Los viejos y queridos odios

Las coordenadas de esta historia son colombianas, pero uno las puede usar sin esfuerzo para iluminar el pasado de muchos otros países. En 1902 había terminado la Guerra de los Mil Días, la más cruenta de las nueve guerras civiles en que nos habíamos enfrascado los colombianos desde la independencia, y en su estela quedaban 100.000 muertos, un país enfrentado sin remedio y una economía en pedazos. Ocho años más tarde, con las heridas de la guerra todavía abiertas, asumió la presidencia del país un hombre que llamaré exótico por no encontrar mejor palabra. Se llamaba Carlos Eugenio Restrepo. Era conservador, como los ganadores de la guerra, pero dijo que su cargo no le permitía actuar como miembro de un solo partido; era nacido en Antioquia, pero dijo que en la presidencia no sería más que colombiano; y era católico, pero como jefe civil del Estado, anunció, sería el “guardián de las creencias, cualesquiera que sean, de todos los colombianos”. Su programa de gobierno era, sencillamente, la implantación de la tolerancia para desactivar las emociones que durante años habían alimentado la guerra: lo que llamó, en palabras memorables, “los viejos y queridos odios”.

Los viejos y queridos odiosCuatro años después, Carlos E. Restrepo entregó pacíficamente la presidencia. No hizo nada de lo que le hubiera permitido la tradición: no trató de perpetuarse en el poder, no modificó la ley para permitirse otro periodo, no encarceló a sus opositores ni los envió al exilio. Sus críticos lo acusaron de haber hecho un Gobierno incoloro, con lo cual querían decir que no había teñido el país con el azul o el rojo de los dos partidos enemigos, y él respondió al final de su mandato con estas palabras: “Si ningún partido ha encontrado en mí el fiel intérprete de sus odios, de sus amores o de sus intereses, es porque he presidido un Gobierno colombiano. Al ser presidente de cualquier facción me hubiera ganado el sufragio incondicional de medio país; pero el otro medio, y sobre todo mi conciencia, me hubieran negado el suyo”. En agosto, este hombre exótico dejó la presidencia. Habían pasado apenas dos meses cuando el general Rafael Uribe Uribe, veterano de la Guerra de los Mil Días, modelo del coronel Aureliano Buendía de García Márquez y senador liberal que había comenzado a hablar de traer a Colombia el socialismo europeo, fue asesinado a golpes de hachuela en pleno centro de Bogotá. Los viejos y queridos odios habían regresado.

Todas las sociedades los tienen, por supuesto. Buena parte de los enfrentamientos que hoy sufre España, sin ir más lejos, vienen de esos viejos y queridos odios: esas emociones profundas a las que nos aferramos por razones imprecisas y que nos impiden cerrar del todo el libro de nuestros conflictos, como si nos pareciera más rentable o más satisfactorio mantenerlo abierto. Desde luego que para algunos lo es: siempre los hay que obtienen beneficios políticos y económicos de azuzar el conflicto entre los ciudadanos, de inventarlo donde no lo hay o de perpetuar y nutrir el que ya existe. Son los mercaderes de la crispación y los rentistas del miedo, como los llamé hace algunos años en un discurso ante periodistas. Florecen en todas partes porque explotan una vulnerabilidad humana que en todas partes está presente. No hay nada tan fácil como apelar al resentimiento o a la sensación de agravio, porque no hay nadie que no tenga en su vida la sensación —ambigua o muy concreta, real o imaginaria— de ser víctima de alguien más.

He pensado mucho en los viejos y queridos odios ahora que comienza este año incierto, pues en unos meses mi país se asomará a unas elecciones presidenciales, y lo que está en juego es enorme. No me parece exagerado ni impertinente decir que estas elecciones serán un nuevo referendo sobre los Acuerdos de Paz, que el presidente actual ha aplicado selectiva e hipócritamente, avanzando mucho en ciertos aspectos —la desmovilización de combatientes, por ejemplo— pero saboteando otros de diversas maneras o permitiendo que los sabotee su partido: por ejemplo, las instituciones de justicia y de memoria que han surgido de los Acuerdos. Sobre estos asuntos he escrito más de una vez recientemente, y no quisiera abusar de la paciencia de mis lectores, de manera que no volveré a entrar en los detalles de estas instituciones; pero lo cierto es que hay mucho por hacer todavía con la paz de Colombia, y el próximo presidente se encontrará con un país donde lo más importante —y también lo más urgente— es esa tarea titánica: llevar a la realidad, hasta donde nos lo permitan nuestras demasiadas limitaciones, ese proyecto que consta en los Acuerdos, y que no es otro que una mejor democracia, o una menos defectuosa.

Y eso no va a ser fácil. Se suele decir que la democracia colombiana es una de las más estables del continente, y se mira con admiración el hecho de que los gobiernos se hayan alternado sin mayor sobresalto desde el final de la última dictadura, allá por los años cincuenta del siglo pasado. Yo no logro compartir ese diagnóstico. Más bien lo que he visto es una sociedad tan acostumbrada a la violencia que ha tolerado la postergación de las reformas democráticas más elementales, aguantando la desigualdad brutal y la exclusión rampante, o bien aceptando que el verdadero poder y los verdaderos privilegios sean cosa de pocos: pues en ese país donde una guerrilla envilecida cometía atrocidades sin cuento, hasta la menor exigencia de reformas sociales podía ser fácilmente tildada de complicidad con el comunismo, y su proponente quedaba ipso facto en la mira de la extrema derecha más violenta, que durante años mató como quiso con la connivencia o la ceguera del Estado. En otras palabras, el diario oficio de sobrevivir se llevaba hasta hace poco todas nuestras energías, y la mía fue una sociedad convencida de que una guerra conocida es mejor que una paz por conocer.

Este es, acaso, el cambio más grande que ha ocurrido desde la aprobación de los Acuerdos: los colombianos se han dado cuenta de que el país no se ha convertido en Venezuela, como decían sin pruebas los opositores, ni ha desaparecido la propiedad privada, ni la guerrilla se ha tomado el poder, ni los Acuerdos han impuesto subrepticiamente una ideología de género que ha corrompido la familia cristiana. Las intimidaciones que lanzaron en su momento los enemigos de los Acuerdos, y que tanta influencia tuvieron en la relación que han tenido con ellos los colombianos, no se han hecho realidad. El próximo presidente, cuya tarea no envidio, habrá de recomponer el ánimo del país para que este asunto de la paz se convierta en un objetivo que una a la gente. Y la primera tarea de la gente, por supuesto, será elegir al que sea capaz de semejante hazaña.

En 2016 se llegó a un acuerdo con los armados; ahora habremos de llegar a un acuerdo entre los civiles. En un país tan crispado, tan susceptible a los viejos y queridos odios, eso puede ser lo más difícil. Pero yo, que nunca he pecado de optimismo, no me resigno a que sea imposible.

Juan Gabriel Vásquez es escritor. Su última novela es Volver la vista atrás (Alfaguara).

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