Los trabajos del independentismo

Si el independentismo quiere ver sus objetivos cumplidos en el futuro, llegue ese futuro cuando llegue, está obligado a sacar conclusiones provechosas de lo ocurrido en el choque con el Gobierno español. En una batalla tan desigual y siendo la parte débil, la rigidez, no ser capaz de aprender, no intentar desarrollar al máximo las propias destrezas y aprovechar las oportunidades sería imperdonable.

La primera y principal lección –extensible a Ciudadanos y también al PSOE– que sobre el Gobierno del PP puede extraerse es la siguiente: el Ejecutivo español no va a negociar nunca un referéndum de autodeterminación para Catalunya. No lo hará ni hoy ni en un mañana previsible. Para impedir que los catalanes voten, el Estado español incumplirá o abusará de sus propias leyes y normas –como hemos visto– y hasta usará la fuerza contra los ciudadanos, como también hemos visto. En caso de tener que elegir entre la ley  y retener a Catalunya, optará por lo segundo. Igual sucedería, estoy convencido, si tuviera que escoger entre Europa y Catalunya.

Tanto es así que Rajoy prefirió el enfrentamiento a hacer una propuesta aceptable a los catalanes, una propuesta para la que dispuso de muchos años y que tanto pidieron, imploraron, los partidarios de la ‘tercera vía’. Personas, muchas de ellas de buena fe, que hoy deben sentirse estafadas y burladas por Rajoy. Tampoco con ocasión del 21-D el españolismo se dignó a lanzar oferta alguna. El PP y Ciudadanos y PSC se concentraron en intentar que el independentismo perdiera su mayoría en unas elecciones expresamente convocadas con tal afán.

Es más, aunque el PP quisiera –algo muy dudoso, pues el nacionalismo español constituye el tronco central de su idiosincrasia–, resultaría muy complicado iniciar una negociación con el futuro Govern. Por varias razones. Nos limitaremos a mencionar las principales. Los populares y sus aliados han querido –y en buena medida, logrado– emponzoñar los corazones y mentes de los ciudadanos españoles con grandes y sostenidas dosis de catalanofobia. Una catalanofobia ahora con más empuje que nunca, y que se expresa de forma violenta en cuanto tiene ocasión. La catalanofobia se volvería en contra del PP si pretendiera trenzar un pacto con los catalanes.

Otro factor es Ciudadanos, que sin duda intentaría sacar provecho de un posible diálogo Madrid-Barcelona a base de denunciarlo. Tercer obstáculo: Rajoy ha activado todos los aparatos del Estado, singularmente la justicia. Dar marcha atrás, detener los mecanismos a los que se ha dado cuerda es imposible, con lo que por largo tiempo el independentismo será perseguido y castigado, lo que dificultará un posible diálogo.

El independentismo sabe que no puede contar con la ayuda de la UE. Los intereses de Bruselas no pasan por la independencia de Catalunya y solo es previsible su intervención ante incidencias muy graves o hechos consumados. La UE sí puede limitar, como ha hecho, el rango de las respuestas posibles por parte de Madrid al independentismo.

En las actuales circunstancias, ‘rebus sic stantibus’, el independentismo debe invertir su talento y recursos en el interior, en la propia Catalunya, con el objetivo de superar claramente, rotundamente, la barrera del 50% de partidarios. Esto pasa previamente por restañar heridas y reparar los daños, que son muchos; diseñar una nueva estrategia (que no puede ser una artificial prolongación de la anterior hoja de ruta); blindar un acuerdo básico y sincero entre los principales actores soberanistas; reorganizar el estado mayor, y, especialmente, gobernar bien. Son el parangón político de los Doce Trabajos de Hércules.

Por supuesto, y muy importante, el independentismo debe reflexionar cuidadosamente sobre la transformación del mapa político catalán, con la vigorosa emergencia de Ciudadanos, que absorbe votos del PP y del PSC. Pero atención: Ciudadanos no es para nada como ha sido históricamente el Partit dels Socialistes. A Ciudadanos, ajeno al consenso democrático catalanista que ha sostenido la convivencia hasta ahora, no le importa nada quebrarlo.

El catalanismo o nacionalismo catalán proclama –quizá debería proclamarlo más– que es catalán aquel que quiere, aquel que elige serlo, venga de donde venga, haya nacido donde haya nacido. Por su parte, Arrimadas en sus mítines emplazaba a los electores con raíces en la inmigración a votar según su origen, es decir, no como catalanes, les animaba a revolverse contra la identidad que los ha acogido.

Marçal Sintes, periodista. Profesor de Blanquerna-Comunicación (URL).

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