Los verdaderos finlandeses

A principios de los noventa, en pleno debate sobre el tratado de Maastricht, leí unas inquietantes declaraciones de Helmut Schmidt en las que sostenía que o la Europa del euro se consolidaba rápidamente o estaba condenada al fracaso porque resurgiría el viejo nacionalismo germánico bajo la cantinela demagógica de que eran los alemanes quienes estaban financiando la Unión y había que volver al marco como moneda nacional. Por ahora, tal desgracia no ha sucedido. Pero cada vez que el euro está en peligro siento un escalofrío al recordar estas palabras del ex canciller socialdemócrata, un político por el que tengo un profundo respeto debido a su inteligencia, preparación y astucia.

El nacionalismo alemán, por el momento, no ha reaparecido.

Sin embargo, surgen alarmantes brotes de naturaleza parecida en otros países, tanto periféricos - como es el caso de las monarquías nórdicas (Suecia, Noruega y Dinamarca), Holanda y Bélgica, Austria o Suiza-como más centrales - tal es el caso de Francia (el renacido Frente Nacional de Marine Le Pen) e Italia (en especial, la Liga Norte o, con otros matices, el mismo fenómeno Berlusconi)-. Ciertamente, hay diferencias entre ellos, cada uno pone el acento en cuestiones en parte distintas, aunque parecidas; pero siempre el populismo es su denominador común.

A este ya nutrido panorama se ha añadido, en las elecciones del domingo pasado, el partido de los Verdaderos Finlandeses, curioso nombre que ya lo dice todo. En efecto, dicho partido ha dado un enorme salto electoral. Ha pasado de obtener apenas un 4% de los votos a conseguir un 19%, multiplicando por ocho sus escaños: de cinco diputados en las últimas elecciones ha logrado alcanzar ahora 39. En estos momentos, los Verdaderos Finlandeses es el tercer partido de su país, sólo ligeramente superado por los conservadores de Coalición Nacional (20,4% y 44 diputados) y el Partido Socialdemócrata (19,1% y 42 diputados).

La clave de este éxito está en que se ha opuesto con firmeza al rescate financiero de Portugal por parte de la UE, posición en la que coincide en lo sustancial con el Partido Socialdemócrata, además de otros partidos menores de derechas e izquierdas y que, según los sondeos de opinión, comparte también la mitad de los ciudadanos finlandeses. Por tanto, en estos momentos de crisis económica, hay síntomas de que la solidaridad europea se resquebraja, una amenaza de torpedo en la misma línea de flotación del euro y de la Unión. En la base de estos nuevos partidos contrarios al proceso de unidad europea acostumbra a estar, como hemos dicho, una determinada forma de enfocar la acción política a la que se suele denominar populismo.

¿Qué entendemos por populismo? La respuesta no es fácil, tantas son las realidades que la palabra esconde, tantas sus variantes prácticas. Anotemos, sin embargo, alguno de sus rasgos fundamentales. En primer lugar, los políticos populistas presumen de interpretar la voluntad auténtica del pueblo sin mediaciones de ningún tipo. El pueblo, para ellos, no es la suma de los individuos que constituyen una sociedad, sino un ente homogéneo sin fisura alguna cuya voluntad sólo el político populista conoce. En segundo lugar, el populista se dirige a los sentimientos de las personas, no a la razón: adula al pueblo y dice hablar en su nombre sin atenerse a reglas previas ni a procesos democráticos. En tercer lugar, el político populista suele plantear soluciones simples a problemas complicados, por lo general esconde las muchas facetas que la realidad ofrece y sólo enseña aquellas que convienen para sus fines. La adhesión al populismo suele estar basada en la ignorancia y el arma clásica del populista es la demagogia.

Pues bien, el antieuropeísmo, es decir, los intentos de volver a la autarquía de los estados europeos, poner obstáculos a la integración y a la cooperación mutua, aprovechar las ventajas sin compartir los inconvenientes, suele hacerse desde formas de acción política populista. Cuestión distinta es discrepar de determinadas políticas europeas, explicar las razones de estas discrepancias de forma argumentada y aceptar el resultado al que se llega en las instituciones mediante la regla de la mayoría: esto es democracia. Pero apelar al "bien del pueblo" teniendo sólo en cuenta sus intereses más inmediatos - en este caso, ahorrarse contribuir a una ayuda para salvar la Unión-,sin prever posteriores consecuencias, es populismo y demagogia. El bien del pueblo es el resultado de un proceso regido por normas en el que han de ser escuchadas todas las partes que componen ese pueblo, no una propuesta que algún iluminado ha decidido previamente sin escucharse más que a sí mismo. Los populismos son peligrosos porque se limitan a excitar las pasiones, no a usar la razón: les importa más vencer que convencer.

El argumento de los Verdaderos Finlandeses, un partido que, por definición, es una parte del pueblo, es que ellos, bajo palabra de honor, son los únicos verdaderos finlandeses. Espero que los demás finlandeses sepan que ello no es cierto, que los verdaderos finlandeses son todos, incluidos los Verdaderos Finlandeses.

Por Francesc de Carreras, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB.

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