Los sonetos en prosa de Irazoki

En el distrito 11 de París, hay un patio interior con glicinas. Cuando llueve se moja como los demás y el suelo está cubierto de adoquines. Cruzando el zaguán, a mano derecha, vive desde hace largos años el poeta Francisco Javier Irazoki. Otro al que el amor de una mujer arrancó de las piedras natales. La casa, aunque habilitada para vivienda familiar, guarda las proporciones irregulares del almacén que fue en viejos tiempos. A su manera y salvando distancias obvias, semeja una especie de Velintonia 3 con gran poeta hospitalario, además de excelente cocinero, en su interior. Por esa casa parisiense de la poesía ha pasado y en ella ha comido y bebido, no raras veces con pernocta incluida, una muchedumbre de escritores y gente culta venida de España y de otras partes del globo.

Irazoki es hoy por hoy un punto en el que confluyen numerosos hilos de la actual telaraña lírica en lengua española. Dichos hilos coinciden a menudo con los cables del teléfono. Irazoki es uno de los hombres más telefónicos de la Tierra. Su acreditada locuacidad al aparato no es en modo alguno cháchara centrípeta. Él necesita saber cómo les va a sus interlocutores y darles afecto, conversación, acaso consuelo, siempre compañía. Este movimiento acogedor hacia el otro explica en buena medida el universo moral de Irazoki. He conocido pocas personas que lo igualen en la capacidad de verter la propia humanidad hacia el prójimo. Al pronto me viene a la memoria el periodista Juan Cruz.

La función de conector de poetas y del trabajo de estos con los posibles lectores la cumple Irazoki con no menor eficacia por otros cauces. Para empezar, mediante el cultivo de la obra propia, donde abundan, esparcidos por sus páginas, al menos en sus últimos títulos, los nombres propios; también, de unos años a esta parte, mediante el comentario de libros ajenos, pues Irazoki ejerce regularmente la crítica de poesía en las páginas de El Cultural.

No creo que haya muchos que conozcan el panorama de la poesía española actual tan a fondo como él, y ello sin salir de París ni acudir a cócteles y recitales. Con frecuencia lo llamo para solicitarle información. Le pregunto por la chica que ha ganado cierto concurso, por el muchacho de cuyos poemas un reseñista de fiar cuenta maravillas. Irazoki, que parece conocerlos a todos, me saca sin titubeos de la ignorancia. Sí, hombre, es fulanita, la que dijo esto y escribió lo otro; es fulanito, el que publica aquí y recita allá. Le llegan los libros de poesía por cajas. Dice que no sabe dónde colocarlos, que ya no quedan huecos en los anaqueles de su biblioteca. Cualquier día de estos el cartero le va a retirar el saludo por sobrexplotación laboral.

Irazoki acaba de publicar en su editorial de costumbre, Hiperión, un libro titulado Ciento noventa espejos. Los espejos son las palabras del hombre que las escribió y en las que él, por así decir, se da de cuerpo entero y hasta de espíritu, si tal glándula existiese, al lector que se acerque a degustarlas. No hay, pues, resquicio para el cinismo. Uno es responsable, primero ante su conciencia, en la soledad del escritorio, y después ante los demás, de lo que escribe y de cómo lo escribe, sin excusas posteriores encaminadas a disculpar la afirmación dañina, los desgarrones en el estilo, el dato inexacto o la imprecisión.

El número de espejos corresponde a la cantidad de palabras empleadas en cada una de las noventa y cinco piezas en prosa que componen el libro. No se trata tan sólo de que el escritor se haya vedado rebasar dicha medida. Tampoco su proyecto lo autoriza a considerar acabada la tarea sin haber alcanzado la cifra prefijada. La decisión puede parecer caprichosa o simplemente lúdica, en la línea de aquellos alardes de ingenio que dieron fama a OuLiPo, taller de literatura potencial, al que el propio Irazoki menciona en el prólogo de sus espejos. La experiencia demuestra que, al menos en materia estética, por muy arbitraria que sea una decisión, esta se convierte en norma desde el mismo momento en que empieza a ser aplicada. No hay una ley de necesidad que diera lugar a la invención del soneto; pero una vez que Petrarca, a quien comúnmente se adjudica el mérito, fija su forma en el siglo XIV, ya está trazado el principio métrico que otras péndolas, lapiceros y bolígrafos respetarán con no malos resultados a lo largo de los siglos, sin más desvíos que las curiosas y leves variaciones de poetas inventivos.

En el caso de Irazoki, la cantidad exacta de palabras por texto tiene su origen en las colaboraciones mensuales que con el título de Radio París él publicaba hace un tiempo en El Cultural. Sabido es que un colaborador de prensa dispone por lo común de un nicho de página. De los flecos del texto que asomen fuera de tal espacio se encargan las tijeras. Quedarse corto permite soluciones menos dolorosas. Siempre cabe el recurso de añadir a última hora unas líneas, acaso de aumentar el tamaño de la foto o de la ilustración de acompañamiento.

Irazoki ofrece una confesión interesante al respecto en el prólogo (también de ciento noventa palabras) de su libro. En su caso, las aparentes limitaciones a la expansión creativa no le impiden lo que él llama la “amplitud en el arte” o lo que tradicionalmente se ha conocido como libertad del creador. Quienes han padecido periodos de censura saben que un escrito sale peor parado de la supresión de las formas que del recorte de secuencias o detalles en razón del contenido. En este último caso, aún cabe salvar la obra mutilada o grandes partes de su significación por medio de los sobrentendidos, la ironía, la polisemia, la indirecta u otros trucos retóricos de los que los escritores de antaño eran grandes expertos por la cuenta que les traía. En cambio, será difícil que un soneto sobreviva a la prohibición del endecasílabo o una obra de teatro a la del empleo de diálogos.

Así pues, los espejos de Irazoki reposan sobre una forma estricta. Reflejan la gratitud de un hombre que hace recuento de los dones de la vida y de los placeres serenos asociados a tales dones. Un hombre que enuncia con claridad su elección ética y la expresa con una particular y elegante poesía, porque para Irazoki el poeta existe en la fusión y gracias a la fusión del talento literario y la grandeza del gesto moral. Un hombre, decíamos, que convoca en un libro a una larga fila de seres admirables, vivos o muertos, entre los que abundan los escritores y los músicos. Un hombre que cincela el idioma con un amor inmenso por las cosas bien hechas; que acepta la llegada de la vejez con generosidad estoica; que, como afirma en una página luminosa, celebra “el goce de no tener tiempo para el odio”.

Fernando Aramburu, escritor.

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