Luces en la noche vírica

Es posible que desde la Guerra Civil nuestro país no se haya enfrentado a una crisis tan dramática en sus consecuencias humanas y económicas. Los estragos monetarios son palmarios. Y la devastación personal es inconsolable. Cabe únicamente pensar en esas familias que ven morir solos a sus familiares. Estamos en guerra contra el virus. Y las guerras pueden ganarse o perderse, dependiendo de cómo se afronten.

El coronavirus ha supuesto un duro golpe a todos nuestros asideros. En la sociedad de la seguridad, del bienestar y del dominio tecnológico, un pequeño enemigo invisible nos ha impuesto la memoria de nuestra fragilidad y nos ha recordado nuestra raigambre biológica. Como un brutal memento mori en plena euforia transhumanista.

Este virus terrible y maldito ha servido también para situar a cada uno en su sitio. Han quedado retratados diversos líderes nacionalistas, empeñados en estériles debates competenciales cuando nos lo estábamos jugando todo. Quedará para el oprobio que Torra se negara a firmar el documento de presidentes autonómicos, que sí rubricó Urkullu. Sin duda, la carcoma del sectarismo se ha infiltrado en lo más alto del nacionalismo catalán. Ni con una pandemia se descabalgan de sus obsesiones. «¡De Madrid al cielo!», tuiteaba una exconsejera de Educación, jaleada por Puigdemont.

Mientras tanto, lo de siempre en Sant Jaume: culpar a los demás, señalar a Madrid, acusar al Gobierno central y no asumir las propias responsabilidades. Porque durante semanas los responsables de la Generalitat han minusvalorado los riesgos. «La gripe nos preocupa mucho más que el coronavirus», sostuvo el Gobierno catalán hasta el mismísimo día 9 de marzo, mientras Madrid y el País Vasco cerraban centros educativos.

Casi no valdría la pena detenerse en estas cuitas porque esta pandemia ha expulsado de un manotazo cualquier debate secundario, artificial o histriónico. El coronavirus ha cambiado el tablero. Todos los tableros. Por ejemplo, el marco de nuestro mundo laboral. ¿Se convertirá el teletrabajo y las reuniones telemáticas en un hábito estructural? También se encuentra en mutación el escenario internacional, con China enviando ayuda material y humana a Europa.

Nuestra política nacional ha vivido a su vez una catarsis. Y aquí empiezan a vislumbrarse elementos de luz. La pugna territorial ha quedado acartonada y antigua. A la vez, se ha desvanecido el ambiente de polarización y ese aroma triste de las dos Españas. De pronto la solidaridad, la unidad y la colaboración le disputan el terreno a la división y la crispación.

De golpe, hemos recuperado el sentido de comunidad. Ese era el problema de España. Ni jurídico ni competencial. Éramos una comunidad política rota desde hace muchos años. Tensionada al límite por la crisis. Y quebrada después por tres grandes rupturas: centro-periferia, izquierda-derecha, ciudad-campo. Hoy estamos todos en el mismo barco. Con el mismo drama, con el mismo empeño, con la misma esperanza. ¿Servirá esta crisis para rehacer nuestra vida política, tras tantos años de rupturas internas?

Estamos al inicio de la noche vírica. Pero en medio de esta incertidumbre empiezan a brillar algunos luceros. Han abierto camino millones de ciudadanos que estos días viven con generosidad su trabajo en servicio de los demás. Es también esperanzadora esa conciencia extendida de que no podemos dejar a nuestros mayores atrás.

Entrevemos la luz tímida de un país que ha empezado a recuperar su sentido de comunidad y su amistad civil. Una nación encarnada en redes de solidaridad concretas y en el compromiso cívico de la ciudadanía corriente. Un país donde ya no caben ni los chamanes de la ruptura ni los profetas de la división. Es la vuelta de la comunidad cívica y política que se nos fue hace mucho tiempo.

Fernando Sánchez Costa es presidente de Societat Civil Catalana.

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