Los trilobites

Imaginemos que un colosal meteorito se acerca al planeta Tierra. Se dirige exactamente al centro de Catalunya, y si impacta tiene la capacidad de convertir el país entero en un gran cráter.

Pero dejemos por un momento al meteorito asesino. Cuando escribo estas líneas Mariano Rajoy está a punto de desembarcar en Catalunya con la esperanza de convencer a la “mayoría silenciosa”, mientras que unos días antes el president Mas hacía un acto masivo para pedir la mayoría absoluta por el soberanismo. Como es lógico, ambos líderes buscan sumar el máximo de partidarios a sus tesis. Hay innumerables estudios sobre los seguidores de las diferentes opciones ideológicas, pero creo que hay muy pocos dedicados a un tercer grupo: los indiferentes, los que nunca se adhieren a ninguna causa, los “no sabe/no contesta”. Como los trilobites, aquellos crustáceos que sobrevivieron trescientos millones de años porque descubrieron que lo mejor que podían hacer era no hacer nada.

Siempre me ha fascinado la total abstinencia de opiniones políticas que manifiestan algunos individuos. La res publica, simplemente, no les interesa. De hecho, hay lugares donde la población parece que haya abdicado de sus derechos participativos. La ciudad de Nueva York, por ejemplo, donde en las recientes elecciones parciales al Senado sólo acudió a las urnas un 28,8% del electorado. Todo un récord. Y que nadie lo considere un hecho exótico: en el referéndum de 1980 para aprobar el Estatuto de autonomía gallego sólo votó… ¡el 28,2% de los ciudadanos llamados a hacerlo!

¿Por qué hay tanta gente que vive sistemáticamente al margen de la actividad política? Se han dado muchas explicaciones al fenómeno. Mussolini, por ejemplo, era más bien reduccionista. “La gente –afirmaba el líder fascista– está cansada de la libertad”. Ciertas doctrinas neoliberales ven la parte positiva. Que la población no participe demuestra que el sistema funciona: si los votantes no tienen ningún interés en votar es porque ya están bien como están y no quieren que cambie nada. Pero esta explicación sólo sería válida para las sociedades opulentas y estables. En momentos históricos excepcionales, o sometidos a crisis especialmente duras, se supone que la población tendría que verse abocada a participar masivamente en política. Pues no. Siempre hay un grupo humano que consigue vivir al margen de cualquier relación con el mundo político. No opinan, no actúan, no se manifiestan. No es que escondan sus ideas, creencias o simpatías ideológicas, es que no tienen ninguna. Son como los trilobites: se limitan a existir, quietos, en el fondo del océano.

Recuerdo un estudio antropológico interesantísimo. El autor entrevistaba a un grupo de viejos obreros sobre sus vivencias laborales entre 1936 y 1939. En sólo tres años habían experimentado la fábrica republicana, la fábrica colectivizada y la fábrica franquista. ¿Pueden existir tres modelos productivos más opuestos, más contradictorios? Bien pues, una parte de los entrevistados afirmaba que no recordaba ninguna diferencia. “Hoy el sueldo lo pagaban unos, al día siguiente otros”. Y aquello era todo. ¿Que Barcelona fue el epicentro de la última revolución proletaria de Occidente? Vaya por Dios. Como buenos trilobites, ellos no se enteraron de nada.

En su último trabajo, tan excelente como de costumbre, García Espuche nos informa que el 11 de septiembre de 1714 una pareja barcelonesa contrajo matrimonio. Lo han leído bien: el 11 de septiembre, mientras el mundo se hundía, había gente que se casaba. Noticias como esta activan nuestro sarcasmo. Al parecer los bombardeos, las cargas de caballería y las descargas de fusilería eran un motivo demasiado menor cómo para suspender un feliz matrimonio. Me pregunto por los testigos, por los invitados a la ceremonia. ¿Cuántos debían de ser? Esa gente no estaba ni a favor ni en contra de la defensa de Barcelona. Se limitaban a vivir en otro mundo. Y en realidad tiene cierto mérito que lo consiguieran. Su forma de adaptarse a la historia consistía en negarla. Como los trilobites, que pese a su simplicidad, de hecho gracias a su simplicidad, se perpetuaron durante milenios. Quizás tendríamos que invertir la cuestión. Es posible que la pregunta no sea “¿por qué hay gente que no participa en política?”, sino “¿por qué hay quien lo hace?”.

Mariano Rajoy busca la “mayoría silenciosa” como si fuera un El Dorado del capital político. Alguien tendría que explicarle que hay gente, y mucha, que no está callada, que es muda. Porque los trilobites no son unionistas tácitos, no son soberanistas indecisos. Los trilobites son trilobites. Y en cuanto al otro bando, se afirma que crear un Estado requiere unas mayorías excepcionalmente elevadas. Pero esto sería exigir en Catalunya unos estándares que en el mundo trilobite no cumple absolutamente nadie.

Y ahora volvemos al meteorito devastador. Los científicos aseguran que todavía tardará cuatro años en llegar a la atmósfera. El president convoca elecciones, una candidatura de unidad nacional que incluye todos los partidos políticos, y con un único punto al programa: dirigir todos los esfuerzos de la legislatura a salvar el país del mortal impacto.

La pregunta es: ¿ustedes creen que la participación llegaría al 80%? ¿O tendríamos que dejarlo en un 75%?

Albert Sánchez Piñol, escritor.

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