% frente al 26% actual-, no consideraban en 2009 que existía riesgo alguno sobre nuestra deuda soberana?».

En el relato de la cuenta atrás hasta el gran shock del 12 de mayo en que un gobernante del PSOE tuvo que anunciar la reducción de salarios públicos y la congelación de las pensiones, Zapatero apunta a la falta de compromiso de Alemania con «una construcción de la moneda común que adolecía de problemas estructurales». Lo explicita en relación a la crisis griega, evocando una conversación del 28 de abril -con nuestra prima de riesgo aún en los 100 puntos- en la que Durão Barroso y Juncker le confesaron estar «muy preocupados por lo que sucedía en Berlín». Se trataba en resumidas cuentas de que «Alemania entendía que no podía ayudar a alguien que no había sido prudente en su endeudamiento». Por eso condicionó los préstamos a Atenas a implacables planes de ajuste, suscitando en los mercados el contagio que en apenas una semana puso contra las cuerdas a España. Acabáramos.

Todavía hoy Zapatero no se ha dado cuenta de lo que de verdad le sucedió pero puede hacerlo si relee con sentido autocrítico algunos pasajes de su propio libro. En concreto el de la página 106, cuando dice: «Me venían a la cabeza imágenes de Rodiezmo, allí donde había proclamado delante de Cándido Méndez que no cedería ante las presiones de los mercados». O no digamos el de la página 109: «Me afectó la manera en la que Cándido Méndez guardó las distancias conmigo a la hora de sentarse, mostrando un gesto de malestar y seriedad ante las cámaras». Siempre pensé que Zapatero era el agnóstico más supersticioso que conocía, pero no podía imaginar que un racionalista del siglo XXI que dice no creer en Dios pudiera creer en la clase obrera hasta el extremo de deprimirse porque le pusiera morros quien no pasa de ser, como se está demostrando, el Alí Babá de una banda de salteadores de caminos.

Zapatero era feliz gracias a la coincidencia de los cantos de sirena del G-20 y la UE en pro de los estímulos del gasto público con el tinglado de intereses creados de la izquierda sindical. Cuando se despertó del sueño comenzó la pesadilla. «Yo tuve enfrente algunas de esas caras y ojos de los mercados», llega a escribir refiriéndose a los responsables de los fondos de inversión que se mueven en manada. Como recuerda en el libro, a mí me contó en su día que tuvo la sensación de estar viviendo un Pearl Harbor financiero. Ahora se sincera aún más: «Rescate, suspensión de pagos, intervención, prima de riesgo… eran palabras que volaban en torno a mi cabeza con la misma agresividad que aquellos pájaros de la mítica película de Alfred Hitchcock».

¡Bravo! Ya sabemos que tuvimos a Tippi Hedren siete años en Moncloa y eso explica muchas cosas. Entre otras, por qué Arturo Ui y su banda de gánsteres del trust de la coliflor se vinieron tan arriba como para lanzar su desafío de este jueves. Lo inquietante es que Rajoy no sólo ha heredado los problemas sino también la manera de afrontarlos. Siempre que puede saca pecho por haberse negado a pedir el rescate pero eso también lo hizo Zapatero, como explica detalladamente en el libro, diciéndoselo a la cara a Strauss-Kahn y la propia Merkel.

Lo más grave es la continuidad en la complacencia con lo que el profesor Barea denomina «gasto público marginal e improductivo». Con su claridad habitual el manostijeras de Aznar acaba de denunciar en El Confidencial Digital que «no se ha llegado a fondo en la reforma de las administraciones por intereses políticos y electorales». Rajoy también tiene sus Rodiezmos y sus nada volterianos Cándidos en forma de barones autonómicos cuyos aeropuertos ruinosos y absurdos hay que mantener con dinero público o de alcaldes, concejales y presidentes de Diputación a los que no se puede incomodar con las urnas ya en el horizonte. La única diferencia es que Zapatero pagaba sus guateques con más déficit y Rajoy lo hace dando un meneo mayor a nuestra cartera.

En este contexto en el que no nos queda otra que seguir mirando con el rabillo del ojo hacia Alemania -para constatar, una vez más, que tampoco quieren poner el dinero que precisa la Unión Bancaria-, el frente descarnadamente abierto en Cataluña arrebata a Rajoy la principal ventaja que tenía respecto a Zapatero: la estabilidad política. Si el Gobierno no desmantela rápidamente ese trust de la coliflor y permite que la propia existencia de España quede en cuestión durante dos años -uno hasta la consulta que no se hará, otro hasta las elecciones «plebiscitarias»- como pretenden los gánsteres cuyas cartucheras paga Montoro, el próximo ataque de los «pájaros de mayo» puede ser letal. ¿O no es previsible que quienes en el Bundesbank, los think tanks de Merkel y sus sucursales de Ámsterdam, Luxemburgo y Copenhague pensaron en 2010 que el colapso griego era una oportunidad para volver a la Europa de las dos velocidades, vean en esta mamonada de si Cataluña es un Estado dependiente o independiente de España la ocasión ideal para tratar de echarnos a todos, cual putos balcánicos, del euro?

El gánster del ojo a la virulé y el del zapato encima de la mesa ya se frotan las manos. La suya con los amos del universo sí que va a ser una «grossen coalitionen». Todo sucederá como en la escena en la que Tippi Hedren cuenta con alarma lo que acaba de ver: «¡No son sólo unos pocos pájaros…! Hay gaviotas, cuervos, vencejos…». Es entonces cuando la vieja ornitóloga mueve la cabeza con incredulidad y espanto: «Nunca he conocido una bandada de pájaros de diversas especies. El propio concepto es inimaginable… Si eso sucede no tendremos ninguna posibilidad de escapar. No habría manera de combatirles».

¡Ay Mariano, Mariano…! Ahora la rubia eres tú.

Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.

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