Los yayoquinquis

En el momento de escribir este artículo aún no se sabe si fue tal como parecía; pero, de confirmarse lo que se creyó ver, el otro día asistimos al nacimiento de una nueva tendencia: los yayoquinquis. Un atracador con aspecto de anciano. Un «abuelo pistolero», así figuraba en el titular de la inquietante noticia que el compañero Guillem Sànchez daba en este diario. Un individuo de la vieja escuela que acababa de dar un palo en una sucursal bancaria de Hostafrancs con la cabeza tapada con una media y con una gorra, que había encañonado con la cacharra a un pobre empleado, que le había dado una nota donde estaba escrito «Esto es un atraco», que arrambló con lo primero que le entregaron (unos 1.200 euros, no llega ni para dos meses de alquiler), y que salió por patas «con toda la velocidad que podían darle unas piernas que llevarán unos 70 años sosteniéndole». El atracador había madrugado para llegar al banco a primera hora de la mañana, como hacen todos los jubilados, y de hecho fue el primer cliente que entró. Para cubrirse la retirada, dejó una fiambrera sembrando la sospecha de si se trataba de un artefacto explosivo; pero cuando la abrieron los Mossos descubrieron que tan solo contenía un reloj.

No se sabe tampoco si llevaba el arma cargada o no, si era de verdad o de juguete, y hasta cabe la posibilidad, según la propia policía, de que en vez de un auténtico anciano se trate de alguien que haya querido aparentar esa edad. Pero ¿quién saldría de atracar un banco huyendo con andares de viejo a no ser que fuese fan del Woody Allen de Toma el dinero y corre?

Todo en la vida tiene sus ciclos: el nitrógeno, la economía y hasta el quincorreo. Ahora que se da finiquito a la Transición (en España parece que los ciclos sean de 40 años), se cierran también las mitologías que nacieron con ella. A la edad de oro de aquella delincuencia juvenil de tirones, trompos y automáticas le ha llegado hoy el paño dorado de los ocasos, y así retorna como atraído por el silbido legendario de Ennio Morricone (bueno, el que silbaba era Curro Savoy) el quinqui crepuscular, viejo y desengañado, para dar su último palo. O el primero en su otoño de esta edad media. De nuevo han vuelto los malos tiempos, la crisis es un perro rabioso que ha cortado el camino y este invierno está haciendo más frío que otras veces. La vida tenía un precio, pero ya se ha pagado. Por eso ha escrito en el papelito del palo al banco el título de la canción de los Burning, porque ha vivido y ha bailado, y ahora toca desvivir y volver a bailarla en el más duro de los sentidos.

Llegar a viejo para que te llamen preferentista. Pero es que incluso en la propia palabra hay otro timo, pues los términos que acaban en -ista contienen una voluntad de serlo. Nadie es abolicionista, dentista, papista, quintacolumnista, plusmarquista, errejonista… sin su personal consentimiento. A decir verdad, los preferentistas no fueron actores, sino víctimas. Estrictamente, fueron preferentizados. Preferentistas son los que les colocaron las preferentes. Malos tiempos cuando a uno se le pone en contra hasta el lenguaje. ¿Qué harán los yayoquinquis cuando, después de un atraco, regresen a sus pisos de toda la vida, a su balcón pequeño bajo un cielo grande? ¿Ir a la farmacia a preguntar cuándo devuelven la pasta del euro por receta? ¿Pedir hora en el ambulatorio porque se han hecho daño huyendo a todo trapo? ¿Darles la merienda a los nietos porque hacen de canguro a pensión completa o pasarles el magro botín a los hijos, que llevan años sin curro?

Pero acaso no se trate de un antiguo atracador de aquellos que llamaban delincuentes comunes, y resulta que ha salido de esa otra cosmogonía, de ese otro paganismo que era el de quienes a finales de la dictadura empezaron a robar bancos para la célula del partido y le cogieron el gusto y acabaron poniéndose por su cuenta. Llevarse la fiambrera a un atraco es un acto político. Colocar en un banco una fiambrera vacía es un homenaje a la reforma laboral.

Quizá este atraco suponga el despunte de otra nueva línea de nostalgia: la de los yayos callejeros. No en vano se los ha invocado más que a Candyman con exposiciones, reposiciones y charlas coloquio. Hace unos años, cuando esto se puso tan negro, volvieron los yayoflautas para ponerlo rojo. Al empezar el 2017, reapareció el glorioso Quico el Progre llamándose Quico Jubilata (lo pueden seguir en @QuicoJubilata). Ahora, los yayoquinquis. Todos vuelven, como volvió Federico Sánchez, para despedirse de ustedes.

Javier Pérez Andújar, escritor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *