Los Presupuestos Generales del Estado no dependen de esto

Sostuvo Paul Krugman en 2009 ante la Confederación de Empresarios de Andalucía que en aquel momento en España era imprescindible un ajuste en salarios y precios por ser insostenibles y no estar alineados con la situación económica del país. Sostiene ahora Krugman, 10 años después, que ante el nuevo bache económico en los escenarios americano y europeo, el problema es que los amortiguadores ya los hemos usado.

Lo que les pasa a los gurús económicos de izquierda es que suelen ser desatendidos o leídos interesadamente por la propia izquierda. Pasa lo mismo con Keynes: lo de que las administraciones deben ahorrar en tiempos de bonanza para paliar los efectos negativos de los tiempos de crisis es la parte de Keynes que la izquierda nunca quiere leer.

Digo esto con ocasión de la aprobación por el Consejo de Ministros del cuadro macroeconómico, la senda de estabilidad presupuestaria 2020/2023 y el techo de gasto no financiero para 2020. Hay bache económico, por decirlo mejor desaceleración, efectivamente los amortiguadores ya los hemos usado y el Gobierno Sánchez ha decidido además lanzarse por la ladera gripando el motor y sin frenos.

El contexto económico europeo se caracteriza por el estancamiento alemán y el crecimiento negativo del último trimestre de 2019 de Francia e Italia; un presupuesto en la Unión con recorte del 12% de los fondos de cohesión y del 14% en la PAC, y la falta de previsión de estímulos monetarios del Banco Central Europeo, que en el pasado -junto con las reformas del Partido Popular- constituyeron un fuerte impulso de la economía española.

En dicho contexto, el nivel de endeudamiento público de nuestro país constituye el principal desequilibrio de las cuentas públicas, no ofrece margen -los amortiguadores ya los hemos usado- y el déficit público estructural elevado tampoco permite políticas expansivas de demanda.

Políticas expansivas de demanda, a eso se ha encomendado el Gobierno de coalición en nuestro país; relajación de la senda de reducción del déficit público otorgándose 7 décimas más de déficit -dejen que yo me lo gaste en esta legislatura y que apechugue el que venga en 2023-; previsiones optimistas de ingresos que no se soportan siquiera pese a las anunciadas subidas generalizadas de impuestos -se vuelven a comprometer los gastos deseados y ya pintaremos los ingresos que los cuadren a martillazos-; el abandono de las reformas en nuestra actividad económica y la derogación de aquellas que han contribuido al crecimiento, la generación de empleo y la reducción de la desigualdad social en los últimos años como demuestra la serie del coeficiente de Gini desde el 2014.

¿Qué puede salir bien si ante la desaceleración se propone la misma receta aplicada entre 2008 y 2011? A nadie sorprenderá que el resultado, desatendiendo a todo el mundo, sea el mismo resultado de agravamiento en nuestro país de la crisis económica de 2008 y que ha costado a los españoles un gran sufrimiento y 10 años de un esfuerzo ímprobo.

Se alega por el Gobierno que la realidad es la que es, este es el gran mantra gubernamental, que no es realista esforzarse y sin embargo, hay que denunciar el argumento por falaz. Nunca nadie hizo política para conformarse. Si algo empuja la acción política, desde siempre, es la disposición a transformar la realidad, por lo que no puede afirmarse al mismo tiempo «hemos venido a hacer política, hay que hacer política» -otro de los mantras de este Gobierno- y aquietarse a la realidad renunciando a transformarla con el instrumento público por antonomasia que son los Presupuestos Generales del Estado.

Si el Gobierno se resigna a la realidad y renuncia a transformarla, a nosotros nos tocará hacerlo en todos los ámbitos, también en el presupuestario, proponiendo las reformas estructurales que precisa nuestra economía para remontar la desaceleración; con los estímulos a la creación de empleo reduciendo las listas del paro para no tener que acometer subidas en la partida de prestaciones sociales derivadas de la caída del empleo en lugar de las motivadas por la mejora de las prestaciones; mejorando la calidad del empleo que creamos; atacando la dualidad de nuestro mercado de trabajo que incide negativamente en la productividad; desplegando políticas que tengan en cuenta que reducir el endeudamiento público en lugar de agravarlo permite, entre otras cosas, rebajar en mayor medida la partida de intereses para dedicarla a políticas más productivas. Todo esto no se consigue acomodándonos a la realidad.

Pero siendo preocupante el enfoque equivocado de las cuentas públicas que nos presenta el Gobierno, es más preocupante aún que la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado no dependa de todo lo explicado, ni del debate entre las políticas de demanda o de la oferta. No, la aprobación de los PGE depende exactamente del dictado de los separatistas motivado única y exclusivamente por los fines perseguidos de la separación.

Este es el error congénito de la obsesión de Sánchez por ser presidente. Que no solo no se dispone a solventar los dos grandes problemas que tiene este país como son la desaceleración económica y la falta de cohesión territorial, sino que la dirección tomada conduce directamente a agravarlos. Este es el precio de cambiar una investidura por una separación y de ello, lamentablemente, dependen los Presupuestos Generales del Estado.

José Vicente Marí Bosó es portavoz de Presupuestos del Grupo Popular Senado.

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