Luces y sombras de la paz en Colombia

Gente en Colombia prende velas en un memorial por el asesinato de la candidata a alcaldesa Karina Garcia, el 2 de septiembre de 2019 en la región de Cauca. (Ernesto Guzmán para JR/EPA-EFE/REX) (Ernesto Guzman Jr/EPA-EFE/REX/Shutterstock)
Gente en Colombia prende velas en un memorial por el asesinato de la candidata a alcaldesa Karina Garcia, el 2 de septiembre de 2019 en la región de Cauca. (Ernesto Guzmán para JR/EPA-EFE/REX).

¿Cuál paz? Eso preguntan algunos críticos del proceso de paz en Colombia. Hace cerca de tres años se firmó el acuerdo que puso fin al conflicto armado con la guerrilla de las FARC, la más grande y antigua del hemisferio occidental. Sin embargo, persisten varias fuentes de violencia: el Ejército de Liberación Nacional (ELN), el último grupo guerrillero remanente; organizaciones dedicadas al negocio del narcotráfico; y un pequeño porcentaje —menos del 10%— de guerrilleros de las FARC que no se acogieron al acuerdo, sumados a un puñado de excomandantes que recientemente anunciaron su decisión de retomar la lucha armada.

¿Cuál paz, entonces? Esta es una pregunta engañosa que se concentra en los problemas que subsisten pero no tiene en cuenta la violencia que se ha evitado desde la firma del acuerdo con las FARC. Ningún proceso de paz garantiza una paz completa en el futuro inmediato, y así lo sabíamos desde el principio. Nadie dijo que sería fácil ni que Colombia se convertiría en un paraíso al día siguiente de firmar la paz. Todo lo contrario. Sabíamos que el camino sería largo y complejo, y que requeriría de un cambio radical de actitud, con generosidad y buena voluntad.

¿Qué vemos hoy, casi tres años después de la firma del acuerdo de paz? Como siempre, luces y sombras. Pero yo diría, definitivamente, que más luces que sombras.

¿Cuáles son las sombras? Una muy grave es el asesinato sistemático de líderes sociales y comunitarios, muchos de ellos reclamantes de tierras o promotores de la sustitución voluntaria de cultivos ilegales. Los que lucraron con la guerra no quieren que los despojados retornen y los narcotraficantes no quieren que se les acabe su materia prima. Aquí es urgente una acción decidida y contundente del Estado y de la sociedad para frenar este doloroso desangre.

Otra sombra es la lentitud en la aprobación de leyes que incorporan otros temas fundamentales del acuerdo, como la política rural integral y la creación de curules en la Cámara de Representantes para las víctimas en las zonas de conflicto.

Y ahora debemos enfrentar la situación con Venezuela. El régimen autocrático de Maduro no sólo ha causado hambre y miseria a los venezolanos, sino que pasó de ser un aliado de la paz en Colombia a uno de sus peores enemigos. Por un lado, da refugio a guerrilleros del ELN y a disidentes de las antiguas FARC y, por otro, anuncia ejercicios militares en la frontera. Maduro ladra pero no muerde. La única salida frente a esto es apegarse a las vías diplomáticas y seguir apoyando al pueblo venezolano para que encuentre una salida pacífica a su tragedia.

Las luces, insisto, son más. El acuerdo está blindado contra los ataques de quienes quisieran regresar al pasado. Sus principales pilares se han convertido en parte de nuestro marco legal. Y nuestras altas cortes, nuestro Congreso y, muy especialmente, la comunidad internacional están pendientes de que se cumplan. Cuando vemos la mejoría de la situación de seguridad y de progreso social en zonas antes vedadas por la violencia, cuando comprobamos que hay menos soldados heridos en las salas de cuidados del Hospital Militar, cuando recibimos más turistas e inversionistas del exterior que nunca antes en nuestra historia, nos damos cuenta de que firmar la paz con las FARC valió la pena.

En 16 zonas del país, las que fueron más afectadas por la guerra, se están comenzando a hacer grandes inversiones sociales y de infraestructura, priorizadas por las propias comunidades. Cien mil familias sembradoras de coca han firmado acuerdos para reemplazarla por cultivos legales. Adicionalmente, la Jurisdicción Especial para la Paz —el primer sistema de justicia transicional en el mundo en que ambas partes acuerdan una jurisdicción y se someten a ella— está comenzando a funcionar.

Lograr la paz pasa por dos etapas. La primera es hacer la paz: rendir las armas, dejar de matarse y reintegrar los antiguos combatientes a la vida civil y política. La segunda es construir la paz: lograr una verdadera reconciliación y abandonar las dinámicas del odio y la venganza. Esta fase es más difícil y toma mucho más tiempo. Sanar las heridas de una guerra de más de medio siglo requiere de paciencia, perseverancia y resiliencia.

Tuve la responsabilidad de liderar la primera fase, es decir, las negociaciones que condujeron a la firma del acuerdo de paz; la desmovilización de miles de guerrilleros; la destrucción de sus armas; la creación de un sistema integral para la garantía de los derechos de las víctimas; y, algo muy importante, la transformación del grupo guerrillero en un partido político. Ese es el fin último de todo proceso de paz: que las diferencias se resuelvan a través del diálogo y las herramientas de la democracia, y nunca más con la violencia.

El proceso cumplió la primera fase con mucho éxito y, al final de mi gobierno, comenzamos a avanzar en la segunda. Dejamos creada una arquitectura institucional y legal que permitiera su desarrollo. Por supuesto, tan solo alcanzamos a poner los cimientos: esta es una tarea larga que llevará cuando menos 15 años y que debe ser ejecutada con el compromiso del Estado colombiano y la sociedad civil, más allá de las veleidades políticas de los gobiernos de turno. No hay que olvidar que el acuerdo se firmó en nombre del Estado colombiano.

Yo sigo siendo optimista, incluso después del anuncio hecho por aquellos excomandantes de las FARC que traicionaron su palabra y a sus antiguos compañeros. Todos los procesos de paz están llenos de obstáculos, pero el tren de la paz en Colombia seguirá avanzando y no hay marcha atrás. Por eso, cuando me preguntan “¿cuál paz?” respondo: la paz posible, la paz necesaria, la paz que todavía estamos construyendo.

Juan Manuel Santos es expresidente de Colombia. Ganó el Premio Nobel de la Paz en 2016 por su participación en los acuerdos de paz con las FARC. Participó en la Cumbre Mundial de Premios Nobel de la Paz, en Mérida, México, del 19 al 21 de septiembre.

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