¿Los últimos días de Europa?

Los últimos días de Europa… Hace ocho años se publicó un libro con este título, y su recepción no fue muy amistosa. Tal vez fue culpa del escritor, en parte debido a que el título era demasiado provocativo. Por supuesto que no me refería a que Europa desaparecería de la faz de la tierra como Pompeya siendo tragada por un gran terremoto o algún desastre similar. Tal vez yo había puesto demasiado énfasis en las tendencias demográficas que suponen la inmigración incontrolada y una tasa de natalidad que se hunde. Pero no había duda: la vieja Europa que yo había conocido, que habían conocido mis padres y mis abuelos, estaba desapareciendo poco a poco. Contaba cada año cada vez menos. ¿Era un proceso irreversible?

Por la razón que sea, muchos pensaron que el libro era alarmista. Es cierto, argumentaron, hubo problemas en el camino hacia una mayor unidad europea, tal vez los líderes europeos reunidos en Lisboa habían sido demasiado optimistas al predecir un futuro brillante para Europa como la superpotencia teconológico-científica (y moral) del mundo en los próximos años. Había habido pocos avances en el campo político ya que ningún país quería renunciar a los derechos tradicionales. Casi siempre el egoísmo nacional se había demostrado más fuerte que la solidaridad europea.

Hace ocho años hubo mucho euroescepticismo y europesimismo. Hoy tengo una vaga sensación de que hay demasiado pesimismo. No creo que si Grecia se va sea el fin de Europa. A lo largo de las negociaciones, el Gobierno griego estaba pensando que al final Europa aceptaría sus demandas porque cualquier otra solución sería más cara. Parece que han pensado que si, en las conversaciones con Irán, Occidente había cedido al final en casi todas sus demandas, ¿podrían no reaccionar de una manera similar en las conversaciones con los griegos?

Pero los europeos, especialmente los alemanes, se enojaron y pensaron que los griegos deben ser castigados por su mal comportamiento –les habían prestado y prestado a sabiendas de que nunca podrían devolver el dinero–. Cierto, pero ¿por qué los bancos alemanes y franceses les dieron el dinero a pesar de que sabían que no lo recuperarían? Y ¿no es también cierto que la mayor parte del dinero que se ha dado a Grecia recientemente ha acabado en los bancos alemanes y franceses, no en el pueblo griego?

Por una serie de razones muy simples Europa no desaparecerá incluso si Grecia abandona, seguida por uno o dos más estados. La razón más obvia es que salir de Europa será mucho más costoso que quedarse. Ha habido un número de proyecciones sobre cuánto costaría salir de la Unión Europea. Las estimaciones difieren, pero ninguna es barata.

¿A dónde irían los griegos a pedir ayuda? A los rusos les gustaría mucho tener a los griegos dentro de su esfera de influencia, después de todo, tienen contactos religiosos cercanos. Cuando Putin fue a Grecia su primera parada fue en el monte Athos, el centro espiritual de la Iglesia griega. Pero tienen el mismo entusiasmo para pagar por ello (no por un año o dos, sino por un período indefinido) como con Tayikistán o Kirguistán. ¿O quizá Grecia miraría hacia Estados Unidos? La Casa Blanca ha dejado claro que este no es su problema.

Si Grecia quiebra, no sería la primera vez en la historia que un país sufre este destino. Grecia ha estado en quiebra seis veces en su historia, Argentina seis o siete veces en su historia de unos doscientos años. Islandia estaba en bancarrota en el 2009, debido a que sus bancos fueron imprudentes y alocados. Pero Islandia no reaccionó de la forma habitual para el rescate de los bancos. Por el contrario, los dejó caer y nacionalizó los tres bancos más grandes, metió a algunos banqueros en la cárcel e impuso un impuesto del 39% a los ciudadanos que deseasen invertir en el extranjero. Era una política poco ortodoxa pero parece haber funcionado. La actual crisis con Grecia podría tener un efecto saludable para Europa en cuanto que puede llevar a un nuevo comienzo. Tal vez fue un error establecer una zona euro con una moneda común hace unos dieciséis años sin las instituciones para supervisarla y controlarla. En el análisis final la crisis actual va mucho más allá de la economía. Durante los últimos veinticinco años, Europa ha vivido en un mundo imaginario de paz y buena voluntad carente de conflictos graves. Parece haberse basado en la esperanza de que si surgían graves peligros, Estados Unidos se haría cargo de ellos. Al mismo tiempo, había un creciente antiamericanismo, menos en Francia, más en Alemania, durante esos días.

Hoy en día existen demasiados factores desconocidos y consecuencias impensables en la política internacional. Y hay demasiados profetas en este campo, incluyendo a este columnista, que tenía razón pero hubiera deseado equivocarse.

Walter Laqueur, consejero del Centro de Estudios Internacionales y estratégicos de Washington.

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