Los vericuetos de la formación de naciones

Aunque la conciencia de que la historia es contingente no haya desaparecido del todo de nuestras mentes actuales, lo cierto es que éstas parecen responder cada vez más al modelo de la ingeniería: con suficiente conocimiento científico, con suficiente desarrollo tecnológico y con suficiente aplicación de todo lo conocido y desarrollado a la vida diaria será posible, y en muchos casos ya lo es, eliminar el accidente, la contingencia de nuestras vidas, y con ello transformar la historia no en resultado de la contingencia, sino en producto de nuestra capacidad ingenieril.

La ingeniería genética es moneda de curso legal, la ingeniería social, a pesar del fracaso del comunismo, parece seguir gozando de adeptos, las consecuencias de la ingeniería financiera sólo se pueden superar por medio de la ingeniería monetaria y estatal, y la ingeniería jurídica ha hecho soñar a no pocos nacionalistas de toda clase con la cuadratura del círculo: respetar el pluralismo de sus sociedades y alcanzar la autodeterminación.

Ahora que nos hemos convertido en ingenieros, en evitadores de accidentes, en eliminadores de la contingencia, quizá no venga mal recordar cómo algunas naciones llegaron a serlo, por qué caminos se fueron construyendo, en qué circunstancias se forjaron como naciones. Porque, como lo ha recordado alguno, Europa puede estar ante una circunstancia que le permita llegar a ser una nación impulsada por el problema de la deuda. Lo acaba de afirmar el ministro alemán de finanzas, Wolfgang Schäuble: Alemania está dispuesta a ceder soberanía fiscal a Europa.

Lo recordaba hace pocas semanas la revista The Economist: uno de los momentos fundacionales de la nación estadounidense fue cuando el Gobierno federal asumió las deudas en que habían incurrido los estados en su lucha por la independencia de Gran Bretaña. Alexander Hamilton lo expresó diciendo que esa asunción fue el precio de la libertad, añadiendo que fue precisamente esa asunción la que consolidó la idea de federación, defendida y rescatada una y otra vez por los unionistas contra todo tipo de confederados y secesionistas.

Por otro lado, sin embargo, la historia de EEUU también nos deja otra lección, ésta, al parecer, de sentido contrario. A lo largo del siglo XIX, muchos estados de EEUU se encontraron teniendo que declarar su quiebra por no poder atender a la deuda contraída, especialmente con el centro financiero de Londres. En aquel momento, muchas voces reclamaron de nuevo que el Gobierno federal asumiera esas deudas para evitar que el dólar se viera afectado en su valor internacional. A pesar de que el Gobierno federal estudió la petición y preparó planes para ejecutar la idea, el Congreso no estuvo dispuesto a ello. Pero la consecuencia fue que algunos estados se declararon en quiebra, aunque el dólar no sufrió ningún problema de valoración en los mercados internacionales.

En Europa se ha actuado, en la presente crisis a la inversa: por miedo a la devaluación del euro todos nos hemos sentido obligados a no dejar que Grecia quebrara. Esta actuación, sin embargo, no ha detenido la sangría que los mercados están causando en otras economías europeas que, al no poder devaluar su moneda -que es el euro que tienen en común-, tienen que pagar diferenciales grandes para poder emitir deuda y refinanciarse. Todo para que al final se proceda a una especie de quita o quiebra encubierta en el caso griego y sin haber sido capaces de apuntalar definitivamente el euro.

Lo que obliga a la idea de cesión de soberanía, a la idea de que sea la Unión Europea la que asuma la deuda de todos sus miembros, pero con la condición de que se avance a una política presupuestaria y fiscal común, lo que quiere decir que todos los países adopten medidas de austeridad presupuestaria en todos los niveles, al igual que lo ha hecho Alemania, antes de la crisis por cierto, elevando la prohibición de presupuestar con déficit para todos sus estados federados, y permitiendo sólo un déficit del 0,35% del PIB para el Gobierno federal a mandato constitucional. Algo hacia lo que va apuntando también EEUU, donde son muchos los estados que se han dado una ley que les impide gastar más de lo que ingresan.

Siguiendo con algunos paralelos históricos, otro momento de consolidación nacional en EEUU fue el de la crisis del año 1929. Aquella crisis puso en riesgo el edificio político del país en la medida en que erosionaba la legitimidad del poder político a través de la desintegración de una sociedad golpeada por la crisis, el paro, la desconfianza, el empobrecimiento y la falta de perspectivas. Aún discuten los historiadores de la economía si las medidas adoptadas por Franklin D. Roosevelt fueron o no adecuadas, si la superación de la crisis se debió a alguna de esas medias en concreto, a todas ellas en conjunto, o fueron otras las causas que ayudaron a su superación.

Pero sí parece que la salida de la crisis estuvo acompañada de algo que se puede denominar como la capacidad de incluir a todo tipo de fuerzas políticas, sociales y económicas en el esfuerzo por buscar de forma mancomunada la salida del país de la crisis. Algunos hablan de una política y una cultura de inclusión del pluralismo de la sociedad estadounidense, lo que implica dos cosas: el reconocimiento de ese mismo pluralismo, y de que sólo por medio de su inclusión, incluyendo e implicando a todos los que conforman el pluralismo, es posible salir de las crisis que atenazan una y otra vez a las sociedades.

Lo explica perfectamente Benjamin M. Friedman en su libro The Moral Consequences of Economic Growth: «La respuesta del New Deal a estas preocupaciones fue distinta. Si hubo algo sistemático en este caos de experimentación que era el New Deal, fue el intento de movilizar la energía positiva del Gobierno para extender la oportunidad económica lo más ampliamente posible… En lugar de buscar culpables a quienes poder excluir para el beneficio económico de otros… el camino que eligió EEUU en los 30 fue intencionadamente pluralista e inclusivo, buscando la aportación y la participación de una colección lo más diversa posible de grupos de votantes que nunca. Y la intención tras este activismo político no fue sólo una prosperidad económica reestablecida, sino una igualdad mayor de oportunidades económicas».

Las sociedades no sólo se desintegran por razones de recesión económica, sino por otras razones: religiosas, identitarias, culturales, lingüísticas. Y la solución al peligro de desintegración no está en la segregación de más y menores unidades, sino en la inclusión desde el reconocimiento del pluralismo, tanto si la razón del riesgo de desintegración es económica como si es cualquier otra.

La Historia puede seguir siendo una enseñanza para el presente y para el futuro siempre que no perdamos la conciencia de su contingencia, de su carácter casual y no pretendamos elevarla a categoría de predeterminación. La construcción nacional siempre ha sido fruto de la complicidad de voluntades enmarcadas, sin embargo, en la circunstancialidad de los acontecimientos históricos. Casi nunca son las naciones resultado de la ingeniería social que no pocos nacionalistas pretenden, olvidando el resultado del análisis que lleva a cabo Victor Klemperer en su estudio del lenguaje utilizado por los nazis: repleto de modelos, símbolos y referencias científicas e ingenieriles.

Por Joseba Arregi, ex consejero del Gobierno vasco, escritor y ensayista.

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