Los presidentes, en la picota

Todos los presidentes españoles de la etapa democrática, desde Adolfo Suárez hasta José Luis Rodríguez Zapatero, han dejado su cargo sin grandes aplausos y, la mayoría, tras una grave pérdida de popularidad. Ahora bien, a medida que transcurre el tiempo sus figuras son gradualmente rehabilitadas en beneficio de un juicio más templado. El caso más destacado es el de Suárez, ahora elogiado de forma unánime pero que se vio obligado a dimitir, en enero de 1981, como resultado de una fuerte campaña de erosión política y personal, excitada por la oposición y alimentada de forma suicida desde dentro de su propio partido, la extinta UCD, cuando no habían transcurrido ni dos años de su última victoria electoral. Hoy, sin embargo, es recordado por muchos como el mejor presidente de la historia de España. No solo fue el líder carismático de la transición, sino que supo preservar la dignidad institucional de su cargo en el Congreso de los diputados durante el célebre 23-F.

A Suárez le sucedió Leopoldo Calvo-Sotelo, quien en las elecciones de 1982 no logró ni tan siquiera salir diputado por Madrid. Su paso por la Moncloa fue tan fugaz, apenas 20 meses, que la mayoría de los ciudadanos no recordarían citarlo en la lista de presidentes. Aun así, los que tengan más memoria reconocerán seguramente que Calvo-Sotelo fue enérgico en la lucha contra el golpismo, que a punto estuvo de irrumpir la víspera de la jornada electoral que, en octubre de ese año, otorgó al PSOE una extraordinaria mayoría absoluta. La desaparición de UCD dio paso a un nuevo bipartidismo en el que la derecha dejaría de reivindicar el monopolio del centro político. Su travesía en la oposición, primero bajo las siglas de Alianza Popular y luego, a partir de 1990, ya como PP, fue tan larga que a muchos les pareció que no iba a concluir nunca.

En efecto, Felipe González estuvo 14 años en el poder y a punto estuvo de dar la sorpresa en 1996, pues fue derrotado por un escaso margen de votos. Pese a esa «dulce derrota», se marchó con la sombra de la corrupción y el escándalo, sin haber reparado el divorcio con los sindicatos y tras una durísima campaña de infamias orquestada por algunos medios de comunicación madrileños, que no tuvieron reparos en utilizar las aguas pantanosas de la lucha contra ETA. Con el paso del tiempo, el legado de González ha sido reconocido por casi todos, pues la modernización de España entre 1982 y 1992 no tiene parangón alguno. Tras unos años en el purgatorio, su figura política ha escalado muchos peldaños y, de habérselo propuesto, podría haber jugado un papel destacado en Europa, lo que buena falta hubiera hecho. Hoy sigue siendo un activo notable para el PSOE, y su brillante oratoria logra insuflarle ánimos en momentos tan alicaídos como los actuales.

Si González no supo marcharse a tiempo y sucumbió un poco al pecado del caudillismo, en cambio José María Aznar, por su carácter agrio y engreído, es un personaje complejo de juzgar. Más aún cuando sus últimas palabras sobre el final del terrorismo reflejan todavía un vivo resentimiento y son del todo impropias de un expresidente. Tal vez su contribución más clara sea en el ámbito de su propia formación política. Logró construir un partido muy robusto, una formidable maquinaria electoral, sin fisuras ideológicas, capaz de absorber todo el espacio liberal-conservador, impidiendo el crecimiento electoral de la extrema derecha, lo que le lleva a acentuar su carácter conservador y nacionalista español sobre el propiamente liberal. Es cierto que Aznar abanderó, al principio, el discurso de la regeneración democrática y que su primera legislatura ofrece un balance exitoso en lo económico y de diálogo y acuerdos políticos en las Cortes, seguramente porque no tenía mayoría absoluta. Al final, sorprendió a todos con su decisión de no presentarse a un tercer mandato, si bien cayó en la tentación de imponer, con el denominado dedazo, a Mariano Rajoy como sucesor.

Pero en el camino de este se interpuso Zapatero, quien se alzó con la victoria en el 2004 no tanto por el carisma de su liderazgo, bastante blando, como porque el talante que exhibía estaba en las antípodas del autoritarismo de los dirigentes populares, particularmente en tres temas: la guerra de Irak, la lucha antiterrorista y la organización territorial. Hoy Zapatero es otro presidente que se despide en la picota de la opinión pública, con un desprestigio político considerable que le va a costar mucho remontar. Ahora es habitual escuchar burdas descalificaciones que hacen tabla rasa de su notable empeño reformista durante la primera legislatura y cargan sobre él todo el peso de una crisis que es mundial. Por supuesto que muchos esperábamos más de Zapatero, no tanto por la mayoría de cosas que ha hecho sino por lo que no ha sido capaz de hacer, sobre todo en el terreno económico. Su error fue dar por indiscutibles las ideas dominantes, neoliberales, frente a la tradición socialdemócrata favorable a medidas fiscales más solidarias y redistributivas y a una clara regulación de la economía desde la política democrática.

Por Joaquim Coll, historiador.

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