Los rescoldos de una ilusión

Quizá sea una significativa casualidad que el estreno del documental Hollywood contra Franco,de Oriol Porta, coincida con el cierre del último cine urbano de Tarragona. ¿Cuántas ciudades españolas conservan algún cine? No me refiero a los multicines de los centros comerciales, con sus salas sórdidas pensadas para niños consentidos o viciosos emboscados. Esos cines del extrarradio tienen algo de lupanares posmodernos, más lúgubres que un tanatorio, idóneos posiblemente para la masturbación discreta o la pareja clandestina. Todo lo contrario de los cines urbanos que nacieron pensados para exhibir su condición de centros del espectáculo. Quien conoció la Gran Vía madrileña en los años cincuenta y sesenta sabe de qué hablo. Una arteria urbana salpicada de murales anunciando los grandes filmes de Hollywood o las espantosas españoladas.

Mi generación posiblemente fue la última que pasó por todas las gamas del cine. Primero y fundamental, las películas que proyectaban los domingos en los colegios – algunas del cine mudo-,en desbordante exhibición de represiones; había gritos, pateos, chillidos y peleas, y el olor agrio a ganado escolar y también la mano del fraile que interrumpía la proyección ante la más mínima candidez amorosa para dar paso a brutales fundidos en negro.En el fondo aquellos cines de colegio tenían sobre todo una virtud transformadora; no la daba el filme sino la oscuridad. Era la oscuridad, y no la historia de la pantalla, lo que nos hacía libres, otorgándonos el efímero derecho a mostrar los instintos.

El cine colegial es inseparable de los programas dobles en los barrios, la única ventana al mundo de miles de españoles durante tres décadas y elemento formador de nuestra educación escasamente sentimental. Había algo de eso que hoy se llama transversalidad en la mezcla de clases que se amontonaban en las salas cinematográficas, y un sentimiento grupal muy acusado; entonces los niños no contaban a sus padres las películas que habían visto, como se hace ahora con un gesto de afectado paternalismo. Las películas entonces quizá fueran muy malas, y muchas lo eran, pero sobre todo las ponían para nosotros, eran nuestras. Cuando digo a alguien que entonces había precios especiales para niños y reclutas,me miran como si saliera de un frenopático.

Nunca he leído nada sobre los pomposos estrenos de fin de semana, y es pena porque equivalían en provincias a las representaciones teatrales del XIX, en lo que tenían de exhibición social. Yo recordaré mientras viva lo que significó en el Oviedo de mi infancia escuchar los comentarios de los mayores – sin derecho, entendámonos, a pronunciar palabra-ante los hitos cinematográficos de la época. El cine estaba metido en la vida familiar de una manera absorbente, como espectáculo y cultura; el fútbol era sólo competición. A nadie se le hubiera ocurrido entonces referirse a la cultura futbolística sin creer que se trataba de un chiste.

Lo más popular fueron las pantallas de verano, a cuya evocación tanto partido ha sabido sacarle el cine italiano, pero se daban poco en el norte por razones climáticas; programar cine al aire libre era jugársela y con muchas garantías de perder. El cine espectáculo y la omnipresente censura provocaron primero los cinefórums y luego las salas de arte y ensayo. Lo cierto es que aquellos lugares improvisados, convertidos en salas de proyección, donde a falta de filmotecas se pasaba de todo, desde lo más rudimentario hasta lo más sofisticado, constituyeron auténticas escuelas de cine. A mí las sesiones de cinéfilos de entonces me recuerdan esas tenidas matutinas de filatélicos en las plazas mayores, los domingos, porque había algo de secta de iniciados; pocos y correosos, capaces de aguantar impertérritos aquel inolvidable Año pasado en Marienbad (1961, aunque aquí debió darse algo más tarde), donde Alain Resnais nos sometía apenas adolescentes a una prueba iniciática definitiva: después de aquello, hasta el Deserto rosso de Antonioni nos parecía tan lineal como un cómic.

