Los toros y la cuestión catalana

Antes, cuando me dominaba la euforia y creía que los toros eran inexpugnables, acostumbraba a rematar mis optimismos con esta redondilla: «Esta es la Fiesta española/ que viene de prole en prole/ y ni el Gobierno la abole/ ni habrá nadie que la abola». Pues nos han abolido, en Cataluña nos han abolido, aunque queda aún tela por cortar: trámites burocráticos, recursos legales, nada. El resultado de la votación en el Parlament no ha podido sorprender a nadie. Las fintas de algunos partidos nada podían contra la matemática pura y dura del juego parlamentario. Trece votos de diferencia a favor de la prohibición y nueve abstenciones han dictado sentencia. La ley de los números es inexorable y de nada valen, a estas alturas, cábalas, reproches, pases cambiados o cargar la suerte. Vale el juego sucio de la política, las complicidades amañadas, los brindis al sol.

No es la primera vez que las corridas están amenazadas y esa coplilla atestigua una antigua situación de crisis. Lo mismo que El himno a la libertad torera, de Mariano de Cavia, alias Sobaquillo, que se cantaba con música del Himno de Riego.

Históricamente, la corrida ha pasado por momentos de aflicción; pero quizá nunca como ahora el juego ha sido tan zafio y tan cínico. Las corridas sobrevivieron a excomuniones de los Papas, a bulas que la habilidad de Felipe II dejó pudrir hasta convertirlas en papel mojado; los primeros Borbones y Godoy las prohibieron, y tuvo que venir un francés para restablecerlas: José Bonaparte. Los españoles patriotas, la guerrilla que luchaba contra el invasor, prefirió el patriotismo a las corridas y los soldados de Napoleón tenían que proteger a los soldados contratados por el rey José, según cuenta Fernando Villalón en su Taurofilia racial.

Me decía yo: si los toros han sobrevivido a excomuniones en un país tan católico, y a la guerrilla en un país tan guerrillero, las fuerzas del infierno no prevalecerán contra ellos. Pues nos han abolido y duro es dar coces contra el aguijón.

Los intelectuales que hoy se frotan las manos por la interdicción liberticida tienen sus precedentes en la Ilustración encabezada por Jovellanos y en el 98, bajo la bandera de Unamuno y Eugenio Noel. Siempre me sorprendió que Noel condenase las corridas, entre otras pintorescas razones, por su capacidad de cohesión nacional. Las corridas, decía, hacen al andaluz igual al catalán, al castellano igual al extremeño y al vasco, y así sucesivamente. Ahora va a resultar que el quid de la cuestión es que los catalanes no quieren ser iguales a nadie.

Algún ilustrado liberal y exiliado, jesuita católico y después ministro protestante, como Blanco White, se atrevió a decir que los males de España no eran las corridas de toros, sino el mal gobierno. Y la religión. La religión hoy ha perdido autoridad; pero los malos gobiernos siguen. Y de ahí procede, en parte, la algarada abolicionista de una Cataluña en armas. De otro lado, está una afición precaria con síndrome de clandestinidad y catacumbas, insuficiente para mantener con decoro una fiesta que, sin el apoyo popular, no se sostiene. La afición catalana fue más pujante y belicosa, o mejor pertrechada, de lo que es ahora. Allá por mil ochocientos treinta y tantos, los aficionados se echaron a la calle y empezaron a quemar iglesias y conventos a causa de unos toros mansos y babosas. Lo que está ocurriendo, o algo parecido, ya ha ocurrido antes, y después las corridas se han recuperado. Pero la trifulca actual añade unas dosis de cinismo escalofriantes.

La cuestión, desde el principio, nunca se planteó en el terreno taurino ni siquiera en el terreno del humanitarismo animalista; éste ha sido el soporte, la coartada. La cuestión se planteó en el terreno de la política. Llevados al terreno cultural e histórico, los derechos de la Fiesta son inobjetables. Es una evidencia universal y cansa repetir los argumentos de pintores, historiadores y poetas como fuente de inspiración artística y reflejo de la convulsa Historia de España.

Al citar antes la revuelta anticlerical barcelonesa, no estoy incitando, como se puede suponer, a la quema de iglesias, como protesta y expresión civil de un desasosiego. Pero con una afición tan fiera como aquella y una Fiesta más robusta y fiel a su naturaleza, el atropello soberanista no se hubiera consumado; o lo habría tenido más difícil. Así se las ponían a Fernando VII, que no es un ejemplo recomendable ni siquiera en toros, aunque fundara Escuelas de Tauromaquia.

No hay, pues, razones estrictamente humanitarias en un mundo asentado sobre la sangre, el expolio, las traiciones y el pensamiento sumiso. La cuestión económica, elemento nada desdeñable para el mantenimiento de las corridas, cuando se ha querido utilizar como factor pragmático, se ha utilizado mal. Hasta el extremo de que uno de los máximos responsables de la actual situación, el señor Balañá, dueño de la Monumental de Marina, exige una indemnización de 300 millones de euros por daños y perjuicios. Cabría pedirle a él indemnización más voluminosa por las ofensas irreparables causadas a la afición de Cataluña.

