Los ricos, cada vez más ricos en Gran Bretaña

Por Stewart Lansley, periodista y productor de televisión. Es también autor de La Gran Bretaña rica (EL MUNDO, 06/04/06):

Hace 20 años, Gran Bretaña era uno de los países más igualitarios del mundo desarrollado. Hoy es uno de los menos igualitarios. Se ha dado una transformación impulsada principalmente por el aumento formidable del número y del patrimonio de los megarricos.

No se trata únicamente de que estos megarricos hayan acumulado fortunas a una escala y a un ritmo que no se habían visto desde hace un siglo, sino de que lo que ha vuelto es la exhibición de la riqueza. Las fiestas y los yates son más lujosos que nunca; los clubes de fútbol de primera división se utilizan como juguetes de los ricachones a escala mundial; en los clubes londinenses, rociarse con champán es cada vez más corriente entre los banqueros de inversiones.

Lo que más les gusta a estos ricos es dejar atrás a sus rivales en la carrera de la riqueza. Cuando Philip Green se pagó a sí mismo el año pasado un dividendo de 1.200 millones de libras esterlinas (alrededor de 1.719 millones de euros al cambio actual), puso un cuidado exquisito en batir la marca anterior establecida unos pocos meses atrás por Lakshmi Mittal, el magnate del acero.

No hace tanto tiempo que las diferencias enormes de riqueza habrían resultado políticamente inaceptables. Sin embargo, la explosión actual de la riqueza ha sido recibida con una buena aceptación general de un extremo a otro del espectro político.

Tony Blair ha aplaudido la proliferación de ricachones. Como ya se encargó de dejar claro Peter Mandelson, el Nuevo Laborismo se siente muy tranquilo con la circunstancia de que haya personas que se hagan «asquerosamente ricas».

Existe consenso en nuestros días en que, siempre y cuando hagamos algo por mejorar la suerte de los más pobres, las diferencias ya no son un problema. Se defiende el auge de la riqueza como una señal de la existencia de una Gran Bretaña más emprendedora. No habría nada que oponer a los niveles actuales de enriquecimiento personal si éstos reflejaran el éxito en la creación de empresas y en la obtención de valor añadido a niveles históricos. Ahora bien, ¿de verdad es eso lo que ha impulsado la remuneración desorbitada de algunos de los directivos, los emolumentos disparatados de la City y las primas sin precedentes?

Desgraciadamente, parece que la respuesta que se impone es que no. Por supuesto, hay ejemplos abundantes de emprendedores, desde James Dyson hasta los pioneros de Internet, que han creado riqueza, empleos y oportunidades; personas que se merecen el lugar principal que ocupan. Sin embargo, los emprendedores que han fundado esas empresas no suelen ser los que dominan las listas de ricos. No estamos atravesando un renacimiento empresarial y económico en el que los ricos de nuevo cuño estén haciendo una sociedad más rica y arrastrando con ellos hacia arriba al resto de la población. De hecho, Gran Bretaña registra en los últimos tiempos unos índices muy bajos de innovación y productividad a escala internacional.

Las fortunas personales conseguidas en nuestros días de la noche a la mañana no están estrechamente relacionadas con los niveles de creación de riqueza. De hecho, las filas de los ricos se nutren de un número considerable de especuladores, banqueros de inversiones y directivos empresariales que, lejos de crear riqueza, se han aprovechado de la cultura imperante favorable a los ricos para apoderarse de la porción más grande del pastel. Lejos de lo que ciertos defensores del enriquecimiento proclaman que es un «juego de suma positiva» en el que no hay perdedores, lo que se está produciendo es un proceso complejo de transferencia de los contribuyentes, los accionistas y los clientes normales y corrientes.

El emprendedor moderno tiende a jugar un papel diferente al de los magnates del pasado. Lo más probable no es que hayan amasado su dinero mediante la puesta en marcha de empresas y productos a partir de cero o mediante la adición de valor por la vía de introducir nuevos procedimientos, sino a través de operaciones y acuerdos de carácter financiero y a través de diversos manejos accionariales especulativos, que implican menores riesgos y que no podrá negarse que crean menos riqueza, si es que crean alguna.

Hace 20 años, el directivo más importante de una empresa que figurara en FTSE [índice bursátil de las 100 empresas más importantes que cotizan en la Bolsa de Londres] tenía unos ingresos de unas 25 veces el salario de un trabajador medio. En la actualidad, este dato ronda las 120 veces. Este aumento podría justificarse si obedeciera a una transformación de los resultados de las empresas británicas.

