Los populistas pueden tener razón

Jeffrey Sachs es catedrático de Economía y director del Earth Institute, perteneciente a la Universidad de Columbia (EL PAÍS, 08/04/06):

¿Presagia el ascenso de gobiernos izquierdistas en Latinoamérica, en especial la elección de Evo Morales como presidente de Bolivia, un cambio a la izquierda dura en el continente? ¿Señala el repudio a la política exterior estadounidense en la región? ¿Conducirá, por ejemplo, a una nueva nacionalización de los enormes depósitos de gas natural bolivianos? Éstas son preguntas vitales, pero que pasan por alto la importancia mayor que tiene el ascenso de alguien como Morales, porque él es el primer indígena boliviano elegido jefe de Estado. Su victoria marca un paso adelante en la democratización general de Latinoamérica, con verdadera importancia a largo plazo para el desarrollo económico y social de la región.

Para entender por qué, conviene repasar en líneas generales la historia y el desarrollo económico de Latinoamérica. Las sociedades americanas se forjaron con la conquista europea de las poblaciones indígenas, y por las divisiones étnicas y raciales que siguieron. Tanto Estados Unidos como Latinoamérica están empezando a adaptarse a esas divisiones históricas. Los europeos que conquistaron y colonizaron América después de 1492 no encontraron enormes tierras vacías, como a veces proclamaban, sino tierras pobladas por comunidades que se remontaban miles de años. Una gran parte de los pobladores indígenas sucumbieron rápidamente a las enfermedades y a las penurias traídas por los colonizadores europeos, pero muchos sobrevivieron, a menudo en números dominantes, como en Bolivia y en gran parte de la zona montañosa andina. Casi en todas partes, estas poblaciones indígenas supervivientes se convirtieron en miembros subordinados de las sociedades lideradas por los europeos. Éstos llevaron después a América millones de esclavos africanos. Tras la emancipación, en el siglo XIX, las comunidades afroamericanas siguieron empobrecidas y en gran medida privadas de derechos políticos. Por consiguiente, las enormes desigualdades de poder, prestigio social y bienestar económico fueron parte esencial de la forja de América. Indígenas, afroamericanos y mestizos luchan desde entonces por sus derechos sociales, políticos y económicos.

La democracia en Latinoamérica ha sido una lucha difícil de ganar. Incluso en Estados Unidos, un país que se considera a sí mismo modelo de democracia, los negros no adquirieron verdaderamente el derecho al voto hasta mediados de la década de 1960. En Latinoamérica, la democracia ha sido igualmente incompleta, inestable y a menudo inaccesible para las poblaciones indígenas, afroamericanas y mestizas. Además, dadas las enormes desigualdades de poder y riqueza en Latinoamérica, y con una gran parte de la población privada de tierra y educación, la región es desde hace mucho tiempo vulnerable a las políticas y a las rebeliones populistas, con líderes que prometen beneficios rápidos para los desposeídos mediante la incautación de los bienes de las élites. Éstas han contraatacado, a menudo con brutalidad, para proteger sus propiedades. Por consiguiente, la política ha sido con frecuencia más un enfrentamiento violento que electoral, y los derechos de propiedad han sido a menudo tenues.

Un patrón dominante en Estados Unidos y en Latinoamérica ha sido la resistencia de las comunidades blancas dominantes a colaborar en la financiación de las inversiones públicas en “capital humano” (sanidad y educación) de las comunidades negras e indígenas. Mientras que las sociedades europeas han desarrollado Estados del bienestar con acceso universal a los servicios de sanidad y educación públicos, las élites americanas han tendido a favorecer la dispensación privada de salud y educación, algo que refleja en parte la renuencia de las poblaciones blancas a pagar los servicios sociales de otros grupos étnicos y raciales.

La elección de Morales en Bolivia -donde se calcula que los grupos indígenas representan aproximadamente el 55% de la población, y los mestizos, otro 30%- debería analizarse con esto como telón de fondo. Además, Bolivia no es la única: el cambio de los regímenes militares a la política democrática en Latinoamérica durante los últimos 20 años está ampliando de manera gradual e irregular, pero constante, los derechos políticos más allá de las élites tradicionales y los grupos étnicos dominantes. En Perú, por ejemplo, Alejandro Toledo es el primer presidente indígena del país. Más a largo plazo, la expansión de la democracia en Latinoamérica no sólo promete sociedades más justas, sino también sociedades económicamente más dinámicas, mediante el aumento de las inversiones públicas en salud, educación y formación laboral. La crónica falta de inversión en educación, especialmente en ciencia y tecnología, es en parte responsable del estancamiento económico de la región durante el pasado cuarto de siglo. A diferencia del este de Asia e India, la mayor parte de Latinoamérica no ha experimentado un progreso hacia los sectores de alta tecnología, y ha atravesado en cambio un periodo de bajo crecimiento del PIB, crisis de endeudamiento e inestabilidad macroeconómica.

Esto puede cambiar ahora, al menos gradualmente. Bolivia haría bien en seguir el ejemplo de su vecino del este, Brasil, que ha experimentado una espectacular subida de la inversión educativa y científica desde su democratización en la década de 1980. El aumento del nivel educativo está ayudando a fomentar asimismo exportaciones tecnológicamente más avanzadas. Por supuesto, la elección de Morales también suscita muchas dudas y cuestiones a corto plazo. ¿Mantendrá el nuevo Gobierno políticas económicas responsables, o coqueteará nuevamente Bolivia con medidas populistas desestabilizadoras, como tan a menudo ha hecho en el pasado? ¿Renegociará Morales las leyes y los contratos que rigen las enormes reservas bolivianas de gas natural, como se ha comprometido debidamente a hacer su Gobierno, de manera que no ahuyente una inversión extranjera que necesita con urgencia? Bolivia ha entrado en una nueva era de movilización masiva de sus comunidades indígenas, durante mucho tiempo sufrientes pero ahora vencedoras. La perspectiva a corto plazo es incierta. Sin embargo, a la larga, es correcto apostar por las ventajas económicas de la democratización.