Los sacerdotes de Putin no pueden quedar impunes

Hace unos días viajé con una delegación de activistas a Washington para reunirme con miembros del Congreso de los Estados Unidos. Allí abordamos la brutalidad que está empleando Rusia en Ucrania y, hablando con la portavoz Nancy Pelosi, comprobé que sostenía unos rosarios. Se los había dado un cura ucraniano en la ciudad. Aprovechamos para sugerirle un nuevo movimiento tan rotundo como necesario. Hay que sancionar al líder de la Iglesia Ortodoxa Rusa.

Puede que algunos consideren que atacar a los líderes religiosos es traspasar una línea roja política. Pero el patriarca Kirill, o Vladímir Mikhailovich Gundyaev, está lejos de ser un siervo de Dios. Es, en cambio, una extensión belicista de la campaña atroz del Kremlin en Ucrania. Este septuagenario patriarca ha calificado la "operación militar especial" en el Donbás de "justificada" y la ha alabado como "sagrada".

No sorprende. En 2012, definió la victoria electoral de Vladímir Putin como "un milagro divino".

El pasado 10 de abril, Gundyaev animó a sus seguidores a respaldar a las autoridades para repeler a los enemigos externos e internos. En un sermón anterior, el 6 de marzo, describió la guerra como parte de una batalla metafísica entre los supuestos valores orientales tradicionales y la decadencia e inmoralidad occidental.

La letanía de violaciones, asesinatos y saqueos que sufren los civiles ucranianos desarmados debe excusarse, según Gundyaev, porque una vez al año se celebra en Kiev un desfile del orgullo gay. También ha dejado dicho que es "la verdad de Dios" que Rusia y Ucrania comparten una nación espiritual, en sintonía con las creencias de Putin de que Ucrania no es una nación soberana.

Ya no es sólo que la sociedad rusa esté comprando el relato de una guerra que combate a un supuesto "gobierno nazi" en Kiev. Esto va más lejos. La población está cada vez más sedienta de sangre ucraniana. En un discurso desquiciado, justo antes de lanzar la invasión, Putin se refirió a Ucrania como "una parte inalienable de nuestra propia historia, cultura y espacio espiritual".

El Kremlin canaliza este mensaje a través de Gundyaev y otros sacerdotes capaces de bendecir misiles destinados a Crimea y Siria con el objetivo de que toda la ciudadanía rusa sea cómplice de sus crímenes de guerra.

No se debe permitir que Gundyaev viaje libremente por el mundo para difundir los discursos de odio del Kremlin. Su fortuna, que periodistas rusos e internacionales creen que está escondida en el extranjero, debe ser investigada e incautada de inmediato. Como uno de los principales apoyos del régimen de Putin, es desconcertante que hasta ahora se haya librado de las sanciones.

Pero debemos ampliar la fotografía más allá del patriarca. Americanos y europeos deben plantearse si quieren seguir permitiendo que las oficinas de la Iglesia Ortodoxa rusa, empleadas durante mucho tiempo como base para el espionaje y la subversión, operen en su territorio.

¿Acaso es una coincidencia que el nuevo estado miembro de la OTAN, Montenegro, haya visto crecer las protestas callejeras y las tensiones provocadas por una Iglesia respaldada por Moscú? A pesar de la represión que sufrió la Iglesia durante la época comunista, muchos creen que la relación entre los clérigos y los servicios de inteligencia ha superado la prueba del tiempo.

Las represalias contra la Iglesia Ortodoxa de Rusia no son únicamente una reclamación de Ucrania. Porque igual que Rusia se ha convertido en un Estado paria, sus líderes religiosos están sufriendo la marginación de otros cabezas espirituales.

En 2019, el patriarca ecuménico Bartolomé, líder mundial de la Iglesia Ortodoxa, reconoció la independencia de la Iglesia Ortodoxa respecto al patriarca de Moscú. El pasado 27 de febrero, Bartolomé condenó la guerra de Putin como una "violación de los derechos humanos" por su "violencia brutal contra nuestros semejantes". El 16 de marzo, el papa Francisco reprendió la retórica beligerante de Gundyaev: "Tiempo atrás, en nuestras iglesias se hablaba de guerra santa o de guerra justa. Ya no. No podemos seguir hablando así".

La Iglesia Ortodoxa rusa actúa como una agencia de comunicación del régimen de Putin y se proyecta como una herramienta de poder blando para justificar la agresión de Moscú a Ucrania. La Iglesia y el Estado van de la mano en Rusia y, a menudo, hasta los oligarcas se suben al carro.

En enero de 2014, Gundyaev apareció acompañado por Konstantin Malofeyev, aliado ultraconservador de Putin y fundador de Tsargrad TV, cadena de televisión ortodoxa. Malofeyev dijo unos meses después en una entrevista: "Todos rezamos para que Sebastopol vuelva a ser parte de Rusia. Es la voluntad de Dios". La semana pasada, el Departamento de Justicia acusó a Malofeyev de violar las sanciones con la financiación del separatismo en Crimea.

En la época soviética se destruyeron innumerables iglesias y se ejecutó a decenas de miles de sacerdotes. En 2022, las fuerzas rusas bombardean nuestras iglesias y matan a nuestros sacerdotes. El objetivo es destruir nuestra identidad. Sin embargo, nuestra fe permanece intacta. Habrá muchos seguidores ortodoxos rusos que estén disgustados por las payasadas de Gundyaev. De hecho, una gran cantidad de clérigos han criticado la guerra de Rusia durante las últimas semanas.

Occidente debe enviar un mensaje inequívoco de rechazo que incluya a quienes dicen servir a Dios y asegurarse de que las acciones impías de las fuerzas rusas en Ucrania no queden impunes. Gundyaev es un títere de Putin y como tal debe ser tratado.

Hanna Hopko fue la directora del comité de asuntos exteriores del Parlamento ucraniano. Ahora preside la Junta de la Red de Defensa de los Intereses Nacionales (ANTS), un grupo de exparlamentarios que apoya la democracia en Ucrania.

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