Lucha de generaciones

Ha sido tan mal interpretada la presente crisis –desde el negarla de Zapatero al usarla de Podemos como dinamita para volar el actual sistema político– que otra interpretación no daña, al revés, arroja más luz sobre ella. Algo de lo que andamos necesitados, ya que la crisis continúa y su onda expansiva alcanza territorios tan distantes de la economía como valores, costumbres y civilizaciones. De ahí que empieza a entrarme la sospecha de si no estamos también ante un conflicto de generaciones.

Hay que volver a Ortega, como siempre, y a su teoría de las generaciones como correa de transmisión y regeneración de la historia. La expone en «El tema de nuestro tiempo», donde diferencia entre las generaciones que se contentan con la herencia intelectual recibida y las que quieren ir más lejos, y en otro de sus ensayos, «Ideas y creencias», que, según él, se yuxtaponen, sin coincidir. «Las ideas se adquieren. Las creencias se viven –dice–. Unas constituyen nuestra vida intelectual. Las otras, nuestra vida real. A la mayoría de los hombres, las creencias en curso les bastan para vivir. A los más inquietos, no les satisfacen y se buscan nuevas ideas que, si son sólidas y audaces, dan lugar a nuevas creencias». Cuando el cambio es suave, lo vemos y vivimos como algo normal. De ser traumático y violento, lo llamamos revolución.

Que una de las características más acusadas de la cultura occidental –y aquí me aparto del discurso orteguiano para seguir el mío propio–, sea que cada generación tienda a «matar a sus padres» en un proceso de renovación ininterrumpido, a diferencia del resto de las culturas, que se detienen al alcanzar su cumbre e inician la decadencia, podría llevarnos a considerar que el «complejo de Edipo» forma parte de la lucha de generaciones. Pero no vamos a entrar en ello, ya que sólo nos faltaría meternos en el psicoanálisis para perdernos en el laberinto en que nos hallamos.

Pero que la presente crisis incluye una lucha generacional, tanto o más que una lucha de clases, de civilizaciones, de partidos políticos y de la que tiene lugar dentro de cada uno de ellos, se percibe a simple vista. Aunque no crean que se trata de algo nuevo. La misma Transición no fue más que una lucha de generaciones tanto en el seno del franquismo como extramuros de él. Resulta significativo que fueran los delfines de aquel régimen –Don Juan Carlos y Adolfo Suárez, entonces ministro secretario general del Movimiento– quienes, en colaboración con los jóvenes antifranquistas (desdeñando la ayuda de los exilados de su propio partido, gravísimo error a mi entender, pues los exilados tenían una idea mucho más exacta de la democracia que ellos, que no la habían conocido más que de oídas), quienes adoptaron las nuevas creencias democráticas, en un cambio de tipo suave y no traumático. Se me dirá que Carrillo, uno de los protagonistas de la Transición, pertenecía a la vieja generación. Pero Carrillo sabía, por su experiencia soviética, que el comunismo estalinista no tenía cabida en la Europa democrática que se estaba formando. De ahí su colaboración con los jóvenes «turcos» socialistas.

Treinta y cinco años más tarde, los errores cometidos en la Transición –el primero de ellos, el citado: no haber aceptado la ayuda y experiencia de los exilados– pasan factura y ponen de manifiesto las debilidades del «nuevo régimen»», tanto en la ordenación territorial –España sigue tan invertebrada como siempre, o más– como en corrupción, que alcanza niveles escandalosos en los dos grandes partidos. Únanle la crisis económica y tendrán la tormenta perfecta, con la consiguiente crisis del sistema. Y, como podía esperarse, irrumpen unos jóvenes dispuestos a dinamitarlo, en medio de un descontento general, que en caso de los que han perdido el puesto de trabajo o han visto reducir sustancialmente su nivel de vida llega a la indignación. El próximo paso, casi obligado, es la abierta rebeldía, el ajuste de cuentas y volver a empezar. Suena la hora de nuevos líderes, no contaminados por la etapa anterior, dispuestos a hacer tabla rasa en ella y a reclamar los puestos de mando sin rebozo alguno.

«Pero eso que usted nos está diciendo no hace más que confirmar la teoría orteguiana de la lucha de generaciones de que nos hablaba, ahora ya en plan revolucionario», me dirán. Y les contestaré que sí, que es lo lógico, lo normal, incluso lo inevitable en situaciones como la presente, de fracaso de la actual clase política, la que Pablo Iglesias califica de «casta», para acabar con una corrupción convertida en sistémica. No podemos seguir como íbamos si queremos salir de esta crisis, moral, social y económica.

Mi única, pero importantísima, objeción es que la nueva generación no representa un avance al no traer ideas nuevas ni sólidas, lo que le impide aportar nuevas creencias. Bien al contrario, las que nos trae son las más viejas ideas, ensayadas como creencias, además, en muy distintos escenarios y fracasadas en todos ellos. Podemos acierta en los fallos de la Transición y de su casta política. Pero lo que nos ofrece es el bolchevismo más rancio o el chavismo más chusquero. Con eso no vamos adelante, sino hacia atrás. Diría más: casi mejor quedarnos como estamos, pues a la falta de libertad que ofrecen ambos sistemas, se une la bancarrota económica, incapaz de cubrir las necesidades mínimas de la población.

Lo más preocupante es que tales corrientes en la extrema izquierda se corresponden con movimientos paralelos en la extrema derecha de tintes xenófobos, con el resultado de una clara desconfianza hacia la democracia entre buena parte de la población occidental, como si el modelo se hubiera agotado. Ocurrió ya entre las dos grades guerras mundiales del siglo pasado, con las consecuencias desastrosas que conocemos.

Para resumir, y confinándonos a nuestro país: es verdad que la Transición tuvo fallos garrafales y que quienes la llevaron a cabo han sido todo menos ejemplo de ciudadanía y democracia. Pero si queremos corregir sus errores, hay que empezar subsanando el déficit democrático originado por haber dado a los partidos todos los poderes –ejecutivo, legislativo e, indirectamente, judicial–, origen a su vez de la corrupción, pues si el poder corrompe, el poder absoluto corrompe absolutamente. O sea, necesitamos más democracia, no menos, como pretenden quienes intentan barrer del poder a los que hoy lo ocupan, para ponerse ellos. Sin que los ejemplos que nos han dado esos jóvenes cuando aún no lo ocupan sean precisamente un modelo de ética, claridad o ciudadanía.

Y no les digo nada de los otros que también quieren romper la baraja y la mesa y la silla, los nacionalistas, con la familia Pujol como muestra publicitaria. Pero ésa es otra historia. ¿O es la misma, la eterna lucha generacional de fuera vosotros para ponernos nosotros, que creíamos confinada a la clásica tragedia griega y vuelve a estar de actualidad? Nihil novum sub sole.

José María Carrascal, periodista.

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