Los toros en la cultura del exilio

Cuando surge el tema de la diáspora republicana nada de particular tiene que se citen unos versos de «Entre España y México» de Pedro Garfias, poeta de la vanguardia («El Ala del Sur»), de la guerra («Héroes del Sur») y del exilio («Primavera en Eaton Hasting»), salmantino de nacimiento, pero cordobés y mexicano de vida y obra, pasajero del Sinaia, barco para la leyenda: «España que perdimos, no nos pierdas».

Como tantos y tantos españoles peregrinos, Pedro Garfias jamás regresó a España, a esa España que le dolía: «A mí me dueles, España,/ y yo sé lo que es dolor. / Porque me duelen los míos / y me duele el corazón». Jamás regresó, pero nunca perdió el pulso de la Fiesta, así en verso, cantor de «Gallito», «Belmonte», «Manolete», «El toro de lidia» o de «La ronda de los toreros muertos», como en prosa. Y hasta dejó un libro póstumo de título más que elocuente: «De España, toros y gitanos» (Monterrey, 1983), obra cuajada de nostalgia, «de luz y de lágrimas». El abrazo fatal de la mano de nieve sorprendió a Garfias, de militancia comunista, cuando afinaba en el telar una oda a la «Feria de Sevilla». Algunos de los que se proclaman sus compañeros tendrían que leerlo, y tampoco estaría de más que reparasen en los alegatos a favor de los toros de Max Aub, rescatados por el maestro Amorós, o en las peripecias de León Felipe, el español del errante, de plaza en plaza con Carlos Arruza, aprendiendo en su coche la vida itinerante de los toreros mientras pegaba la hebra con los pelones de la cuadrilla, gente y mundo que lo apasionaban.

Si mis datos no andan errados, la primera tauromaquia de los exiliados españoles fue impulsada por Rafael Giménez Siles, figura clave en el mundo del libro español y mexicano, editor aquí de Cenit, creador de la Feria del Libro de Madrid y director durante la guerra de Nuestro Pueblo, un especie de editora nacional oficiosa, y factótum allí, entre otras muchas empresas, del complejo de Ediapsa y las Librerías de Cristal, el mayor entramado editorial y librero de Hispanoamérica durante años.

A Giménez Siles, como al común de los exiliados, le costó lo suyo abrirse hueco en el destierro. Pero en cuanto contó con algunos recursos lanzó para gloria del Arte de Torear la serie Gibralfaro de la colección Málaga, así nombrada en homenaje a su ciudad natal, inaugurada con tres títulos mayores: «El arte de birlibirloque», de José Bergamín, editor en Madrid de «Cruz y Raya» y en México de «Séneca», un clásico entre los clásicos de la literatura taurina; «Teoría de Pepe Illo», de Daniel Tapia Bolivar, hijo de Luis de Tapia, autor de obras de éxito durante los años de la República («Ha llovido un dedito»), cofundador del Ateneo Español y miembro del Consejo de la Junta de Liberación de España, autor asimismo de «Breve historia del toreo» (1947); y «El torero Caracho», de Ramón Gómez de la Serna, novela deliciosa por ramoniana.

Ahora bien, sin duda la gran figura entre los transterrados de la literatura taurina fue José Alameda (Madrid, 1912, estamos en su centenario), universalmente Pepe Alameda, seudónimo de Luis Carlos Fernández y López Valdemoro, hijo de Luis Fernández Clérigo, diputado de Izquierda Republicana, subsecretario del Consejo de Ministros y vocal de la Diputación Permanente de las Cortes que el 15 de julio prorrogó treinta días el estado de alarma decretado a raíz del asesinato de Calvo Sotelo. Adscrito durante la guerra al Ministerio de Propaganda bajo la supervisión de Juan José Domenchina, Alameda, fundamentalmente reconocido en Hispanoamérica como periodista taurino («el mejor», recalca siempre Pedro Capea, «veía los toros como nadie, y sabía contarlos», cronista de multitudes de radio y televisión), a muchos nos deslumbra en calidad de ensayista y como poeta, marginado de las nóminas oficiales de sinrazón de mafias y taifas. Él, que se sabía poeta, lo llevaba fatal.

