Los que contaminan deben pagar la factura

Por Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de Economía. Su último libro es Cómo hacer que funcione la globalización. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 19/11/06):

El Gobierno británico ha publicado recientemente el estudio más exhaustivo hasta la fecha sobre los costes y riesgos económicos del calentamiento global y las medidas que podrían reducir las emisiones de gases invernadero, con la esperanza de prevenir en parte las peores consecuencias. El informe, redactado bajo la dirección de sir Nicholas Stern, de la London School of Economics -que fue mi sucesor como economista jefe del Banco Mundial-, expone con claridad que ya no se trata de si podemos permitirnos el lujo de hacer algo para remediar el calentamiento global, sino de si podemos permitirnos el lujo de no hacer nada.

El documento propone un orden de prioridades cuyo coste equivaldría al 1% del consumo anual y ahorraría al mundo unos costes de riesgo equivalentes a cinco veces más. Los costes que se atribuyen al calentamiento global son superiores a los de estudios anteriores porque el informe tiene en cuenta las pruebas, cada vez mayores, de que el proceso de calentamiento global es muy complejo y no lineal, y de que es verdaderamente posible que avance a mucha más velocidad y se extienda mucho más de lo que antes se pensaba.

En realidad, es muy posible que el cálculo de los costes que hace el estudio se quede muy corto: por ejemplo, el cambio climático puede provocar una mayor variabilidad del tiempo, la posible desaparición o transformación de la corriente del Golfo -que interesa especialmente a Europa- y el florecimiento de diversas enfermedades.

Cuando trabajé en el Equipo Intergubernamental sobre Cambio Climático, el grupo científico que evalúa de forma periódica las bases científicas del calentamiento global, existían pruebas aplastantes, ya en 1995, de que la concentración de gases invernadero en la atmósfera había aumentado notablemente desde los comienzos de la revolución industrial, de que la actividad humana había contribuido de forma significativa a dicho aumento y de que eso iba a tener profundas repercusiones en el clima y el nivel del mar. Pero pocos sabían, por ejemplo, que el casquete ártico iba a derretirse con tanta rapidez como se ve hoy.

Aun así, algunos sugieren que, dado que no sabemos hasta qué punto va a ser nocivo el calentamiento global, lo mejor sería que no hiciéramos nada o prácticamente nada. En mi opinión, la incertidumbre debería empujarnos a lo contrario, a actuar ya, no con menos decisión sino con más. Como dice un amigo mío científico: si estás conduciendo por una carretera de montaña, cerca de un precipicio, en un coche cuyos frenos pueden estar mal, y aparecen bancos de niebla, ¿conduces con más o con menos cuidado? El calentamiento global es uno de esos casos infrecuentes en los que la comunidad científica tiene más miedo que la población general de lo que puede ocurrir. Los científicos han vislumbrado lo que puede depararnos el futuro.

El informe Stern destaca que, como de costumbre, los pobres son los más vulnerables. La tercera parte de Bangladesh estará sumergida bajo el agua a finales de este siglo. Las Maldivas y un montón de Estados situados en islas del Pacífico desaparecerán: una Atlántida del siglo XXI.

Para un economista, el problema es evidente: los que contaminan no están pagando plenamente los daños que causan. La contaminación es un efecto externo de alcance mundial y de proporciones inmensas. Los países avanzados no querrán hacer daño a Bangladesh ni a las islas que van a desaparecer, pero ninguna guerra podría tener efectos más destructores.

La mejor manera de hacer frente a un efecto mundial es un impuesto acordado por todo el mundo. Esto no quiere decir aumentar la fiscalidad total, sino sustituir en cada país alguno de los impuestos actuales por un impuesto de contaminación (carbono). Es mucho más razonable gravar cosas que son nocivas, como la contaminación, que cosas que son positivas, como el ahorro y el trabajo.

Aunque el presidente George W. Bush dice que cree en los mercados, en este caso ha hecho un llamamiento a la acción voluntaria. Sin embargo, tiene mucho más sentido usar la fuerza de los mercados -el poder de los incentivos- que depender de la buena voluntad, sobre todo en el caso de las compañías petrolíferas, cuyo único objetivo es obtener los máximos beneficios, independientemente del coste para otros.

Al parecer, Exxon ha financiado supuestos grupos de estudios para minar la confianza en la ciencia que se ocupa del calentamiento global, del mismo modo que la industria del tabaco financió “investigaciones” para poner en duda los datos estadísticos que mostraban la relación entre tabaco y cáncer. Algunas empresas incluso parecen celebrar que el casquete polar se derrita, porque disminuirá los costes de extraer el petróleo existente bajo el océano Ártico.

Por fortuna, existen muchas maneras de que unos incentivos mejorados ayuden a reducir las emisiones. Eso puede conseguirse, en parte, eliminando todos los subsidios destinados a usos ineficaces.En el sistema impositivo de Estados Unidos se encuentran, ocultos, miles de millones de dólares en subsidios a las industrias del gas y el petróleo. Y en cambio, ese país impone aranceles al etanol obtenido del azúcar.

Lo más importante es que unos precios que muestren los auténticos costes sociales de la energía derivada de los combustibles fósiles fomentarán la innovación y la conservación. Alterar mínimamente las costumbres, cuando lo hacen cientos de millones de personas, puede suponer una tremenda diferencia. Por ejemplo, cambiar el color de los tejados en los climas cálidos para que reflejen la luz solar y plantar árboles alrededor de las casas son medidas que pueden permitir un gran ahorro de la energía que se dedica al aire acondicionado.

Tenemos un solo planeta, y debemos valorarlo como merece. El calentamiento global es un riesgo que ya no podemos permitirnos el lujo de ignorar.