Los profetas de la salud

Por Gregorio Morán (LA VANGUARDIA, 23/09/06):

Quizá ya no queden profesiones de gente arrogante. Antiguamente los prestigios se medían también por la arrogancia. Estaban los Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, que respiraban futuro por todos sus poros y que encandilaban a cualquier dama con hijas casaderas. Se valoraban mucho los Registradores de la Propiedad, gente seria y para toda la vida, como los Notarios, auténtico cuerpo de élite entre la mediocridad provinciana. El prestigio reciente de los Arquitectos se debe a su ductilidad profesional, porque te los encuentras en el diseño, en la pintura, en los ayuntamientos, en las restauraciones, en las asesorías financieras y hasta en los periódicos y los restaurantes; auguro que se trata de una gloria efímera, anexa a las vacas gordas y el gasto superfluo. Posiblemente la única profesión donde la autoridad desempeña aún un papel decisivo es la de médico. Iba muy de la mano de los confesores, pero el sacerdocio bajó mucho con la televisión y la posibilidad de ocupar las tardes en cuestiones más excitantes que los rosarios en familia, las novenas, los triduos y la adoración nocturna o diurna.

No es extraño que haya tantos médicos en la política. Es verdad que aún hay más abogados, pero en general y sin ánimo de menospreciar, la mayoría de los abogados metidos en política son gregarios, como los economistas. Los médicos no; los médicos mandan, ellos desterraron a los curas a la sacristía y se quedaron con la sociedad civil. Y ahora acaban de dar un paso de gigante convirtiéndose en ideólogos, lo cual es peligrosísimo porque la profesión tiende a la seguridad y se enroca en los privilegios. ¿Han intentado ustedes alguna vez corregir a un galeno en el pleno ejercicio de su cargo? Los médicos no dudan, salvo si están entre colegas. En el fondo es, como todo, un asunto de economía. Si el más allá dejó de ser la gran empresa de futuro que fue – en nuestro siglo XVII las inversiones en el más allá suponían buena parte de la economía y por tanto de la cultura, de la literatura, del arte y de prácticamente toda actividad transaccional- hoy, el presente, tiene una industria que lo representa, la macroeconomía sanitaria, y aunque los profetas de la salud se lo intenten vender como una inversión de futuro, le engañan; la inversión en salud es un presente de indicativo. Nadie tiene ni zorra idea de lo que puede pasarle a usted mañana, pero sí están convencidos de que le pueden conceder una seguridad en el presente.

La alianza de los médicos de la industria de la salud con los dirigentes políticos, ambiciosos por naturaleza, es letal para la vida ciudadana. Se podrían hacer ironías sobre aquel primer Comité, llamado de Salud Pública, y su significado en la historia de Francia. Porque fíjense si será curioso que no es en las grandes pestes o epidemias cuando los dirigentes políticos han llamado a los médicos y sanitarios para crear organismos donde el peso de la prevención fuera superior al de lo político, todo lo contrario, en esas situaciones el prurito de la hegemonía estaba siempre en la política. Es ahora, cuando prácticamente no aparece en el horizonte nada que ellos consideren que deba cambiar, algo sustancial me refiero, es decir la distribución de la riqueza, la ampliación de los derechos de ciudadanía, la ruptura de las barreras que limitan la libertad, incluso el acceso a una sanidad primaria digna, que en un país como España aún está en mantillas (hay dos experiencias que desconoce nuestra clase política y son vitales, la enseñanza y la sanidad públicas; mandan sus hijos a colegios privados y jamás han ido a recoger el boleto con el número para la consulta primaria). Ahora que no hay nada social que sea posible cambiar, cambiemos el cuerpo.

El eslogan de la próxima campaña podría ser éste: “ciudadano-ciudadana, olvídate de todo lo que no seas tú; tu cuerpo es tu futuro, la salud tu cultura”. Estos caballeros y señoras desvergonzados que nos gobiernan han decidido hacernos felices queriendo tenernos sanos. Y la inmensa mayoría, a lo que parece, está dispuesta a seguirlos, o al menos, a no protestar de esta estafa. Primero, porque la felicidad no la deciden los gobiernos, o al menos, desde hace ya muchas décadas sólo las dictaduras mantienen la impostura de pretender hacer felices a sus esclavos. Y segundo, que para estar sanos la primera condición es trabajar menos y cobrar más; la salud está vinculada a la riqueza antes que a la voluntad. Pero además es que pretenden hacernos felices a golpe de decreto. Y en todo decreto hay una base negativa, lo que se prohíbe. Nadie propone decretos para hacernos más libres sino para ponernos barreras. ¿Prohibimos fumar para que los ciudadanos estén más sanos? Mentira, prohíben fumar por un puñado de razones que tienen poco que ver con la salud de los ciudadanos, porque si la primera preocupación fuera la salud ciudadana prohibirían otro montón de cosas, incluidos ellos mismos.

