Los relojes locos de Europa

Cuando un portugués desembarca en Escandinavia, al principio le parece que ha llegado a una estación aeroespacial. Uno diría que los pueblos ibéricos estamos más cerca del barro primitivo de Adán, y esta gente del norte, tan rubia, tan pulcra, tiene algo de astronauta de mundos futuros. Los viajes son experimentos: quizá por eso los aviones recuerdan un tubo de ensayo en el que nos metemos para precipitarnos en otras culturas. Yo fui a Escandinavia para hacer el experimento de mi europeísmo.

Paseando por Copenhague, me di cuenta rápidamente de que el único europeísta que había por las calles era yo. Bueno, quizá hubiera algunos más. Pero la verdad es que, en Dinamarca, a la gente se la veía encantada con el hecho de ser danesa. Sobre todo impresiona la adoración que sienten por la bandera nacional: cada ciudadano posee varios ejemplares, de diversos tamaños, que usa según qué ocasiones. Los cumpleaños, por ejemplo, se celebran en presencia de ese símbolo. Casi sólo te encuentras con el estandarte de la Unión Europea en la aduana, para que no te equivoques de cola.

Los relojes locos de Europa

Al llegar a Oslo, que ni tan siquiera pertenece a la Unión, tuve que admitirlo: para nosotros, pueblos del sur, que fuimos romanos y todavía seguimos soñando con Roma aunque no seamos conscientes de ello, Europa es un nuevo imperio, una amplia estructura que desearíamos segura, en la cual querríamos empotrar nuestra biografía y la de nuestra familia. Pero esta gente jamás fue romana: para ellos, la Unión Europea es básicamente un sistema de inteligentes pactos comerciales y punto.

Pero hubo algo peor para mi maltrecho europeísmo: me di cuenta de que, en Europa, cada reloj nacional marca una hora distinta de la historia. Cuando en Emérita Augusta había esclavos que sabían leer y escribir, en estas tierras se malvivía un periodo conocido con el curioso nombre de edad de hierro romana. Empezaron tarde a transcribir sus idiomas: mil años después de que se cantara la Ilíada. Se les cristianizó también más o menos mil años después de que Cristo naciera. O sea, que todos estos rubiales iban con un milenio de retraso.

Y ahora Escandinavia se encuentra en su mayor esplendor, disfruta de su siglo de oro, mientras que, en la península Ibérica, ya hemos dejado atrás esas glorias. Viven ellos, en este momento, lo que nosotros hemos vivido hace cuatro o cinco siglos: la sensación de ser la proa del mundo, una serena impresión de plenitud en la realización de la propia nacionalidad. Aparentemente, los pueblos europeos compartimos la misma actualidad, pero de hecho cada uno se sitúa en un huso horario distinto de su evolución histórica.

Volví de Escandinavia con la amarga sensación de que los relojes europeos no sólo son blandos, como dijo Enric Juliana en admirable crónica, sino que también están locos. No dan, ni por casualidad, la misma hora: una cosa es el reloj de sol griego, con la piedra resquebrajada y hierba creciendo en las rendijas, y otra el tictac exacto del cronómetro alemán, y otra la elegante clepsidra italiana. Las campanadas de la Puerta del Sol no coinciden con las del Big Ben. Europa tiene tantos ritmos como naciones. A Portugal le cabe el honor de ser un sutil reloj de arena. Y, en este marco, Catalunya quiere también marcar su tiempo: es un cronómetro nervioso, anhelando futuros y con ganas de ser reiniciado.

Por ello, en una reunión de líderes europeos, toda aquella gente está en distintos momentos del mismo instante: cuando el señor Varufakis, luciendo esa sonrisa suya de ligue veraniego, mira su reloj ve en él una hora de la historia muy distinta de la que la señora Merkel, enfundada en su uniforme de terciopelo y con un rictus serio de ama de casa haciendo la compra, escucha en los relojes de cuco de la Selva Negra. Este es el motivo de que el euro se nos esté transformando en una torre de Babel financiera.

Me lo tengo bien merecido. Durante muchos años, yo, que conozco la Península bastante bien, he sonreído socarronamente ante los pronunciamientos ibéricos con los que me he topado. Pero la verdad es que me concedí a mí mismo el desahogo de un sueño europeo. Hoy en día, reconozco que Europa será sobre todo un sistema de paz, comercio y libre circulación, lo que no está mal. Pero cada uno tendrá que pagar sus cuentas. Y las fronteras, territoriales y monetarias, bailarán. Están bailando desde la guerra de Yugoslavia, la caída del muro de Berlín y el fin de la URSS. El vals, la polca, el cotillón, o lo que sea, es inevitable; suena por todas partes: hay, pues, que elegir grupo, pareja o danzar con el palo de escoba de la propia nacionalidad.

Los portugueses estamos aprendiendo a amar lo posible, y a evitar el delirio. Ya hemos delirado bastante con nuestras varias formas de sebastianismo: la idea de que se puede volver al tiempo de un rey de leyenda. En realidad, nuestros grandes viajes se hicieron con los barcos posibles, los posibles astrolabios: fue navegando por la posibilidad que alcanzamos la maravilla. De hecho, investigar lo viable es la mejor forma de soñar.

Gabriel Magalhães, escritor portugués.

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