Sin embargo, no cabe la menor duda de que ése no es el caso. Un estudio de la Universidad de Manchester ha demostrado que los máximos responsables de las empresas más importantes han disfrutado de incrementos de remuneración que han perdido completamente de vista los parámetros de medida de los resultados empresariales. Los autores del estudio han definido el fenómeno como «rapiña del valor». La revista de gestión empresarial Management Today ha condenado este abismo cada vez mayor en las remuneraciones porque desafía «un mínimo sentido de la justicia».

Premiar el fracaso se ha convertido en la norma. En su mayor parte, los máximos ejecutivos empresariales han negociado contratos que les garantizan, incluso cuando los despiden, unas liquidaciones generosas conocidas como paracaídas de oro.

Charles Handy, experto en gestión empresarial, ha llamado la atención sobre el hecho de que estas indemnizaciones han hecho de la ineptitud de los ejecutivos importantes el camino más corto a la condición de millonario. En Estados Unidos se las llama ahora condones de oro porque «protegen al ejecutivo y joden al accionista». La expresión recuerda la frase utilizada por el que fue vicepresidente de la aseguradora Lloyd's: «Dios no las habría hecho ovejas si no quisiera que las esquilaran».

La mayor parte de los banqueros de la City también están implicados de una manera u otra en la «rapiña del valor». La City funciona a efectos prácticos como un cartel gigantesco no oficial que cobra unos honorarios excesivos por unas actividades que, en su inmensa mayoría, consisten en una mera transferencia de riqueza (y en algunos casos, en su pura destrucción) antes que en su creación.

Cada vez más, el énfasis se pone en el corto plazo, en transacciones que buscan dinero fácil y que están reñidas con la consolidación paciente de una organización, que es en lo que se cimentan las empresas duraderas, la creación de riqueza a largo plazo y la base sobre la que se levantaron en su origen muchas grandes empresas de éxito. Las fusiones y las adquisiciones entre compañías se guían con excesiva frecuencia por la perspectiva de primas y emolumentos cuantiosísimos para los consejeros, directivos y para sus asesores financieros y no por los intereses de las empresas a largo plazo.

La especulación financiera, origen de muchas fortunas modernas, rara vez se asocia con la creación de valor en una empresa. Tal y como ha reconocido un destacado personaje del sector de los fondos especulativos, «cuando llegué por primera vez a la City, me costó creer que me quisieran pagar tanto por no crear nada».

El espíritu empresarial moderno y los subterfugios legales para pagar menos impuestos van en gran medida de la mano. Son muy pocos los grandes especuladores que no han explotado de alguna manera las lagunas de la legislación para multiplicar sus fortunas personales a expensas de la amplia multitud de contribuyentes. Philip Green se ha ahorrado cientos de millones de libras en el impuesto sobre la renta a lo largo de los últimos tres años, debido a que la propiedad de sus empresas, BHS y Arcadia, está a nombre de su mujer, Tina, que goza de una residencia en Mónaco, como otros 5.000 británicos que tienen su casa en Mónaco, en su inmensa mayoría empresarios. Este paraíso fiscal ha pasado en los últimos años a ser conocido como le rocher anglais o el peñasco inglés. Sir Richard Branson, Lakshmi Mittal y Hans Rausing se acogen actualmente a estos paraísos fiscales extraterritoriales, completamente legales, para reducir en gran medida sus obligaciones en materia de impuestos.

Intentos sucesivos -y bien recibidos- de fomentar actualmente una nueva cultura empresarial llevarían a un proceso de filtración de la riqueza desde las capas sociales más altas hasta las más bajas y, en último término, los beneficiarios estarían en toda la sociedad.

En realidad, lo que ha ocurrido es que el 1% de la población, los más ricos, se ha hecho con una parte cada vez más desproporcionada de la riqueza de la nación: el 23% en la actualidad, frente al 17 % a finales de los años 80. En contraste, la parte que corresponde a la mitad inferior de la población ha caído progresivamente desde el 10 hasta el 6%. Este proceso responde más bien a una filtración de la riqueza empresarial hacia arriba que hacia abajo.

No hay nada inevitable en que las diferencias de riqueza tengan que ampliarse. Es un fenómeno anglosajón en una medida muy considerable. Puede combatirse esta cultura del «todo vale», como ya se hizo en la época de la posguerra, cuando se impuso una pauta social que imponía límites a la avaricia desmedida de los más pudientes. Sin embargo, en los últimos años, se ha observado un debilitamiento del gen de la vergüenza que en otros tiempos mantenía en jaque a los empresarios.

Precisamente porque los accionistas han expresado su indignación ante algunos de los peores excesos de los directivos de las empresas, el Gobierno tiene ahora la facultad de tomar la iniciativa sobre lo que es aceptable en el mundo empresarial y de contar para ello con el respaldo de la opinión pública. A fin de cuentas, que el capitalismo tiene su «lado inaceptable» es algo que reconoció con toda franqueza un primer ministro conservador, Edward Heath, y no hace tanto tiempo de ello.