Los Papas del pueblo

Hace unos días (2 de abril) se cumplieron 14 años de la muerte de Juan Pablo II. Y hace también unos días se emitió por televisión la entrevista del Papa Francisco con Jordi Évole. Acaba de publicarse la Exhortación Apostólica postsinodal Christus Vivit, en la que Francisco se inspira en los debates del Sínodo de octubre sobre la juventud. También acaba de salir a la luz un libro sobre Joaquín Navarro-Valls, que fue portavoz de la Santa Sede, durante 22 años con Juan Pablo II y casi dos más con Benedicto XVI. En fin, hace seis años (7 abril) se inició el Pontificado de Francisco.

Esta serie de coincidencias, desde luego de muy distinto signo, hace razonable la petición de que haga una comparación entre el largo pontificado de Juan Pablo II (27 años) y el que protagoniza el actual Papa Francisco. Sin olvidarnos del de Benedicto XVI, en el que desde su elección hasta su renuncia sufrió el torbellino del ecosistema mediático, amenazas de reprobación de los Parlamentos (España, Bélgica) e incluso las sombras de varias querellas (Turquía, Reino Unido). Ante ellos combinó la valentía con una rara cualidad: convertir en diálogo los momentos de dificultad.

Los Papas del puebloQuienes hemos presenciado la elección de varios Papas, comprobamos que los pronósticos raramente se cumplían. ¿Por qué? Casi siempre era por mirar en dirección equivocada. Unas veces, se aplicaban categorías políticas a las candidaturas, progresistas y conservadores, cuando lo cierto es que la Iglesia alienta el progreso, a la vez que conserva fielmente su doctrina. Por eso hay cierto desconcierto a la hora de calificar a Juan Pablo II y Francisco, y se dice que en unos temas son progresistas, y en otros conservadores. Otras veces se ponía énfasis en la llamada diplomacia vaticana, cuando en realidad desde hace ya unos cuantos siglos éste es un asunto bastante secundario. Lo que de verdad importa son los fieles.

¿Qué se quería encontrar en los últimos Papas? Cuando falleció Pablo VI se buscó un sucesor que, en primer lugar, no fuera italiano, subrayando así que la Iglesia es Católica, o sea, universal. Y se encontró una figura joven, enérgica, de lealtad ejemplar, que además venía del otro lado del telón de acero, de esa Iglesia perseguida a la que se debía un reconocimiento. Cuando murió, lo decisivo para elegir a Benedicto XVI fue, por paradójico que parezca, la continuidad. No fue tanto su carácter de profesor, y menos aún la figura del panzerkardinal que le endosaban algunos y que la realidad se encargó de desmentir. Fue el hecho de que había sido un colaborador estrecho de Juan Pablo II, y había lidiado con discreción y eficacia los asuntos más difíciles de su pontificado.

¿Y qué perfil se buscaba en la elección de Francisco? Se buscaba un pastor, cercano a su pueblo, a ser posible de un área geográfica nueva. Y así se dio con el Cardenal Bergoglio, que contaba con una larga experiencia en Buenos Aires. No sé si Juan Pablo II, al ser elegido, preveía el gran número de viajes que iba a realizar. En cambio, Francisco sí declaró que su condición física no le permitiría viajar tanto, pero ha sido algo que no ha podido cumplir. Para un pastor, la cercanía y la predicación a su pueblo es algo irresistible. En cuanto a Benedicto XVI, tuvo que superar la frecuente timidez del profesor -yo sé algo de eso-, que se encuentra más a gusto en su aula que frente a las multitudes.

Los estilos son distintos. Juan Pablo II, más reflexivo, más lógico, más medidor de las palabras; Francisco, más espontáneo, con un lenguaje más de la calle. Aquí sí se nota la procedencia: uno es eslavo, el otro latino.

La espontaneidad y la apertura al diálogo con todo el mundo son rasgos atractivos, además de admirables, por la entrega que suponen. Pasar horas escuchando de verdad a la gente es algo bastante más agotador de lo que pueda parecer visto a distancia. Sin embargo, no están exentas de riesgos. Riesgos que se podrían resumir en encontrarse con personas que buscan a toda costa que diga lo que quieren oír, y sólo eso. No es nuevo: lo encontramos en los mismos Evangelios. Hubo quien se acercó a Jesús para preguntarle algo cuya previsible respuesta le desacreditaría -o eso pensaban- ante la gente. En otros casos, se trataba de ponerle en la tesitura de optar por una parte en algo discutido, de forma que la otra parte le abandonaría. En una palabra, trataban, con asuntos bien estudiados, de manipularle.

