Los votantes cautelosos de Brasil

Brasil ha estado en el candelero global este año y no siempre por los motivos correctos. Luego de los disturbios de 2013 por el dinero gastado en la Copa del Mundo de fútbol de 2014, las protestas continuaron hasta el torneo en junio, e inclusive mientras éste se llevaba a cabo. Hubo predicciones funestas -aunque finalmente erróneas- sobre condiciones caóticas para los participantes y luego, por supuesto, llegó el desempeño catastrófico de la selección nacional.

Ahora llegó el momento de pagar los costos de la juerga del fútbol, a los que se suma la desaceleración económica actual que sufre el país. Varios analistas han llegado a la conclusión de que la burbuja de Brasil estalló y que el llamado «país del futuro» seguirá atascado en el presente.

La incertidumbre económica también está afectando drásticamente la política brasileña. Y la campaña electoral presidencial, que en algún momento era plácida y hasta predecible, terminó descompaginándose tras la muerte del candidato del Partido Socialista Brasileña, Eduardo Campos, en un accidente aéreo en agosto.

La compañera de fórmula de Campos, Marina Silvia, luego fue nombrada para ocupar su lugar. Silva, que fue candidata a presidente hace cuatro años con una plataforma ecológica, socialmente conservadora pero muy prodemocrática, obtuvo casi 20 millones de votos. Sus vínculos con las gigantescas iglesias evangélicas de Brasil, y su voluntad de romper con ellas por diferentes cuestiones como el aborto, el matrimonio igualitario y la política en materia de drogas, espantan a muchos votantes. Aun así, Silva rápidamente superó a Aécio Neves, el candidato del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) y se convirtió en la principal rival de Dilma Rousseff, la presidente saliente y la candidata del Partido de los Trabajadores (PT). Una segunda vuelta entre las dos mujeres, luego de la primera ronda el 5 de octubre, parece inevitable, ya que las encuestas de opinión no arrojan un resultado cercano al 50% de los votos para ninguna de las dos.

Si bien Rousseff es competente y fuerte, enfrenta una fatiga electoral después de 12 años de gobierno del PT, al que muchos recordarán, quizás injustamente, por los escándalos de corrupción y la paliza de 7 a 1 de la selección nacional a manos de Alemania en la Copa del Mundo de este año. Sin embargo, lo que le está causando los mayores problemas a la campaña de Rousseff es el desempeño económico deplorable del gobierno en los últimos cuatro años.

Al mismo tiempo, Silva no podrá ganar la segunda vuelta sin un respaldo entusiasta y persuasivo de Neves y el PSDB. Afortunadamente para Silva, el PSDB es sumamente crítico del gobierno del PT, en especial de la política exterior del antecesor de Rousseff, Luis Inácio Lula da Silva. Diplomáticos y ex funcionarios de alto rango aliados del PSDB se han opuesto firmemente al respaldo por parte del PT de los regímenes autoritarios de América Latina (particularmente en Cuba y Venezuela), su insistencia inútil para obtener una banca permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y su adopción excesiva de posiciones no alineadas y antiimperialistas.

Una victoria de Silva pregonaría cambios en la política doméstica y exterior por igual. Pero quizá su impacto más destacable sería cultural. Si bien no sería la primera presidente mujer (Rousseff rompió la barrera de genero) o el primer presidente de origen humilde (Lula quebró ese tabú), sería la primera mulata – de tez más oscura que los líderes políticos brasileños tradicionales- en llegar al poder.

De la misma manera que la elección de 2002 de Lula significó un mar de cambio en una sociedad sumamente consciente de las clases y socialmente estratificada, la elección de Silva sacudiría el orden racial en un país -y de hecho en un continente- donde el racismo no ha sido erradicado. Por cierto, en un país que se ha enorgullecido de su naturaleza supuestamente no racista, no ha habido ningún político afrobrasileño de estatura relevante en un siglo.

Sin embargo, a pesar del entusiasmo generado por su candidatura, es improbable que Silva gane. Desde la democratización de América Latina en los años 1980, sólo dos presidentes en funciones han perdido -Daniel Ortega en Nicaragua (quien en verdad no fue electo la primera vez) e Hipólito Mejía en República Dominicana-. Más de una docena de presidentes en funciones han ganado la reelección, más o menos democráticamente.

La ventaja del presidente en el poder en América Latina le debe mucho a las regulaciones débiles que restringen el uso por parte del gobierno del aparato estatal para fines de campaña. El margen de abuso de poder, dinero público, los medios y la mayoría de las instituciones estatales al servicio de los presidentes de turno hace que resulte casi imposible derrotarlos.

Por último, los brasileños tal vez no estén tan seguros de querer entregarle el poder a Silva, quien se ha convertido en un fenómeno mediático pero sigue siendo una incógnita. Rousseff probablemente sea reelecta, no tanto por la fuerza de su gestión sino porque los votantes le tienen miedo a lo que no les resulta tan familiar.

Sería una pena. Después de todo, la mayoría de los nuevos contendientes políticos parecen no estar preparados para el cargo máximo hasta que están en el poder. Pero los brasileños tal vez sientan que ya han derribado suficientes barreras y tabúes políticos en los últimos años, y que Silva representaría un exceso.

Jorge G. Castañeda was Mexico’s Secretary of Foreign Affairs from 2000-2003, after joining with his ideological opponent, President Vicente Fox, to create the country’s first democratic government. He is currently Global Distinguished Professor of Politics and Latin American and Caribbean Studies at New York University, and is the author of The Latin American Left After the Cold War and Compañero: The Life and Death of Che Guevara.

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