Entre ellas, el desprecio del toro, la pésima administración, el absentismo culpable. No hace mucho, el señor Balañá, en sintonía con el catalanismo, presumo, quería convertir en pisos el bello coso de las cuatro cúpulas en forma de huevos polícromos. Ahora pide 300 millones por el resultado de sus propias fechorías. Las viejas plazas, numerosas y dispersas por toda Cataluña, que acreditaban una raigambre taurina, han ido desapareciendo y sólo queda la Monumental de Marina.

Debilitado el turismo de charanga y pandereta -que ya no traga con la infame sangría de limón, la no menos infame paella apelmazada, y la corrida o la capea en el paquete del viaje-, y difuminada la condición de charnego con raíces, esto era previsible. El Honorable Montilla, presidente de la Generalitat, tiene más conciencia de una Cataluña independiente que de su Córdoba natal o del concepto unitario, aunque plural, de España.

Montilla es un charnego de lujo, un nuevo rico de la catalanidad. La identidad de los emigrantes del resto de España ha sido borrada por un catalanismo disolvente de todas las demás identidades. Muchos de los descendientes de aquellos parias de los 50 y 60, hijos y nietos, aunque a disgusto, han hecho apostasía de sus raíces. Es comprensible: o pureza de sangre catalana o adhesión incondicional a una alienidad desfiguradora. Esto ha supuesto dos cosas: pérdida de una afición taurina que reforzaba la catalanidad de los toros, por un lado; por otro, clausura y abolición de una sociedad plural de lenguas y culturas, aunque con hegemonía de lo catalán.

Los descendientes de los antiguos emigrantes siguen siendo un ejército de colonización lingüística, como lo fueron sus abuelos. O quizá peor. Quién iba a decirles a los labradores de mis pueblos de Palencia, a los braceros de Andalucía, a ese proletario campesino maltratado por las penurias, que eran un ejército invasor, con una lengua universal y un taurinismo franquista como agentes de devastación.

Si no entendemos lo de los toros en el Parlament bajo esta perspectiva, no se entiende nada. De lo que se trata es de borrar todo vestigio que vincule a Cataluña con España; de lo que se trata es de arrancar de la Historia cualquier presencia española en la vida catalana, de cara a una posible independencia: la turba desharrapada de charnegos que arrimó el hombro al desarrollo industrial de Cataluña, la lengua de Cervantes y Quevedo, el folclore que no lleve sardana y barretina.

Y, por lo tanto, el arte de Lagartijo -que era cordobés como Montilla el Honorable-, de Joselito y Belmonte, que eran sevillanos, y de Mario Cabré, o de Joaquín Bernadó y Serafín Marín, que no son Lagartijo, Joselito o Belmonte, pero son catalanes. La abolición de los toros, pues, forma parte de un programa político absolutista y excluyente; una vuelta de tuerca al Estatut, un desquite, probablemente, contra una Dictadura que castigó su idioma y sus sentimientos. Fuera símbolos de la Oprobiosa con la que muchos catalanes estuvieron en connivencia

¿Y si muchos españoles decidiéramos pedirles cuentas a esos catalanes o a sus descendientes de su intromisión en la vida española, de su complicidad con el franquismo maldito? Los catalanes de Burgos y Salamanca, por ejemplo. Los que, con Dionisio Ridruejo a la cabeza, entraron en Barcelona, de correaje y camisa azul gritando. «Catalanes, hablad la lengua del Imperio». Algunos de ellos, como Pla o D’Ors, se fueron retrayendo del franquismo duro, más por estética y buen gusto frente a la zafiedad cuartelera de un cabo furriel, que por ideología. Y, un poco más adelante, Vergés y el grupo Destino, Massoliver… Todo esto, más la pasión natural por una lengua y una cultura, y no sólo el independentismo, compone el amplio espectro de la llamada cuestión catalana. Hubo un tiempo en que Vázquez Montalbán, en Barcelona y escribiendo en castellano, se sentía como un judío alemán escribiendo en Praga.

La llamada cuestión catalana, que ni siquiera Ortega y Gasset logró dilucidar con precisión y eficacia, se recrudece periódicamente con insólita virulencia. Don Manuel Azaña usó la cita del Duque de la Victoria, de que habría que bombardear Barcelona cada 50 años, y cargó con el mochuelo; tampoco es eso. No hay que bombardear nada. Pero muchos españoles no verían con malos ojos el establecimiento de fronteras, si no fuera por el canibalismo que amenazaría a los castellanopensantes en una sociedad monolítica. La defensa de los animales es el soporte que necesitaban los abolicionistas para una decisión política; los toros, además de cosa taurina, forman parte de la cuestión catalana. Ojalá la tauromaquia salga depurada y limpia de este trance.

Javier Villán, escritor y crítico teatral y taurino de EL MUNDO. Ha publicado numerosas obras sobre tauromaquia, como José Tomás. Luces y sombras. Sangre y triunfo.