Hace apenas unos años se luchaba por la legalización de las drogas, y ahora resulta que los mismos perros que hacían cabriolas animando al personal a la libertad individual y la responsabilidad ciudadana, han cambiado de collar y han aumentado el número de prohibiciones. Y nosotros los vemos hacer, infatuados, contemplando su desparpajo. De la bella placidez del canuto han pasado al sórdido veneno de la nicotina, sin que se les mueva un pelo, impolutos, pegándose, eso sí, unos rayazos de coca para evitar ese momento tonto en que se te baja la moral después de tanto renunciamiento. Yo, que por limitación generacional no sé disfrutar de la marihuana y se me hace cuesta arriba probar la coca, el caballo o la ayaguasca, sigo considerando que la liberalización de las drogas es una necesidad de civilización, porque pertenece a la libertad de la persona y porque sería la mejor y única manera de acabar con esa lacra imbatible que marca nuestra época y que es la mafia de la droga, auténtico cáncer social, más peligrosa que cualquier sustancia corruptora de la salud.

Yo no puedo menos que admirarme cuando contemplo a esa trepa insaciable de voz gangosita, mirada desvaída y traje de chaqueta, que goza de una benevolencia en los medios de comunicación que se ganó con grandes favores a costa nuestra – fue Secretaria General de Comunicaciones de 1991 a 1996- y que con su sonrisita de chivo y su canesú de colegio bilingüe encandila a nuestros chicos de la prensa. La ley antitabaco y las medidas contra las bebidas alcohólicas, enmascarada con esa vulgar deriva urbana denominada botellón, no son otra cosa que una prueba del desprecio de los ayuntamientos a la urbanidad, porque el simple cumplimiento de la normativa existente bastaría para afrontar la peste. Eso sí, si tuvieran ganas y agallas para asumirlo. Nuestros dirigentes no toman medidas, porque les falta valor político para asumirlas, hacen leyes, y así trasladan la responsabilidad a los jueces, y ellos se van de rositas. La miseria de nuestra clase política es la del serrallo; castración y buen talante.

Como vivimos en sociedades de conversos, no hay nadie más fanático que el ex-fumador militante que ha descubierto la verdad. Ahora que no hay ideologías fuertes, los comportamientos airados tienen mucho eco en la parroquia. Ese ex-fumador que se exaspera cuando ve un cigarro encendido y grita su denuncia, me recuerda a aquellas procesiones de mi infancia cuando alguien gritaba ¡Arrodillarse!,y uno contemplaba perplejo el efecto borrego que nos llevaba a admitir la presión y no salirnos del redil. ¡Todos de rodillas!

Las prohibiciones de drogas como el tabaco y el alcohol lo único que favorecen son los suculentos beneficios de las mafias. ¡Hay que ser una cínica con traje de chaqueta de amianto para pensar que la prohibición de vender alcohol a menores, la multa a los padres y la ley seca a partir de las diez de la noche, van a significar algo en los estúpidos hábitos juveniles del botellón y del alcohol! Será una mina para los intermediarios mafiosos. ¿Acaso no están prohibidas las drogas de diseño en pastillas y se venden por kilos, digo bien, por kilos?

Estamos siempre dándole vueltas a lo mismo. ¿Qué queremos? ¿Engañarnos o afrontar la realidad? Si queremos engañarnos, mantengamos a los nuevos profetas de la salud, esos científicos estrellas que cobran hasta por mirarte a los ojos y que tienen el inefable valor de pretender incluso prohibir las raciones abundantes en las casas de comidas. ¡Qué alianza perfecta, los cocineros del humo y los profetas de la salud! Sin perder salud nos aligerarán los bolsillos. La guerra al tabaco, la guerra al alcohol y la guerra a los kilos de más, es el nacimiento de una rama industrial que apenas estaba en sus albores, la ideología de la salud.

Los profetas de la salud, con su pretensión científica no son más que satisfechos cirujanos plásticos de la realidad, que te quitan aquí esta arruga, allá ese pliegue, acullá esa ojera que han asegurado que te afea. El ciclo es breve, y para que los efectos de ese milagro no se transformen en escandalosas secuelas de un naufragio, habrás de volver a pasar por el quirófano para que actualicen las reparaciones. Porque el invento de que tu salud es tu cultura no esconde más que la compra de un éxito de ventas que eres tú mismo, y sobre todo tu capacidad para endeudarte. El día que me enteré de que hay hijas que piden a sus padres como regalo de cumpleaños un implante de silicona, pensé que vivía en otro planeta. Ahora que sé lo eficaces que han sido los profetas de la salud consiguiendo que los padres acepten ese implante como una frivolidad de la época, pienso que la delgada línea roja que separa a un profeta de un trilero se reduce a que uno esconde la bola donde tú no la vas a encontrar. El otro te regala la bola después de haberte comprado a ti.