Los telares de este siglo

El artículo del profesor Skidelsky ¿Muerte a las máquinas? (Project Syndicate, 21/II/2014) aborda una pregunta que surge por lo menos desde los inicios de la revolución industrial cada vez que se vislumbra la aparición, a gran escala, de nuevas técnicas: ¿qué va a ser del trabajo? La historia de los luditas, que toma como punto de partida, un episodio ocurrido hace más de doscientos años, sale del olvido hoy, cuando nos preguntamos si la combinación de globalización y cambios tecnológicos va a infligirnos el mismo sufrimiento que la revolución industrial –en cuyo activo figura un crecimiento económico sin precedentes– impuso a la mayor parte de la población de los países hoy industrializados durante todo el siglo diecinueve.

¿Tenían razón los luditas al pensar que los nuevos telares los arruinarían? A primera vista sí, porque el nuevo invento condenó a la miseria a miles de familias. Con la perspectiva de dos siglos, por otra parte, alguno podría preguntar: ¿acaso no hay mucha más gente trabajando hoy que entonces?¿No son hoy los trabajos en general mejores, y los trabajadores más prósperos? Los tataranietos de los luditas ¿no viven mejor de lo que hubiera sido el caso de no haber existido los telares mecánicos? A la última pregunta puede uno contestar que es cuestión de gustos, pero las dos primeras tienen desde luego una respuesta afirmativa.

Del episodio puede uno extraer tres enseñanzas: la primera, de general aplicación, es que en todo cambio hay quien gana y quien pierde, por lo menos en el primer momento; la segunda que, transcurrido un tiempo, es frecuente que todo el mundo termine por resultar beneficiado: no sólo los empresarios del textil, sino también los obreros que, al trabajar con medios más productivos, podrán aspirar a un mayor salario (sobre todo si las organizaciones sindicales tienen fuerza suficiente para exigirlo); la tercera es que ese final feliz no está garantizado, y que puede tardar mucho en llegar, haciendo que los perdedores del cambio lo sean por generaciones enteras.

Estas tres enseñanzas son de aplicación a la situación actual en las economías avanzadas, donde la entrada de países como China en el mercado mundial inaugura una era de abundancia de mano de obra barata, mientras los avances de las tecnologías de la información hacen posible no sólo mecanizar muchas tareas, sino también desempeñarlas a distancia: el ordenador y las redes son los telares de hoy. El resultado de ambos factores es la caída sostenida de la participación de los salarios en la renta nacional, sin que se sepa muy bien qué parte de responsabilidad cabe atribuir a cada uno.

Todo indica que los perdedores están siendo los trabajadores, pero no todos lo son por igual: si en episodios anteriores los más vulnerables parecían ser los trabajadores de menor cualificación, hoy abundan más entre quienes desempeñan tareas que requieren un nivel medio de conocimientos, tanto en la industria como en los servicios; son aquellas tareas susceptibles de ser informatizadas o robotizadas a bajo coste las que se ven amenazadas y en riesgo de ser víctimas del cambio. Tareas que requieren menor cualificación pero exigen presencia física están a salvo, como lo están las tareas situadas en el extremo superior, que requieren mayores conocimientos, capacidades analíticas y una cierta creatividad. Este fenómeno, conocido hoy como polarización, no es tan nuevo como parece: los luditas que rompían telares no eran jornaleros sin cualificación sino artesanos; el nacimiento de las grandes cadenas de montaje no perjudicó a los obreros sin cualificación, que pasaron a desempeñar las tareas sencillas y repetitivas diseñadas por Taylor, sino a los llamados especialistas, obreros muy cualificados capaces de realizar series enteras de operaciones de gran precisión, que la taylorización relegó al olvido. Pero el caso es que volvemos a encontrarnos en un momento de cambios profundos. Puede uno consolarse esperando que todo acabe bien, pero aún así hay que preguntarse si habrá que esperar mucho para que todos disfruten de los efectos benéficos de esos cambios, y qué se puede hacer para mejorar la suerte de los potenciales perdedores mientras tanto.

El juego de la oferta y la demanda en el mercado de trabajo no nos dará una respuesta satisfactoria: la herencia de la última crisis –un paro elevadísimo y una economía en trance de reconversión– son la mejor prueba de ello. Los mercados son miopes: al chico que dejaba la escuela para ganar un buen dinero en la construcción corresponde el empresario que dejaba la industria para meterse en el inmobiliario. Ni uno ni otro son tontos, ni irracionales: es sólo que no ven más allá de sus narices. Al mercado no hay que pedirle una guía ni para el futuro lejano ni para las grandes decisiones. No hay que desdeñar los remedios al uso: redistribución por una parte, más educación por otra, pero esos no son sino expedientes temporales. Hay que explorar las posibilidades de la evolución de la tecnología y los objetivos de la división del trabajo para ir construyendo una economía como si la gente tuviera importancia.

Alfredo Pastor, profesor de Economía del Iese.

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