Los partidos, imprescindibles… por ahora

A casi nadie satisface el sistema actual de partidos políticos. Quizás, a nadie. Pero no se ha encontrado todavía una solución mejor de agentes en la vida política. Hace días expuse en estas mismas páginas que en la política hemos de distinguir entre los autores (que son los que sugieren la manera de actuar y la meta a alcanzar), los actores (o políticos en escena) y los agentes (o sea, los que movilizan las voluntades ajenas). Una representación política tiene que ser canalizada por medio de un agente que opere en la escena pública. Cuando este instrumento es de naturaleza política tenemos al partido; cuando sea de otra índole -profesional, financiera, cultural o religiosa-, tenemos a los grupos de presión.

La sociedad civil es una abstracción, incapaz, como tal, de sugerir programas de actuación política, promocionar candidatos o ejercer las funciones cívicas básicas; se compone de ciudadanos que se expresan políticamente con la ayuda de los grupos que potencian el quehacer individual. Los partidos son insoportables en cuanto pretenden monopolizar la representación de todos los grupos e intereses sociales, pero su supresión dejaría el campo libre a los grupos sociales más poderosos para imponer sus pretensiones a los sectores más débiles. Aquellos integran a una minoría de privilegiados y éstos se componen de la mayoría, pero sin capacidad de presencia en el escenario y sin recursos para afrontar con éxito el combate político.

A cualquier lector que carezca de la experiencia que los españoles adquirimos durante el franquismo, tal vez le atraiga la idea de un régimen sin partidos. Efectivamente -y hay que insistir en ello-, los partidos modernos son organizaciones mal estructuradas y que funcionan deficientemente.

La deformación oligárquica denunciada por Ostrogorski y Michels a principios del siglo XX es hoy un mal grave que afecta a las agrupaciones políticas. Pero la sociedad civil, como acabo de apuntar, autogobernándose con sus instrumentos propios, cuyos nombres nos eran machaconamente repetidos en una época no muy lejana –familia, municipio y sindicato– genera un orden menos estimable que el producido por el sistema de partidos, libremente creados y que compiten por el poder.

En el singular mundo de los Estados Unidos de América, donde el asociacionismo forma una trama social fuerte, ha sido posible reducir la función de los partidos al mínimo cometido de ser máquinas para captar votos. Fuera de Norteamérica, y desde luego en España, la poliarquía necesita para funcionar aceptablemente un cambio de cultura política, de usos y costumbres, en virtud del cual la participación de los ciudadanos se organice mediante el establecimiento de asociaciones, clubes de opinión, agrupaciones múltiples. Si se alcanzara una cota en la que más de la mitad de los ciudadanos estuviesen afiliados a dos o más entidades no políticas, los partidos podrían quedar marginados. Los miembros de la sociedad civil harían valer sus aspiraciones por medio de estos instrumentos no políticos de participación. Sería otra manera de ser y convivir.

Pero este cambio de cultura política no se advierte en España. En el mes de enero de 1988, escribí un artículo que titulé El ocaso de los partidos. En aquellos días un libro de Michel Offerlé, publicado en noviembre de 1987, me proporcionó un motivo para hacer una reflexión pública sobre un asunto que consideraba importante y que sigo estimando fundamental para la democracia nueva que deberíamos inventar para este siglo XXI.

Offerlé duda de la supervivencia de los partidos en un futuro no muy lejano. En su opinión, los partidos pueden desaparecer en virtud de los cambios profundos que han empezado a introducirse en la articulación y el funcionamiento de las sociedades posmodernas. Los ciudadanos se relacionan ahora con los gobernantes de un modo distinto a como lo hacían a mediados del siglo XX. Y la situación está experimentando una mutación radical. Los avances tecnológicos en el campo de las comunicaciones proporcionaban una base para que se hicieran estos pronósticos, a finales de los años 80 del siglo XX. Ahora la base se ha ampliado. Somos y convivimos en un ambiente donde la intercomunicación instantánea predomina.

Un capítulo obligado en cualquier análisis que pretenda describir lo que nos pasa es el dedicado a la crisis de la representación. Las teorías al respecto, elaboradas en el siglo XIX o cuando, posteriormente, ni la radio ni la televisión configuraban los espacios públicos, o la informática no había aún aparecido, son formas caducas de entender la relación entre los actores y los espectadores. Hoy el gobernado interviene de otro modo, con la posibilidad, gracias a las nuevas técnicas, de renovar constantemente el mandato a los representantes, o retirárselo.

El elector quisiera que se dijese la verdad de lo que ocurre en su entorno. Pero los partidos continúan utilizando el lenguaje de la simulación, unos por razones estratégicas, otros por debilidad interna, sin que falten los interesados en presentar un panorama brillante que no se corresponde con el real. El ciudadano desearía que los partidos afrontasen y resolviesen los problemas que más le preocupan. Sin embargo, tanto en los Parlamentos como en los debates en los medios, los políticos profesionales se ocupan de asuntos marginales, o que la gente valora como tales, mientras que las cuestiones graves se aplazan indefinidamente o ni siquiera se plantean.

Hay que admitir unos hechos que pudieran ser consecuencias de los males criticados. Por ejemplo, el descenso de la militancia en los partidos, el renacimiento del individualismo, la aparición de los clubes de opinión y de los movimientos heterodoxos, el brote espectacular de los ecologistas, el desencanto generalizado. Todas estas cosas se registran, en las democracias pluralistas, con más o menos intensidad y extensión.

El abstencionismo en las elecciones es, quizás, la más potente llamada de atención. Vamos a comprobarlo aquí dentro de unos días. Y tendremos una prueba más de si el por ahora del título de este comentario se convierte lamentablemente en un largo tiempo.

Por Manuel Jiménez de Parga, catedrático de Derecho Político y presidente emérito del Tribunal Constitucional.

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