Los Umbrales arborescentes

Diez años, ¡cómo pasa el tiempo! Sin embargo, diez años tan solo… Parece que Umbral todavía siguiera ahí, despierto después de morir, como un dinosaurio, rugiendo airadamente, con los ojos diminutos y juntos tras el grosor de las gafas, para reclamar que sí: que él aún tiene mucho que hablar de sus libros. Y eso que Mercedes Milá ya no puede quedarse muda por el speech de Umbral, porque ella, como los demás, ya no es la de entonces: ahora es la abuela de todos los hermanos grandes de España, repitiendo en bucle y sin descanso y sin resuello (y, acaso, sin que la escuchen) lo que la audiencia ha o hubo decidido. O sea que Umbral ha muerto hoy hace diez años, y su sombra se extiende arborescente en el recuerdo de la Historia, igual que cuando alguien le hace una foto con el móvil a una fotografía antigua y la manda anecdóticamente al grupo de familia de WhatsApp, con un filtro en sepia.

Arborescentes son algunas variedades de helechos, que crecen sólidos como los árboles. Pues bien, a Umbral lo de arborescente le viene, además de por esto, por la naturaleza plural de los helechos, por la extensión de sus textos y por el corolario con que los titulaba.

Para Umbral, el título era el más querido de sus monstruos. Con un título, las ninfas inspiran la nada en el domingo que es su literatura, como una corporeidad mortal y rosa.

Con un título, Umbral lanza el insulto machista a toda una antología de tontas, retrata descarnadamente a Fragabarne y desgrana la exquisitez del cadáver nobel de Camilo José Cela. Con un título, reduce el franquismo a la leyenda de un césar visionario, ensalza el ascenso a los cielos de Tierno Galván y relata sarcásticamente su largo viaje a la derecha, como socialista sentimental y desengañado por el socialfelipismo. Con un título, recorre la travesía de Madrid, melancólico de spleen, mientras baja a comprar el pan. Con un título, condensa el museo nacional del mal gusto de España, suspira por ella, de parte a parte, y diagnostica sus males sagrados, del 98 a Don Juan Carlos.

Con un título, salta la bestia rosa de sus historias de amor y de viagra y de su fábula del falo. Con un título, los ángeles custodian al niño que tuvo y al niño que él mismo fue, como hijo de Greta Garbo, y al sobrino atormentado por las ánimas del purgatorio de sus tías y al gamberro escarmentado en una balada triste de payos y gitanos. Con un título, pasea toda su anatomía de dandy de melena plateada, bufanda al cuello y botines blancos de piqué, hasta llegar un día al café Gijón.

Un título, por tanto, podía ser (a veces) la rosa y (a veces) el látigo, y (a veces) las dos cosas. Pero un título de Umbral lograba convulsionar la belleza de los paraísos artificiales de su escritura perpetua.

Como se ve en este remiendo extensamente inconcluso de títulos, que tan bien le retrata, Umbral escribía de manera perenne, ramificándose por el árbol guerracivilista de la vida nacional. Un artículo al día (y dos o tres, en ciertas épocas), en los periódicos más leídos de su tiempo, ¡un artículo o más al día!, y más de cien libros en cincuenta años de carrera (más, siempre más, de docenas a cientos, de cientos a millar), dan para mucho y hasta pueden ser demasiados, tío, cómo te pasas, igual sí que se te ha ido un poco de las manos, en plan cansino/repetitivo… Pero, por eso, es fácil suponer que sus textos los leyeran incluso quienes no son lectores habituales de ningún tipo de escritura, siquiera fuera por casualidad y hasta sin querer.

Además, Umbral fue una figura conscientemente mediática y, por cierto, concienzudamente paradójica. Él fue votante de IU y defensorísimo de la unidad de España, conque solo podemos sospechar lo que pensaría hoy de Podemos. Pero él, como los nuevos pabloiglésiares que viven a base de vueltas de tuerka, sabía bien y antes que ellos lo que era dar el espectáculo. En 1976, al poco de morir Franco, todavía renqueante la censura y en pañales la predemocracia, se presentó sentado y desnudo en la portada de un libro suyo, solo tapando su sexo con una máquina de escribir y una calavera.

Umbral, pues, era la provocación. Y el rumor y la calumnia eran, para él, entre risas y veras, la base del periodismo. Y una columna la escribía como un soneto, traspasada por la poesía. Quiere decirse que Umbral lo mismo iba soltando zascas lingüísticos con la más agria de las leches, como hacía los más hermosos textos de alabanza.

En su casa de Majadahonda, se entretenía tirando a la piscina los libros que no le gustaban, desde los angloaburridos a los neobercianos. Mientras, a una ministra de derechas le cantaba su lucha ante Bruselas por el aceite de España, en un artículo de periódico que parece un poema de Miguel Hernández: “Ah niña del aceite, Loyola del Olivo, ah el puro aceite virgen y la virgen ministra, hoy Loyola se unge, se empeña en una lucha, salvemos el aceite, salvemos los olivos, sangre verde es España, herida y andaluza”.

Así, se entiende, por un lado, que Umbral se granjeara amigos y enemigos a partes iguales, y enemigos entre los amigos y amigos entre los enemigos. Tirando por otro lado, la razón de esta hoguera de amistades y enemistades está en la llama de sus vanidades: porque lo que le importaba, sobre todo, era hacerse notar, y que Francisco Umbral se marcara a hierro en la piel de España, su voz toda, a costa de hacerla estridente, para gusto de muchos y disgusto de otros tantos, pero inexorable para el recuerdo.

Esto explica, también, los umbrales de Umbral, es decir, su pluralidad. Y es que él hizo un personaje de sí mismo, como estrategia de notoriedad y como estrategia literaria. En sus textos, siempre estaba Umbral, con sus opiniones múltiples, cambiantes y contradictorias, y en su vida se imponía la faceta literaria de sus textos. Pero ¿quién era Umbral? ¿Qué era verdad en sus textos? ¿Qué era mentira en su vida? Tal vez llegara un punto en que, de tanto jugar a este juego, ni siquiera él supiera bajo la sombra de qué helecho encontrar acomodo.

Lo cierto es que, entre los helechos de España, corrió durante años una jauría de Umbrales, siempre los mismos y siempre diferentes, sin que ninguno de los cuales adoptara el nombre real, que el propio Umbral se esforzó en ocultar y que hoy casi nadie conoce: Francisco Alejandro Pérez Martínez.

En la memoria, solo queda el color sepia de sus bravuconadas. Ese fue o ha sido su gran acierto y su gran error. Porque el personaje que se fabricó a medida, glamuroso, odiado y querido, es uno de los más geniales productos de su proyecto literario y ya no puede borrarse del repositorio de vídeos de YouTube. Pero sus libros, sin Umbral vivo para hablar de ellos, dice Planeta que no se venden, que nadie los quiere, aun cuando antañazo habían sido de lo mejor en best-seller en esa editorial…

¡No! Hay que gritar que no, como Fernando Fernán Gómez, el amigo cascarrabias de Francisco Umbral. ¡A la mierda! Otros vendrán que mejor te editarán. Y los lectores, Umbral, podrán recordarte y disfrutarte, sin cansarse jamás del juego esquizofrénico de los Umbrales arborescentes.

Guillermo Laín Corona es profesor de Literatura Española en la UNED. Próximamente, se publicará su libro sobre ‘Los políticos de Francisco Umbral. Retratos poéticos y antipoéticos’ (ed. Renacimiento).

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