Hay un caso peculiar que surgió espontáneamente, y que recoge un único evangelio, el de San Lucas. Mientras Jesús predicaba, se le acercó uno y le dijo: «Maestro, di a mi hermano que reparta conmigo la herencia». Cuando lo leo, vienen a mi mente dos cosas. La primera, que el sistema tradicional de herencia en las sociedades rurales era el llamado mayorazgo: para preservar la finca íntegra, la heredaba el mayor, con la obligación de compensar a los demás hermanos, lo que no siempre hacía. O sea, que aun a riesgo de equivocarme, la reivindicación del hermano menor parece justa. La segunda es que, si el episodio hubiera ocurrido en nuestra sociedad, ¿qué sucedería si el caso del hermano pobre fuera asumido por los media? Tal vez podría presentarse con unos tintes melodramático, de forma que no hacer propia su causa fuera visto como un injustificable desinterés por los más débiles, marginados o injustamente tratados.

Pero demos ahora una vuelta de tuerca, y supongamos que me ha contratado la otra parte -la del hermano mayor- para defender su causa. ¿Qué podría alegar? Desde luego, no que su causa es justa. Eso sería indefendible. Me queda el recurso de denunciar que una intervención como la que reclama el menor supondría una injustificable injerencia de un líder religioso en un asunto civil. ¿No les suena?

¿Y qué hizo Jesús? Cumplir su misión, que era anunciar el plan de Dios para los hombres. A los dos hermanos -se supone que ambos estaban presentes- les dice, con una parábola, que la avaricia es mal camino para alcanzar la vida eterna, y con eso indirectamente les contesta. A la postre, anunció lo que tenía que anunciar, sin que le importara demasiado lo que se murmuraba o lo que hoy llamaríamos el estado de la opinión pública.

Esto viene a propósito de que los Papas, llámense Juan Pablo, Benedicto o Francisco, son y se saben los continuadores de la persona de Jesucristo en este mundo. Cualquiera que se tome la molestia de examinar lo que predican -no los titulares que les pongan desde fuera, sino el contenido-, enseguida llegará a la conclusión de que lo que anuncian es a Jesucristo: su persona, su vida, su doctrina. Ciertamente, son distintos: con un estilo más filosófico el primero, más magisterial el segundo -no deja de ser profesor por ser Papa-, más llano el tercero. Pero anuncian lo mismo. Es muy difícil encontrar un solo tema tratado por uno de ellos que no haya sido abordado por los otros dos, cada uno en su estilo. Quien busque diferencias, las hallará, pero en el estilo, no en el contenido. Estilos diversos significa que para llegar a su casa, Dios traza distintos caminos, dentro de unas bases iguales.

En cierto modo, también los Evangelios contienen la respuesta a la cuestión de si vale la pena bajar al ruedo, hablar con el pueblo, con todo el que viene, corriendo así el riesgo de que las palabras sean manipuladas o de que el mensaje se distorsione porque sólo se citen las palabras que interesen a un partido, una ideología o un estado de opinión. En principio, parece más seguro y más cómodo quedarse en las alturas y desde allí proclamar la doctrina. Pero no es lo que hizo Jesús. Bajó y habló con todos. Seguramente se encontró con todo tipo de intervenciones: algunas insustanciales -ésas apenas aparecen en los Evangelios-; otras con mala intención -unas cuantas de ésas sí aparecen-; otras sinceras -que también constan-. Pero, al final, ha quedado lo que tenía que quedar. ¿Qué ha quedado de Juan Pablo II, de Benedicto XVI? Aparte de un magnífico ejemplo de entrega, queda un amplio cuerpo doctrinal, queda lo que querían transmitir y lo que querían explicar. El resto es algo más anecdótico. Ocurrirá con Francisco lo que ocurrió con Juan Pablo II ¿Los papas del pueblo? Sí, claramente. Pero no tanto por su cercanía a las masas. Es, más bien, por seguir los pasos de quien representan en la Tierra.

Rafael Navarro-Valls es catedrático, académico y coordinador de la obra Navarro-Valls, el portavoz (Ed. Rialp).

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