Los vascos y la Monarquía

Por Ignacio Suárez-Zuloaga (EL CORREO DIGITAL, 28/11/07):

Cuando se analizan las causas de que los vascos hayamos mantenido unos sistemas administrativos y fiscales propios -mientras que el resto de España se gobernaba mediante un régimen común- hay una que sobresale sobre todas las demás: la especial relación de los vascos con la Monarquía. En Euskadi se suele ignorar que en la práctica totalidad de las autonomías del tercio norte peninsular hubo unas tradiciones e instituciones jurídicas de autogobierno con una antigüedad y raigambre similar a los sistemas forales de Vizcaya, Guipúzcoa y Álava. En algunos casos, compiladas y puestas por escrito siglos antes que el Fuero de Vizcaya. Pero actualmente, con excepción de las particularidades del derecho civil de algunos territorios, lo que queda de aquellos regímenes privativos es el testimonio de los manuales de historia del derecho. Y entonces, ¿por qué perecieron aquéllos y subsistió el autogobierno vasco?

Desde luego, por la gran identificación de las masas populares de Vizcaya y Guipúzcoa con un sistema foral que les otorgaba una serie de derechos civiles que en el resto de la Monarquía hispánica sólo tenían los hidalgos. Además, porque disfrutaban de unas exenciones aduaneras y unos mecanismos de control de precios de los alimentos que facilitaban su subsistencia. Esa fuerte afección se traducía en la presión hacia las autoridades forales, animándolas (e incluso forzándolas) a que se resistieran a las demandas de los gobiernos de la Corte. Una mezcla de negociación y resistencia que tuvo éxito donde fracasaron -por ejemplo- los líderes de Aragón y Cataluña; territorios con un poderío muy superior al de los vascos.

Pero si la determinación para defender las instituciones propias es un factor importante, lo es aún más la capacidad de gestionar esas instituciones, tirando de la cuerda hasta donde lo permitieran las circunstancias. Así, cuando una parte de la nobleza y la burguesía de Zaragoza decide enfrentarse a Felipe II por una cuestión de la jurisdicción sobre un funcionario real prófugo, su rebelión contra el rey no solo le costó la cabeza a su imprudente líder (Juan de Lanuza), sino que acabó perjudicando al conjunto de la población de Aragón. También, cuando un sector de los líderes sociales de Barcelona decide traicionar su juramento de fidelidad a Felipe V, pasándose al bando del archiduque de Austria, su derrota militar acarreó la pérdida de los particularismos institucionales catalanes durante más de dos siglos. En resumen, que las aventuras iniciadas por unos pocos pueden acabar costándoles muy caro a muchos.

En el caso del País Vasco, la situación fue la opuesta. Porque, hasta 1833, cada vez que algunos sectores populares de las provincias costeras se rebelaba contra las propias autoridades provinciales por sus incumplimientos del fuero, la represión subsiguiente fue cuidadosa, sin efectos duraderos en los privilegios del conjunto de la población. Una de las razones de esa moderación era que la Corona sabía que se trató de reacciones ante los ‘contra fueros’ provocados por ella misma. Pero por encima de las razones de justicia objetiva, la principal causa del tratamiento preferencial hacia los vascos fue la insólita duración de la alianza tácita entre los reyes de Castilla y las elites vascas. Pues desde el siglo XIV los principales linajes y las diputaciones se pusieron del lado de la dinastía vencedora en todos los conflictos dinásticos que afectaron a Castilla. Una confianza que también se manifestó en la abrumadora proporción de secretarios reales oriundos del País Vasco.

Aquella situación empezó a cambiar desde la primera guerra carlista, en la que una parte de la aristocracia vasca apoyó al pretendiente derrotado. Con independencia de la ideología liberal del bando triunfador (pues también era uniformador el despotismo borbónico y sin embargo respetó los fueros hasta 1841), la causa principal del distanciamiento pudo ser la desconfianza generada por aquella ‘traición’. A partir de entonces comienza el recorte de las atribuciones de autogobierno, contrarrestado con gran habilidad por los representantes de las diputaciones en Madrid, de modo que al principio de la Segunda Guerra (1872) ya se habían recuperado por vía de negociación bastantes de las competencias perdidas desde 1841.

Pero en la siguiente guerra dinástica, una proporción aún mayor de la aristocracia y la población vasca vuelve a alinearse con la dinastía perdedora. Por eso, uno de los resultados de la derrota militar fue la derogación formal del sistema foral, sustituido por el Concierto y el Cupo: un nuevo sistema, destinado a reducir la autonomía administrativa sin eliminar los privilegios fiscales. Cánovas del Castillo pudo haber aprovechado la ocasión para igualar ‘de verdad’ a todos los españoles, pero no quiso penalizar a los sufridos liberales vascos ni aumentar el agravio de la mayoría carlista.

Además del ideario uniformador liberal -entonces en boga por toda Europa- en la derogación foral pudo tener mucho que ver la pérdida de influencia de los vascos en la Corte. Según mi investigación, la preponderancia de los vascos en los gobiernos de España acabó con el último Gobierno de Isabel II (se pasa del segundo al decimoprimer lugar en el ránking de origen de ministros). Esta presencia de los vascos en el poder no se recuperará hasta el franquismo, continuando en el reinado actual.

Sin embargo, hoy en día se ha perdido una parte importante de la secular relación preferencial de los vascos con la Corona. La mayoría de los intelectuales, los líderes empresariales y una parte de la clase política (incluidos muchos miembros del PNV) son afectos a esta institución; pero no así los líderes independentistas. Para estos últimos, la Monarquía hispánica resulta algo tremendamente incómodo, porque reúne la tradición común y la continuidad dinástica de los señores de Vizcaya. Así, para quienes han hecho de la preservación de la tradición identitaria la esencia de su ideología, la consecuencia con su propio discurso soberanista les debería motivar a considerar al Rey como sucesor del mismísimo Jaun Zuria (el mítico primer Señor de Bizkaia). Pues más legitimidad soberanista que él no tiene nadie.

Desgraciadamente, la inseguridad de las calles vascas para todo aquel que incomode a Batasuna impide que los miembros de la Familia Real veraneen en Deba, Donostia o Getxo (como hicieron todos los Borbones desde Isabel II). Adicionalmente, la distancia psicológica con los monarcas se ve reforzada por las tácticas de comunicación de algunos responsables autonómicos; que reducen al mínimo posible la presencia de Don Juan Carlos en los medios de comunicación del Gobierno vasco y en los libros escolares. Bien saben que la Monarquía es como la bandera de España, un símbolo histórico de autoridad común. Por ello, cuanto menos se la vea, mejor.

Sin embargo, ahí está la personalidad noble, llana, emotiva y empática del rey actual. Un monarca sin ínfulas: próximo, que tutea, que incluso cuando le traicionan los nervios es a causa de una cuestión de honor (por defender a un compatriota, como a alguien de la familia). En resumen, un estilo de dignidad sencilla, semejante al ideal vasco tradicional. Por eso, aquéllos que se dedican a atacar al Rey lo tienen difícil. Puede escondérsele, pueden exagerarse sus errores, puede incluso denigrársele (ya intentaron asesinarle en Palma de Mallorca) pero no podrán con su estilo, con su categoría: tan natural y tan por encima de ellos.