Los partidos españoles: el caso del PP

Sin entrar en los orígenes históricos de nuestro sistema de partidos, me centraré en el PSOE y el PP para analizar semejanzas y diferencias, y, en especial, en este último porque me parece que es el que ofrece mayor interés analítico. Aparte de razones de espacio, bastará con indicar que el resto de los partidos que han ido apareciendo desde 1977 no han supuesto ninguna novedad en cuanto a sus estructuras y funcionamiento, han exhibido los mismos defectos que los demás, a veces, incluso, con mayor descaro.

El PSOE es un viejo partido refundado en Suresnes que se ha convertido en una poderosa organización con bastante arraigo en casi toda España. Como partido de izquierda tiene un fuerte carácter ideológico y, aunque haya evolucionado mucho desde su primera victoria electoral en 1982, estimo que sigue teniendo los mismos rasgos esenciales matizados ahora por el excesivo personalismo de su secretario general que ha hecho que alguno de los sistemas internos de control se hayan debilitado y, en consecuencia, haya cambiado un tanto en su imagen pública. En esencia, sin embargo, es un partido muy ideológico, progresista, en el sentido convencional del término, muy imbuido de una conciencia de representatividad popular y capaz de sobreponerse a cambios de liderazgo y a derrotas como una máquina electoral temible.

Me parece que, con las excepciones del caso, es un partido que cumple de manera bastante correcta con las dos exigencias formales de la Constitución, ser un cauce de representación y de debate político y tener un funcionamiento democrático.

El caso del PP es más interesante porque no es un partido que herede una cultura política homogénea, como sí ha heredado el PSOE, y, aunque sea también una organización extensa y poderosa, no está tan claro que acierte a cumplir con eficacia las funciones esenciales que asigna la CE78 a los partidos. Vayamos por partes.

El PP actual es una organización que se convirtió en auténtica alternativa de gobierno gracias al acierto de Aznar y sus colaboradores a partir del Congreso de Sevilla en 1990 en que deja de llamarse Alianza Popular y adquiere su nombre actual. Aznar cohesiona el partido, lo hace crecer por sucesivas integraciones y lo convence de la necesidad y la posibilidad de derrotar a un PSOE en horas bajas, lo que no ocurrió hasta 1996.

Aznar acierta a recuperar restos muy significativos de la UCD, modifica la forma de gobernar el partido, renueva caras y, sobre todo, lleva a cabo una profunda innovación programática que se traduce en una oferta política muy estudiada, atractiva y coherente. El partido deja de ser el viejo partido de la derecha para convertirse en un centro integrador de distintas tendencias desde los reformistas liberales, a conservadores clásicos, y una buena variedad de militantes dotados de intuición y formación política. Es un partido plural, unido y muy capaz de estudiar y comprender los problemas españoles y, en consecuencia, de ofrecer una alternativa electoral de éxito.

La derrota de 2004 corta ese proceso de transformación del PP que, en lugar de convertirse, como podría haber hecho, en el gran partido del centro derecha, empieza a dar sensación de repliegue, no se atreve a preguntarse en serio por las causas de su derrota y tiende a un ensimismamiento muy peligroso que culmina en el Congreso de Valencia (2008) en el que Rajoy afirma no necesitar ni a los conservadores ni a los liberales. A partir de esa fecha, el PP nunca recobra auténtico pulso por más que gane las elecciones de 2012, tras el disparate económico de Zapatero, y empieza a perder atractivo electoral al tiempo que aparecen partidos que le disputan el espacio, UPyD, Ciudadanos y Vox.

A mi entender las razones de la debilidad actual del PP tendrían que ser objeto de análisis serenos y hondos. Algo así como un Congreso de refundación debiera poner en píe una organización política distinta, más representativa, más abierta a la sociedad española, más democrática, y mucho más capaz de autocrítica con los errores que han llevado a perder millones de votos, al tiempo que han logrado casi su desaparición en Cataluña y el País Vasco, un proceso que conduce a la insignificancia y la esterilidad y que de ninguna manera se puede sanar con “mucho Madrid”, por decirlo de una vez.

Analizaré con brevedad las razones que hacen imprescindible esa refundación, y que, de no abordarse y a mi entender, impedirán que el PP sea capaz de articular una alternativa política nacional.

