Los «pasivos» de Gerard Mortier

No han escaseado los artículos para alabar las cualidades de Gerard Mortier con motivo de su fallecimiento. La gran mayoría, firmados por personalidades que colaboraron con él en diferentes momentos. Como simple aficionado a la ópera me uno a muchas de las valoraciones positivas que se han aportado de su figura. Y así, no olvidaré fácilmente alguno de los espectáculos que nos ofreció durante su mandato en el Teatro Real de Madrid. Me vienen a la memoria, por ejemplo, el «Elektra», de Gruber/Kiefer, en el año 2011, o el más reciente «Così Fan Tutte», de Hanecke, en 2013. Me uno también a la opinión del presidente del Patronato del Teatro Real sobre la mejora experimentada en la orquesta titular del Real en los últimos años, no cumpliéndose los presagios de que la falta de un director musical titular iba irremediablemente a perjudicar el rendimiento de la orquesta.

Dicho lo anterior, y al objeto de que se conozca su gestión desde todas las perspectivas, pretendo reseñar los «pasivos» que en mi opinión también han existido. El Sr. Mortier era indudablemente un gran experto en materia de ópera. Su larga trayectoria profesional le avala. Pero es asimismo indudable que tenía una preferencia muy marcada por un tipo de ópera, concretamente la ópera del siglo XX. Ese hecho no es criticable per se, y probablemente es una preferencia basada en muchísimas horas de ver y oír ópera, y además es normal que todo profesional tenga unos gustos personales absolutamente definidos y legítimos. El inconveniente está en que en el caso del Sr. Mortier sus preferencias lo llevaban a despreciar todo lo que no coincidiera con ellas. Fui testigo de una conversación privada en la que Mortier calificaba de gran éxito la discutida representación de «Ainadamar» (2012) y calificaba literalmente de «basura» el «Simón Bocanegra» (2010), cuando esta última supuso que Plácido Domingo tuviera que salir al balcón exterior del teatro para agradecer los aplausos del público enfervorizado que había visto la representación en una pantalla gigante en la plaza de Oriente. La separación entre los gustos del Sr. Mortier y lo que reclamaba el público ha sido notoria. Además, no tuvo inconveniente en criticar, públicamente, a antecesores en la gestión del Real, faceta en la que claramente se ha diferenciado de su sucesor, Sr. Matabosch, el cual no ha escatimado elogios a la gestión del Real anterior a su nombramiento.

En línea con sus preferencias personales, el Sr. Mortier planteó su primera temporada, la de 2011/2012, con nada menos que un 75 por ciento del programa (nueve títulos sobre doce) compuesto por obras posteriores al siglo XIX. El resto del amplio mundo operístico, incluyendo todo lo que se denomina «ópera de repertorio», tenía que conformarse con un 25 por ciento de la programación, y frecuentemente con producciones «controvertidas» (por ejemplo, «Popea e Nerone», 2012). Entiendo que un programa razonable –y que podemos ver en los más prestigiosos teatros de ópera del mundo– contiene obras de diferentes épocas, autores y estilos: barroco, clasicismo, romanticismo, siglo XX, y con producciones unas veces «tradicionales» y otras menos. Y es lógico que sea así, porque el público es variopinto, existen preferencias para todos los gustos, y todas merecen ser atendidas. De esta filosofía no participaba el Sr. Mortier. Da la impresión de que, en su opinión, el aficionado que no compartía sus preferencias tenía que ser educado debidamente, y así corregir sus deficiencias. Las altas dosis de ópera moderna, y «registas» rompedores, van en esa línea. Personalmente me cuesta trabajo aceptar que tenga que ser educado en mis gustos.

¿Cuál ha sido el resultado de la programación del Sr. Mortier? Claramente un distanciamiento del aficionado medio. En la mencionada temporada 2011/2012, hasta 3.000 abonados se dieron de baja sobre un total de 8.000, aunque en temporadas posteriores ha habido reincorporaciones, consecuencia en gran medida de una programación menos «extrema». Era, asimismo, patético observar que en los descansos de las obras preferidas de Mortier una parte importante de los espectadores optaba por abandonar el recinto. Aficionados de toda la vida han elegido apartarse del Real y esperar tiempos mejores. No parece muy creíble la tesis defendida por el propio Mortier de que espectadores jóvenes están sustituyendo a los «veteranos» disconformes. La ópera ha sido siempre –y no puede ser de otra manera– un espectáculo caro y difícilmente accesible para los jóvenes. Lo que sí puede estar ocurriendo es que estos últimos estén aprovechando la existencia de localidades no vendidas, y que se ofrecen a última hora a precio de saldo. Imagino que las arcas del Real lo están acusando.

En definitiva, pienso que los aficionados hemos tenido una prioridad nula en las preocupaciones del Sr. Mortier. Su objetivo fundamental ha sido dar satisfacción a sus preferencias personales, y a poder ser generando controversia mediática, sin que le afectara en absoluto el distanciamiento del aficionado de a pie, el cual, comprensiblemente, le ha premiado con la abstención, y en algunos casos con los abucheos más sonoros que se han oído en el Real desde su reapertura hace tres lustros («Don Giovanni», 2013).

Alfonso Ballestero, abonado del Teatro Real.

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