Los socialistas y la España plural

Por Juan-José López Burniol, notario (EL PERIODICO, 08/07/04):

Puede sostenerse con certeza que el PSOE es el partido español que más se asemeja, en su pluralidad y en su complejidad, a la realidad española. Coexisten en su seno –si bien vertebradas por una idea compartida de progreso social– ya no sensibilidades distintas, sino auténticas visiones enfrentadas sobre algunos problemas políticos capitales.

No hay que extrañarse; siempre fue así. Las cosas llegaron a tal extremo, durante la segunda República española, que Prieto fue recibido a tiros en Écija por los seguidores de Largo Caballero. Y el 10 de mayo de 1936, en el palacio de cristal del Retiro, Araquistain le propinó un tortazo a Zugazagoitia, durante la elección de Azaña como presidente de la República. No es de extrañar, por tanto, que Madariaga dejase escrito –en su ensayo España– que “la circunstancia que hizo inevitable la Guerra Civil en España fue la guerra civil dentro del partido socialista”. Hoy las cosas son distintas y los socialistas no se enzarzan ni a tiros ni a tortas, pero sigue incólume en ellos idéntica predisposición al enfrentamiento dialéctico. La razón estriba en que anida en el PSOE el germen de la división respecto a temas tan esenciales como la estructuración territorial del poder en España. Veámoslo.

EN UN congreso tan presidido por la autocomplacencia como el que acaba de concluir, cuando los socialistas aún no se han recuperado de su inesperado retorno al poder y Zapatero ha recibido la caricia sofocante de la unanimidad, salta de repente, con fuerza y por sorpresa, una cuestión aparentemente menor: si ha de estar o no en la ejecutiva federal del PSOE José Montilla, cordobés de Iznájar, hombre de acción larga y palabra corta, emigrante a Catalunya a los 16 años y hoy primer secretario del PSC. La razón esgrimida a favor de una negativa se concreta en la conveniencia de excluir de la ejecutiva a los dirigentes territoriales del PSOE.

En esta línea, alguien se ha preguntado “si es tan importante, tan trascendente para el devenir de España el hecho de que entre Montilla en la ejecutiva del PSOE”. Sin saberlo, éste anónimo militante estaba poniendo en el dedo en la llaga con su irónica perplejidad. Porque la respuesta a su pregunta es categórica: la presencia de Montilla en la ejecutiva del PSOE es intrascendente para quienes, explícita o implícitamente, defienden una concepción uniforme de España, impermeable a su naturaleza plurinacional. Por el contrario, la presencia de Montilla es esencial –no por la persona, pese a sus cualidades, sino por lo que significa como representante del PSC– para todos aquellos que ven en la acción del socialismo catalán el factor desencadenante de un desarrollo del Estado autonómico que culmine en la configuración de un Estado Federal.

Miquel Iceta, inteligente y desacomplejado, lo dejó clarísimo –el primer día del congreso– para todo aquel que quisiera oír: “Sabéis que en Catalunya –dijo– se nos pide a veces, desde fuera del PSC, que nos desmarquemos del PSOE. Una petición a la que siempre nos negamos, exhibiendo con orgullo nuestra relación federal con el PSOE. Esto seguirá así. Por convicción. Por lealtad a nuestra historia. Porque nos da la gana”. Pero añadió: “No queremos proporcionar argumentos sin justificación alguna a quienes nos plantean la necesidad de separarnos”.

ÉSTA ES la situación. Un PSOE en el que buena parte de sus militantes contempla con reservas el planteamiento federalizante del PSC. Y un PSC que no puede, sin el riesgo de negarse a sí mismo, abdicar de su apuesta por una España plural, promoviendo un proceso de reforma estatutaria desde dentro de la Constitución, pero sin excluir la modificación de ésta según sus reglas. Malo sería para ambas partes desconocer a la otra.

Los dirigentes catalanes –y no va por Montilla– tienen que hablar con prudencia y proponer con precisión; mientras que los del PSOE deben abandonar su convicción de que la reivindicación catalanista del PSC es una veleidad de su cúpula, no sentida como propia por militantes y votantes. Hace tiempo que el catalanismo tiene claro que de lo que se trata es de administrar el futuro y no de recrear el pasado. Y a esta reivindicación son sensibles todos. No hay voto cautivo ni engañado.