Bastaría con reparar en que hay una disonancia extraordinaria entre la opinión muy negativa que una enorme cantidad de ciudadanos tienen sobre la fórmula política que representa Pedro Sánchez y el escaso ímpetu del PP en las encuestas, siempre por debajo del número de diputados necesario para poder formar un gobierno estable.

Esa disonancia no es fruto de la mala fortuna ni de que, como de repente, el electorado español haya experimentado una conversión al progresismo en cualquiera de sus versiones. Se debe, por el contrario, a la percepción de que el PP no es un instrumento válido para conseguir lo que los electores estiman deseable.

Los motivos de este estado de ánimo son muy variados, pero bastaría con enumerar los más patentes:

  1. Muchos españoles han perdido la confianza en las políticas de gobierno que ha desarrollado el PP desde 2011 y, en consecuencia, el PP ha perdido también su fama de buen gestor y ha abonado la idea de que dice una cosa para ganar, pero se dispone con facilidad a hacer la contraria a nada que le convenga.
  2. La confianza en el partido se ha venido abajo sobre todo ante la evidencia de que sus dirigentes han puesto los intereses de la organización por encima de todo, en especial a la hora de defender su imagen ante los casos, abundantes y gravísimos, de corrupción. El PP ha perdido la imagen que tuvo de partido honorable, frente a la insoportable corrupción socialista de los años 90. Es muy probable que el PSOE haya cometido mayores tropelías, pero el problema está en que los electores del PP creen en serio que la honradez es importante y que la corrupción y el robo no se pueden considerar como habilidades políticas. Que el “magnicidio” de Pablo Casado haya aparecido ligado a asuntos de corrupción en épocas de suyo oscuras tampoco ha sido nada que contribuya a mejorar el caso, como es obvio.
  3. La potente organización del PP no es ni capilar ni participativa, no es capaz de estudiar las cuestiones a fondo ni, desde luego, de desarrollar el debate político interno que haría posible la unidad entre sectores muy distintos pero capaces de debatir y perseguir objetivos comunes y factibles. No se trata solo de que se incumpla la CE78 con una organización nada abierta ni democrática, como corresponde a lo que Jiménez de Parga llamó un partido de empleados, sino que en esa falla se basa la debilidad cultural y programática del partido. La democracia exige mucho trabajo y no solo el de defender el puesto que se ocupa.
  4. Como consecuencia de ese fallo esencial, el PP se condena a carecer de políticas bien pensadas, coherentes, nacionales y creíbles. El PP parece haberse convertido en un partido de ocurrencias cuyas propuestas se originan en el día a día, sin el menor estudio, y se proponen con una ligereza e improvisación que lo colocan muy cerca del ridículo (como, por desgracia, hemos podido comprobar más de una vez en momentos muy recientes).
  5. En la última escaramuza acerca de la elección de los miembros del CGPJ, el PP puede haber perdido incluso su imagen de defensor del orden constitucional porque su argumento de última hora para no cerrar el acuerdo con el PSOE no es fácil de distinguir de los que han empleado algunos secesionistas, “no cumplo la Constitución porque no me conviene”.
  6. El PP se condena a ser un partido querulante y belicoso que puede satisfacer mucho a gentes de poco seso, pero que deja indiferente al elector que no quiere machacar a sus “enemigos” (pues, en realidad y por fortuna, no los tiene) sino a quienes querrían tener una España mejor, más inteligente, más próspera, menos endeudada y más digna de admiración y de respeto en el panorama internacional, a quienes quieren que su partido gane por hacer mejores propuestas y más atractivas y no por su capacidad de alimentar guerras culturales (curioso oxímoron).

En resumidas cuentas y aunque se trate de un asunto muy poliédrico y discutible, creo que se puede afirmar que la izquierda y el progresismo oficial tienen en el PSOE un partido de referencia, mientras que una buena parte del centro derecha sociológico no acierta a verse representado en lo que el PP es ahora mismo… y Dios sabe bien lo mucho que me gustaría equivocarme.

José Luis González Quirós es filósofo y analista político. Su último libro es 'La virtud de la política'.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *