Los ‘puentes’ de Blair

Por Niall Ferguson, profesor de Historia Laurence A. Tisch de la Universidad de Harvard y miembro de la junta de gobierno del Jesus College de Oxford. Traducción: José María Puig de la Bellacasa  (LA VANGUARDIA, 10/05/07):

La política exterior no es algo que quepa articularse sobre la marcha. Los estadistas más destacados – Bismarck, Salisbury, Churchill, Kissinger- reflexionaron dilatada y profundamente sobre la historia antes de acceder al poder. Por desgracia, al igual que su compañero de fatigas al otro lado del Atlántico – George W. Bush- Tony Blair mostró poco interés en las cuestiones internacionales antes de llegar al resbaladizo terreno de la política. Con el resultado conocido.

En las generales de 1983, por ejemplo, Blair siguió sin queja a la línea del partido laborista que preveía la retirada británica de la CEE y el desarme nuclear unilateral. Pero en cambio como primer ministro mostró un mayor compromiso con Europa que sus predecesores conservadores, reafirmando su fe en la alianza atlántica con Estados Unidos y renovando la fuerza disuasoria nuclear británica.

Desde una ojeada superficial, era una política exterior coherente, aunque ampliamente improvisada. En expresión de Timothy Garton Ash, Blair trataba de tender puentes entre EE. UU. y la Europa continental sin abandonar su grado de autonomía. Pero el último decenio ha revelado que tales puentes eran en realidad un edificio tambaleante e inseguro. Y resulta ahora que surgen evidentes conflictos entre el compromiso británico con una integración europea más estrecha,la relación especial con Estados Unidos y el propio interés nacional británico. Por desgracia, lo de querer todo a la vez no es viable en las relaciones internacionales.

¿Qué ha transformado al Tony Blair amante de descansar en la Toscana en un Blair claramente texano? Suele creerse que la razón obedece al 11-S, que poco después Blair calificó de “momento decisivo de la historia” que demandaba decisiones fundamentales para el futuro de la humanidad. Sin embargo, y volviendo a nuestro personaje, en realidad el momento decisivo de la política exterior de Tony Blair había llegado antes. En dos ocasiones antes del 11-S había sido testigo (con verdadero asombro) de la notable eficacia del poderío militar occidental: primero en Serbia en 1999, posteriormente en Sierra Leona al año siguiente. En pocas palabras, las ágiles y contundentes intervenciones en conflictos civiles en ambos países arrojaron resultados espectacularmente positivos. Serbia pasó de la limpieza étnica a unas elecciones. Sierra Leona, del degüello a la democracia.

En la mente de Blair, por tanto, la doctrina del intervencionismo liberal o humanitario ya había cuajado plenamente un año antes de la destrucción del World Trade Centre. Podía plausiblemente renunciarse a la noción de la soberanía inviolable del Estado nación por central que pudiera haber sido la posición de tal idea desde el tratado de Westfalia hasta la carta de las Naciones Unidas. Un Estado comprometido en una conducta genocida – o, por extensión, terrorista- perdía sus derechos. Como observó el propio Blair, sólo había sido posible justificar la intervención de la OTAN en Kosovo “precisando (…) el principio de no injerencia (…) en aspectos importantes”.

En consecuencia, cuando se produjo el 11-S, ningún otro líder se hallaba tan dispuesto como él a suscribir una política estadounidense basada en una respuesta susceptible de entrañar una violación de la soberanía de numerosos estados nación: no sólo los invadidos, sino también aquellos cuyos ciudadanos permanecían en un limbo legal. Indudablemente, las inclinaciones religiosas de Blair pesaron lo suyo a la hora de unir su suerte a la de un presidente ansioso por invocar el nombre de la divinidad. Aunque también es verdad que habrían podido venderle fácilmente a Blair la guerra global contra el terrorismo sin la divina sanción.

El discurso de Blair de octubre del 2001 constituyó un extraordinario llamamiento a las armas prometiendo no sólo castigar duramente a los talibanes por proteger a Al Qaeda sino también “golpear el terrorismo internacional allí donde se encuentre”. Si el genocidio ruandés fuera a producirse de nuevo – prosiguió Blair-, “tendríamos el deber moral de volver a intervenir”. La acción, por lo demás, era juzgada necesaria “a fin de poner fin a la catástrofe que representa el permanente conflicto que aqueja a la República Democrática de Congo”. Durante los primeros días de la guerra de Iraq, Blair dijo a un periodista: “Me extraña la cantidad de gente a quien satisface que Sadam siga en el poder. Me preguntan por qué no nos libramos de Mugabe o de la cúpula birmana… De acuerdo – les digo-, ¡vamos a librarnos de todos ellos! Pero no lo hago porque no puedo, pero reconozco que, cuando se puede, hay que ponerse manos a la obra”.

No hay necesidad – ni éste es el lugar o el momento- de determinar por qué razón precisa la Administración Bush decidió apuntar contra Sadam tras la caída de los talibanes. Lo que cuenta es que, sin apenas vacilación, Blair aceptó el argumento estadounidense de que el dictador iraquí no sólo poseía armas de destrucción masiva (y, por tanto, era una amenaza para Occidente), sino que además patrocinaba el terrorismo. En su discurso en los Comunes el 18 de marzo del 2003 – en el momento más precario de todo su mandato-, Blair se las arregló de algún modo para vincular las armas químicas y biológicas que los inspectores de las Naciones Unidas no habían podido detectar en Iraq a la posibilidad de un ataque terrorista comparable al del 11-S.

A ojos de los críticos de Blair en el 2003, se había convertido en el caniche de Estados Unidos, una especie de secretario de Estado adicional. Sin embargo, tal vez describe mejor la figura de Blair afirmar que se había convertido en el abogado del presidente, no tanto – en este caso- un letrado del más alto rango (del Queen´s Counsel / King´s Counsel) cuanto un privy councillor (del Privy Council); es decir, un consejero privado del monarca… empleando para la ocasión, en sentido figurado, todos los recursos retóricos que corresponden a la túnica de seda (taking silk) que visten los primeros.

No obstante, y ya embarcado en tal empresa, Blair notó en seguida cómo el tan cacareado puente transatlántico se derrumbaba bajo sus pies. Los franceses y los alemanes lideraron la oposición europea a la acción militar contra Iraq, frustrando cualquier esperanza relativa a una segunda resolución – legitimadora- de parte del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Y mientras tanto, en casa, consternación en todo el espectro político. Desde el puesto de observación británico, lo cierto es que los costes del respaldo a Estados Unidos fueron patentes inmediatamente. Pero ¿cuáles eran las ventajas? Un veterano analista del Departamento de Estado calificó con franqueza la relación entre Bush y Blair de relación desigual “¡Hola!, ¿qué tal, Tony?”-, lo decía todo…

Y entonces, de repente, lo que un día había sido un puente adquirió el aspecto de un malecón triste y abandonado en la Costa Este de Estados Unidos. Y ahí se ha mantenido Blair desde entonces, proyectando débiles sombras sobre la política estadounidense, y no sólo la relativa a Iraq sino la concerniente a Israel y a los palestinos, para no hablar del brazo de Irán y Hizbulah en Líbano. Su último – débil también- intento de insuflar nuevos bríos en la Constitución europea mostró a las claras que su peso e influencia en el continente flaqueaba. Y la ridícula humillación de los marineros británicos apresados en aguas del Golfo pérsico aún puso más en evidencia el hondo y preocupante declive de la energía y la moral de las fuerzas armadas de Gran Bretaña.

En lo concerniente a la política exterior, los idealistas suelen ser quienes más daño causan. La tragedia y desdicha de Tony Blair radicó en que – siendo un pragmático a carta cabal en lo tocante a la política interior y una figura que devolvió al laborismo a la senda de la economía capitalista y la política liberal- fue un auténtico ingenuo en lo tocante a la política exterior, un verdadero principiante que infirió conclusiones peligrosamente simplistas a partir de un par de triunfos anteriores. La senda a Bagdad pasó por Belgrado y Freetown, pero tal rodeo fue un desvío falso y equivocado. Como consecuencia, Blair pasará a la historia como uno de esos escasos primeros ministros como Eden, Asquith, Gladstone y Aberdeen que fracasaron en el exterior más que en casa.