Los soldados y los compinches de Bush

Por Jesse Jackson, pastor baptista y excandidato demócrata a la presidencia de EEUU. © Tribune Media Services. Traducción de Xavier Nerín. (EL PERIODICO, 11/11/03):

En un mundo de clases dominantes y dominadas, la Administración de Bush ha dejado claro que apoya a los ricos y a los muy ricos, a quienes el presidente denomina “mi base”. Por eso tenemos una reducción de la presión fiscal que permite que mientras millonarios se ahorran decenas de miles de dólares cada año, la mayoría de contribuyentes recuperarán menos de 100 dólares.

Esto quizá fuera previsible. Pero lo increíble es que esta misma indiferencia respecto de los trabajadores la estamos viendo en Irak; y los hombres y las mujeres jóvenes cuyas vidas están en peligro son quienes están pagando el precio.

La Casa Blanca quiere pintar de rosa el cuadro de Irak, por lo que el Pentágono ha censurado las fotografías de los ataúdes y las bolsas utilizadas para transportar cadáveres que salen de Irak o llegan a EEUU. Todavía peor, el presidente no ha asistido ni a los funerales ni a los actos en memoria de los soldados que han perdido sus vidas. Esto rompe con la tradición militar, según la cual el comandante en jefe debe hacer un llamamiento a la nación para que presente sus respetos a quienes han realizado el sacrificio supremo. Por lo visto, Bush no quiere llamar la atención sobre la realidad de las bajas estadounidenses.

Se movilizó a los reservistas y a los miembros de la Guardia Nacional para un periodo de tres meses, y luego les dijeron que el periodo de servicio sería de un año. A muchos les están diciendo ahora que no volverán hasta el 2005. En la actualidad, las familias militares tradicionales de todo el país están pidiendo al Pentágono que respete el periodo de servicio de un año y que ordene a las tropas que regresen a casa.

En caso de que los soldados consigan volver a casa, no contarán exactamente con el apoyo absoluto de esta Administración. El presidente prometió: “Proporcionaremos toda la asistencia posible a quienes estén dispuestos a poner su vida en peligro”. Pero ese mismo día, su Administración anunció que recortaba el acceso al sistema de asistencia sanitaria a 164.000 veteranos. Cuando informé sobre los soldados convalecientes en Fort Stewart, Georgia, me inundaron con cartas que describían situaciones similares en otras partes. En Fort Knox, Kentucky, unos soldados heridos pasaron ocho semanas en barracones de la segunda guerra mundial sin aire acondicionado, techos con goteras e instalaciones primitivas, esperando a que les viera un médico.

Al dirigirse a la Guardia Nacional y a los reservistas, el presidente les agradeció, a ellos y a sus familias, que estuvieran “dispuestos al sacrificio” por el país. Pero menos de dos semanas después, la Administración se opuso a que los miembros de la reserva y de la Guardia Nacional pudieran acceder al sistema de seguro por enfermedad del Pentágono. A pesar de que uno de cada cinco no cuenta con seguro de enfermedad.

Bush prometió “asegurarse” de que las familias de los militares tuvieran las mejores viviendas. Pero sus presupuestos proponen una reducción de 1.500 millones de dólares de los fondos para las viviendas familiares de los militares y sus instalaciones médicas.

La reducción de la presión fiscal transfiere decenas de miles de dólares cada año a los millonarios. Pero a un millón de niños que viven en familias de militares y de veteranos se les está denegando la bonificación fiscal por hijos.

DADO el elevado coste de la guerra y los déficits presupuestarios récord, algunos podrían sostener que el presidente no tiene otra elección que realizar estos recortes. Aunque por lo visto, se aplican a la tropa, pero no a las clases dominantes.

El Centro para la Integridad Pública informa que un “tufo de favoritismo y amiguismo político rodea los contratos tanto en Irak como en Afganistán”. Empresas con conexiones políticas pero con pocas credenciales, o sin ellas, han firmado contratos de millones de dólares. Kellogg, Brown and Root, una filial de la antigua empresa de Dick Cheney, Halliburton, es la que ha firmado más contratos, con un total que supera los 2.300 millones de dólares. Se trata de la misma filial que acaba de pagar dos millones de dólares para zanjar un procedimiento penal por sobrefacturación al Gobierno.

Luego nos enteramos de que Halliburton está cobrando 1,59 dólares el galón (3,78 litros) por importar un combustible que la compañía petrolera iraquí dice que puede importar por menos de un dólar; la diferencia totaliza la considerable suma de 300 millones de dólares del dinero de los contribuyentes estadounidenses.

Arriba o abajo. Club náutico o mesa de cocina. Compinches o tropas. Una cosa está clara acerca de esta Administración: sabemos con quién está.