Los yihadistas ya tienen sucesor: el terrorismo tecnófobo

La Arcadia tecnológica que prometió el Internet de las cosas impregna nuestras vidas con la misma rotundidad que un perfume el interior de un ascensor. El progreso digital que juró una democracia cristalina ha consumado un cambio crítico en nuestra esfera social y política.

Los apóstoles de la causa aseguran que la cuarta revolución industrial ya ha transformado nuestras vidas para mejor. Alegan con razón que las tecnologías emergentes ofrecen un sinfín de nuevas aplicaciones que mejoran globalmente nuestro nivel de vida. Sin embargo, este desarrollo genera a la par una angustiosa sensación de rechazo, cuando no de hostilidad manifiesta en algunas personas. Nada nuevo, en puridad, pero no por ello menos inquietante.

Hace algún tiempo, no se sabe muy bien si en el XVIII o ya en el XIX, un fulano llamado Ned Ludd (que pudo ser un seudónimo) calentó a sus compañeros de fábrica de Leicester y organizó una revuelta violenta contra las máquinas tejedoras que los patronos habían comprado para optimizar la producción. El rebote de Ludd y sus compañeros se considera el origen del movimiento ludita.

Este episodio no sería más que artillería anecdótica para ligotear en la barra de la discoteca, ahora que no se puede bailar, si no fuese porque es el germen del próximo estadio del terrorismo global: la tecnofobia. El terror que viene será, según los expertos, el de las acciones violentas motivadas por el miedo a las nuevas tecnologías.

“El horizonte temporal es aún muy lejano”, explica Manuel Ricardo Torres, catedrático de Ciencia Política de la Universidad Pablo de Olavide y miembro del Consejo Asesor sobre Terrorismo y Propaganda del Centro Europeo de Lucha contra el Terrorismo de la Europol. "No obstante, en estos últimos tiempos detectamos hechos coherentes que refuerzan la hipótesis de la tecnofobia como principal motor del terrorismo futuro. Uno de ellos es la forma en que determinadas teorías de la conspiración relacionadas con la tecnología se han convertido en mainstream".

Y continúa: "Cada vez más se consolida la visión de que los problemas de privacidad, la adopción de nuevas innovaciones o la estrategia de negocio de estas corporaciones [de la tecnología] obedecen a un plan deliberado por someter a la sociedad y acabar con las libertades. En la medida en que dichas visiones empiecen a normalizarse, es inevitable que una minoría de personas llegue a la conclusión de que la única vía que queda para resistirse a esa opresión tecnológica es la violencia".

Torres y otros expertos en la materia, como Mario Toboso Buezo o David Rapoport, ubican la nueva ola en una o dos décadas. Una estimación a largo plazo, pero nada gratuita, pues obedece al análisis de patrones de desarrollo del mismo terrorismo histórico.

A pesar de su gran complejidad, desde sus albores en el XIX tardío, se habla de cuatro oleadas terroristas: la anarquista, la anticolonial, la de extrema izquierda y la islamista (yihadismo). Todas con una similar gestación y nacimiento, seguidas de un espectacular y amplio pico de actividad y rematadas con un agónico y prolongado estertor de muerte hasta su disolución.

Todavía inmersos en la cuarta ola, esa suerte de yihad digital definida por la proliferación de ataques de bajo coste y por la incesante maquinaria propagandística, la quinta ola se aproxima inexorable. “Creo que, en algunos escenarios, el terrorismo tecnófobo desplazará a los terrorismos que conocemos. Y en muchos otros escenarios se producirá una fusión entre las causas tecnófobas y otras aparentemente muy distintas, pero que comparten la tendencia al maniqueísmo y a situar en un enemigo poderoso y despiadado la fuente de todos los males e injusticias que creen estar combatiendo”, opina Torres Soriano.

Se detectan ciertos viveros en los que podrían crecer las raíces del terrorismo tecnófobo. Hablamos de un movimiento trasversal que incluirá seguidores de extrema derecha e izquierda, ateos y creyentes, y que será a buen seguro supranacional. Se apoyará en la paradoja de utilizar las propias tecnologías para acabar con la tecnología. ¿Una incoherencia? Un falso debate, más bien. La historia del terrorismo está repleta de incoherencias.

A medida que los avances tecnológicos se implementen, crecerán los sentimientos nostálgicos por un pasado idealizado. Sentimientos que se sublimarán entre 2030 y 2040, cuando los ataques informáticos y los atentados tecnófobos se multipliquen.

Pero ¿contra quién irá dirigido este terrorismo? Principalmente, los objetivos serán desde Gobiernos hasta corporaciones del sector que personificarán al perverso Shylock tecnológico que ha abandonado a millones de individuos (o usuarios). Individuos incapaces de subirse al tren tecnológico por falta de medios, de aptitudes o por mera aversión a la modernidad y el progreso. Ese cultivo de descontentos será un panal de rica miel en el que pescar adeptos.

"La reputación de las tecnológicas no pasa por su mejor momento, lo que es terreno abonado para atribuir una intención malévola a decisiones o resultados que pueden explicarse de manera mucho más fácil por malas decisiones empresariales o errores de gestión. Cuando se cree en una teoría de la conspiración, resulta mucho más fácil creer en cualquier otra. Eso ha llevado a incluir estas empresas y sus líderes como actores principales de cualquier narrativa conspiranoica", añade Torres Soriano.

Los índices de insatisfacción personal alcanzaban cotas históricas antes de la pandemia y han sido avivadas estratégicamente por los populismos. Según los expertos, “la desigualdad, el desempleo estructural, el cambio climático, el surgimiento de ciudades Estado y las nuevas tecnologías se combinarán para incrementar la inestabilidad política y tendrán como consecuencia una mayor afinidad a tesis violentas y extremistas y, por tanto, al terrorismo”.

Esa decepción vital será aprovechada por perversos mesías con libreas del buen salvaje roussoniano que prometerán soluciones seráficas a la insatisfacción personal, que identificarán enemigos y que definirán líneas de acción. Por otra parte, el desarrollo de la propaganda terrorista ha alcanzado una madurez en fondo y formato que seguirá profesionalizándose. El relato tecnófobo cuenta con factores mitológicos e históricos para apuntalar el credo.

Además de los luditas, el Antiguo Testamento de la tecnofobia está protagonizado por el célebre Theodore Kaczynski, alias Unabomber, que en la década de los 90 envió cartas bomba como protesta por el desarrollo tecnológico.

O el desconocido Anthony Quinn Warner, un tipo obsesionado con la seguridad y el espionaje que hizo estallar una furgoneta de explosivos en una central de la empresa de telecomunicaciones AT&T el día de Navidad del año pasado en Nashville (Tennessee). Afortunadamente, no hubo que lamentar daños personales de gravedad, pero no descarten que Warner acabe aupado a los altares del movimiento.

Como en cualquier lucha antiterrorista, las medidas y los análisis preventivos serán clave para mitigar el impacto de esta nueva ola. Una política de prevención exhaustiva e integral que urge aplicar sobre los Unabomber o Anthony Quinn Warner del futuro y del presente. Es fundamental esforzarse en una pedagogía que eduque en los inmensos beneficios de las nuevas tecnologías, pero que no dude tampoco en señalar sin complejos los peligros del progreso.

 Andrés Ortiz Moyano es periodista y escritor.

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