Los Príncipes y Latinoamérica

La reciente visita de los Príncipes de Asturias a Perú ratifica el compromiso de España con el desarrollo de la región y el gran momento que atraviesan los países latinos que han abrazado la democracia como forma de gobierno. El porvenir de Iberoamérica es moldeado por el enfrentamiento continuo entre el cesarismo estatista y las fuerzas democráticas populares. Los valores democráticos, en este contexto, han creado estabilidad y progreso, promoviendo el surgimiento de una nueva clase media, auténtico motor de la transformación económica. Por eso, Don Felipe estuvo especialmente acertado cuando afirmó, durante su periplo limeño, que el mundo es testigo de un «milagro peruano». Este milagro, propio de los países que optan por la libertad, no se habría llevado a cabo sin una verdadera revolución democrática.

En el futuro, Don Felipe y Doña Letizia heredarán el liderazgo de la monarquía europea que más ha hecho por la democracia de su país en los últimos treinta y cinco años. Y también, sin duda alguna, la que más ha bregado por la unidad iberoamericana. Los Príncipes encarnan esa gran comunidad espiritual que une a Latinoamérica con España. En este sentido, Iberoamérica, antes que un conjunto de naciones, es un gran y único pueblo enlazado por los vínculos indestructibles del idioma y la religión. Si consolidamos política e institucionalmente el espacio iberoamericano ello será, en buena medida, gracias a la tenaz actividad que a lo largo de las últimas décadas ha desplegado la Corona española en ambos lados del océano. Los Príncipes, por todo ello, forman parte esencial del presente y el futuro de la hispanidad.

España es consciente que su destino está ligado al nuestro. Nunca ha dejado de estarlo. Socio estratégico en la diplomacia, el comercio y la política, el ejemplo de la Transición española es un acicate para las jóvenes repúblicas latinas, más aún ahora que nos internamos en la celebración del bicentenario de las independencias. Sí, el bicentenario ha de convertirse en el marco propicio para una nueva era dorada de la hispanidad, una hispanidad revitalizada que se caracterice por su carácter abierto e incluyente, propio de un mundo globalizado. Es en este escenario que los Príncipes de Asturias tienen ante sí el enorme reto de impulsar una hispanidad que no sólo se construya a partir de lazos empresariales o comerciales. Si existe una continuidad histórica entre nuestros países, ello se debe a que el mestizaje no fue un proceso exclusivamente material. El mestizaje hispanoamericano es, en esencia, una síntesis de valores, una fusión trascendental. Por eso, la hispanidad del siglo XXI ha de promover, antes que la suma de objetivos económicos coyunturales, principios comunes basados en los valores democráticos de libertad, justicia y solidaridad. Esta hispanidad abierta del tercer milenio, promotora del Estado de derecho y las instituciones, transformará la fisonomía política y cultural del continente, gracias a su compromiso con el liderazgo de valores y la democracia real.

La nueva hispanidad está formada por personas, no por territorios. Lo que importa son los seres humanos. Los millones de latinos repartidos por todo el mundo -más de 50 millones de ellos viven, por ejemplo, entre EEUU y Canadá- forman parte de la comunidad espiritual del hispanismo, sin importar en qué lugar se encuentren. Los latinos somos hispanóforos, portadores de la hispanidad en el nuevo orden global. La cultura no se circunscribe a un espacio determinado porque viaja con las personas. Se expande y enriquece, en un proceso de perpetuo mestizaje.

Doscientos años después de las independencias, la Corona española, en pleno siglo XXI, se ha convertido en una instancia de autoridad antes que un núcleo de poder. Se encuentra unida, además, a un nuevo modelo de Estado, distinto a la idea de imperio que rigió durante la época colonial. La Corona española es un pilar de la democracia. Los Príncipes de Asturias, en este sentido, encarnan una unión fundada no en el poder del imperio sino en el prestigio global de una corona voluntariamente comprometida con los valores fundamentales de la libertad. Los Príncipes, en Iberoamérica, no ejercerán jamás un poder real. Pero gracias a su defensa de la democracia, están llamados a jugar un papel clave en la construcción del gran espacio iberoamericano.

La autoridad espiritual que une a los hispanos en una gran comunidad transpersonal responde al concepto romano de maiestas, una noción incluyente, propia de grandes espacios abiertos, como es el caso de Iberoamérica. La majestad del pueblo latinoamericano supera la soberanía exclusiva y excluyente del Estado-nación, un concepto que compartimenta nuestros países y los divide en bloques que se contraponen unos a otros. La soberanía exacerbada divide, la maiestas acopla, suma, unifica. Así, el pueblo hispano disperso por el mundo tiene maiestas, grandeza espiritual, vocación de síntesis, capacidad de cohesión. A esta maiestas hispana ha de contribuir con su defensa de los valores democráticos el liderazgo público de los Príncipes.

Los Príncipes de Asturias son el símbolo de la tradición y la modernidad del gran espacio iberoamericano. Hace unos años, su matrimonio los convirtió en artífices de la renovación de la Monarquía española y hoy encarnan el futuro democrático de toda la hispanidad. Vivimos en una sociedad que prefiere el ausentismo político y se niega a tomar conciencia de los retos que impone la modernidad. Iberoamérica no debe plegarse a esta postura disolvente y evasiva. Es preciso asumir el gran reto social de nuestro tiempo: la expansión de la democracia en Latinoamérica. La Transición española culminó con la democratización positiva de una institución clave en el proceso: la Corona. Por eso, para consolidar y fortalecer sus instituciones, los latinos debemos apelar a su ejemplo y mirar el futuro con optimismo. Jóvenes, emprendedores y llenos de esperanza -como las repúblicas latinas-, los Príncipes de Asturias personifican la autoridad global de la monarquía española. Una autoridad capaz -muy capaz- de acallar la vocinglería primitiva del populismo demagógico. Y también, por qué no, de acompañarnos fraternalmente por el duro camino de la regeneración.

Martín Santiváñez Vivanco, director del Center for Latin American Studies de la Fundación Maiestas.

1 comentario


  1. Discúlpame pero, como latino, siento que lo que une a Latinoamerica, aparte del idioma, es el hecho de que se comparta la misma problemática. Me voy a morir sin poder ver en España ningún referente de los valores que mencionas, la historia es demasiado elocuente. Puedo dar fé de que es entre los sectores de la población menos ‘hispanizados’ donde se encuentra más gente honrada, solidaria, respetuosa y, sobre todo (algo casi imposible de encontrar en España), gente muy trabajadora. De que los reyes pongan un poco de glamour y alboroten el gallinero como el principe al entrar en la casa de Cenicienta, yo no me atrevería a dar el gran salto de afirmar que representan un baluarte de valores para Latinoamérica. Me parecen más bien embajadores de un mundo de cuentos de hadas, mientras, en algunos países, el día a día del ciudadano de a pie consiste, por ejemplo, en pagar tasas abusivas a la teléfonica y leer todos los días en los periódicos que españoles y latinos por igual son detenidos con varios kilos de cocaina rumbo a la Madre Patria.

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