Me lo contó a comienzos de los años noventa Ricardo Garibay, escritor mexicano de quehaceres múltiples: periodista, narrador, ensayista, guionista de cine, memorialista y dramaturgo, profesor de la UNAM, donde tuve el placer de conocerlo en uno de los encuentros que entonces organizaban Arturo Azuela, Armas Marcelo, José Esteban y Carlos Barral. «Pero usted es un poeta padre», le habría dicho Garibay, tirándole de la lengua en una entrevista. «Así es, amigo, lo soy desde hace mucho tiempo», contestó Alameda. «En esas», siguió Garibay, «¿por qué no lo sabemos lo demás?». La respuesta fue contundente: «No me lo explico».

Forjado poeta en el culto a López Velarde, Rubén Darío y García Lorca, en la admiración a Pedro Salinas y en la cercanía con Pedro Garfias, Alameda cinceló décimas «a lo divino y lo humano» y sonetos francamente a la altura de los mejores de la época. «En la jaula de una décima puede usted meter un canario», pero el soneto, explicaba, «es la jaula de los leones. Con los que hay que luchar a brazo partido y a cuerpo limpio. Pero sobre todo con alma limpia. Sin trucos. Sin que la retórica haga de las suyas». Su muerte el 29 de enero de 1990, anunciada en la plaza México por los altavoces, levantó a la multitud, entrañado Alameda en el imaginario taurino del país azteca.

La literatura taurina del exilio abunda en autores de importancia. Como el asturiano Clemente Cimorra o el valenciano Gori Muñoz, que llegaron a Buenos Aires el mismo día, el 5 de noviembre de 1939, a bordo del vapor Massilia, embarcados el 18 de octubre en Pellice (Francia) con destino a Santiago de Chile en una expedición azarosa de noventa exiliados providencialmente amparados en Argentina por Natalio Botana, rico hacendado de ascendencia uruguaya, propietario de una cuadra de caballos de competición y fundador del periódico «Crítica».

Periodista, narrador, ensayista y biógrafo (Cervantes, Jovellanos, Galdós), militante destacado del Partido Comunista, al frente de «Mundo Obrero» durante una etapa de la guerra, apasionado del cante jondo, del mundo de los gitanos y de los toros, Clemente Cimorra se empleó a fondo en una «Historia de la tauromaquia», explícitamente subtitulada «cronicón español» (1945), enciclopedia con aciertos y errores, monumento a una pasión por encima de la política. En línea con Ortega y Gasset, Cimorra estaba convencido de que la historia de España solo podía entenderse a la luz de las corridas, y ese convencimiento se le acentuó en el exilio, persuadido de esa trascendencia, idea que late en su obra.

A su vez, no ha perdido interés «Toros y toreros en el Río de La Plata», de Gori Muñoz, amigo de Renau y Buñuel, tertuliano del Café Pombo, escenógrafo del teatro universitario de El Búho, ilustrador de La Barraca de Federico García Lorca y cartelista de la Alianza de Intelectuales Antifascistas antes de convertirse en un caricaturista renovador, triunfar en el mundo de los decorados teatrales y erigirse en uno de los puntales del esplendor de la edad dorada del cine argentino. «Toros y toreros en el Río de La Plata» va más allá de lo que el título anuncia, extendida la curiosidad del autor a las toreadas fronterizas, al Huachi-Torito andino y a las diversas maneras criollas «de entendérselas con los toros», supervivencias de mestizajes ancestrales del más alto valor patrimonial.

España y el Arte de Torear, razón y pasión a las dos orillas del mar que nos une por encima de dictaduras y de separaciones impuestas. Conviene recordarlo ahora que el sectarismo está agregando un nuevo capítulo a la historia de la intolerancia y las agresiones a la libertad. Antes o después las prohibiciones se vuelven contra la arbitrariedad de los inquisidores. Ya lo advirtió Ovidio Nasón en latín: «Nitimur in vetitum Semper, cupimusque negata»: siempre tendemos a lo prohibido y deseamos lo que nos niegan; en tanto Rafael Guerra «Guerrita» lo sentenciaba en castizo: «Hay gente pa tó».

Por Gonzalo Santonja, catedrático de la Universidad Complutense.

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