Y pensar que quizá en un futuro cercano los cines urbanos, hoy desmantelados por la especulación y la desgana, se inaugurarán bajo la forma de Museos del Cine, para ver reposiciones en tamaño natural de Ciudadano Kane,o Eva al desnudo,o Rey y Patria, la obra maestra de Losey, que imagino pasarán en una copia decente, y sin humillarnos como hizo la Filmoteca de Catalunya en fechas recientes. ¿Quién protesta por esas cosas, si somos como los filatélicos? Nada que ver con jeremiadas, sino con la vida cultural normalizada por la que cada uno de nosotros ha peleado.

Todo junto, las salas de antaño, los ciudadanos de Tarragona que ya no podrán ir al cine como personas normales, los cinéfilos sufrientes y despreciados, todo eso me vino a la cabeza tras contemplar el emotivo documental Hollywood contra Franco, una exhibición de historia y humanidad. Orgullosos se tienen que sentir quienes elaboraron este nada fácil documental sobre la actitud de Hollywood, magnates y creadores, frente a Franco durante la guerra civil y la posguerra. Tan pedagógico y esclarecedor que se podría pasar en los colegios y universidades. Un cursillo, un máster como se dice ahora, sobre la democracia, la solidaridad y la libertad. La libertad de crear y de vivir. Conmueve el testimonio cálido y rotundo de la voz en off recitando el memorial de Alvah Bessie, guionista legendario e incorruptible luchador. Por qué empezó todo, dónde nació su ilusión y su empuje, y aquella voluntad de venirse a España para repetir el gesto de decencia que tuvieron tantos – tres mil norteamericanos, que se dice pronto-y arriesgarse a morir por la libertad de un país lejano y ajeno. El voluntariado de las Brigadas Internacionales en la guerra de España es un capítulo especial de la historia del siglo XX; único, y con toda probabilidad irrepetible.

En ese misterio de la solidaridad humana al precio de la vida está el meollo de este filme brillante – no es fácil montar noventa minutos de documental que pasan como un suspiro-por el que desfilan los grandes de la industria del cine y las estrellas antes y después del maccarthismo. Hay que escuchar al guionista de Tal como éramos,el evocador filme de Sydney Pollack, cuando expresa con la sencillez de un maestro cómo no hacía falta ser un radical para comprometerse con la lucha de la República frente a Franco; bastaba la decencia, aquella que obsesionaba al propio Orwell y que terminaría convirtiéndose en su divisa. Es verdad que hay en el Hollywood contra Franco una especial preocupación por evitar las curvas, esos lados malos del hombre y de la historia, sus traiciones y renuncias. Eso la hace evidente y pedagógica, tanto, que uno pediría una segunda parte, donde aparecieran las contradicciones que la primera no pudo sacar.

La fuerza de Hollywood contra Franco está también en su poder refrescante. No porque nos rejuvenezca, que maldita falta hace, sino por reverdecer algo que parecía consagrado en las verdades del celuloide. Esos poderes del mito que están encardinados en el cine, que son su espacio natural hasta el punto de que no hay mito sin cine, y se podría decir que tampoco cine sin mito. Y entramos así en el inevitable territorio de la paradoja. Los mitos cinematográficos se multiplican mientras los soportes del cine entran en una crisis que cuestiona su supervivencia. Se cierran las salas urbanas pero aparecen películas de mérito bajo la forma de documentales, un género que tiene una fuerza en España que en parte aún desconocemos por falta de exhibición. Hollywood contra Franco probablemente sólo podrá verse dentro de muy poco en el ordenador o en la pantalla doméstica. Quizá sea una reminiscencia del pasado pero aún es un privilegio cada vez que uno va al cine y acierta. Y por eso cabe una responsabilidad intelectual, la de decirle a la gente: no se demore, vaya a ver Hollywood contra Franco, de Oriol Porta. ¿Quién sabe qué pasará con ella mañana?

Gregorio Morán